La herida que dejó la bala que no fue

La imagen de Cristina Fernández de Kirchner recogiendo un libro caído, en el tumulto, sin imaginar siquiera que hubo una bala que no fue, es el símbolo de la fragilidad. Produce ternura esa mujer peleando contra muchos más enemigos de los que ella pueda imaginar.

Por Néstor Piccone*

La fragilidad frente a una maquinaria de odio, lo sabemos desde hace mucho, es la fragilidad de los pactos civilizatorios suscriptos para dirimir diferencias en el marco de un sistema llamado democrático.

Porque detrás del odio hay un sistema encaminado hacia la toma del poder por los sectores concentrados de la economía que empujan a las expresiones políticas y sostienen el aparato comunicacional de plataformas plagadas de algoritmos conductuales y de Medios (que a la manera de las religiones en el medioevo) sustraen la verdad de la realidad y cooptan vastas zonas de los tres poderes del Estado, sobre todo el Judicial.

Pero a ese ejercicio del Lawfare, en Argentina se le agrega un aparato represivo montado sobre un esquema que incluye: Escuchas ilegales, grupos de tareas insertos en las fuerzas policiales, como pudimos comprobar en las acciones que por lo menos desde 2015 vienen sosteniendo la Gendarmería de Patricia Bullrich y unidades especiales dirigidas primero por Mauricio Macri y luego por Horacio Rodríguez Larreta en la policía de CABA.

Los golpes selectivos perpetrados el sábado 27 de agosto contra Máximo Kirchner y al gobernador Axel Kiciloff, publicitados por los mismos ejecutores a través de las redes, no son sólo expresión de una policía represiva sino de un aparato de inteligencia que maneja resortes importantes de la viralización mediática.

El ataque a Cristina Fernández se inscribe en esa escalada simbólica y de acción directa, sea cual fuere finalmente el derrotero de Fernando Andrés Sabag Montiel.

De haberse consumado el magnicidio, hoy estaríamos sumidos en el infierno más temido, pero su sólo intento ya produjo efectos negativos sobre el cuerpo social y también sobre la política nacional.

El sábado 3 de setiembre miles de personas se disponían a participar en el Partido de Merlo en el Gran Buenos Aires, de lo que se proponía como el encuentro más genuino entre la militancia y su única lideresa popular ya reconocida por propios y extraños.

El atentado del jueves 1 de setiembre cortó esa red que desde el 22 de agosto (día del inverosímil alegato del fiscal Diego Luciani) había comenzado a reconstituirse entre un pueblo que decía basta de mentiras y una líder que definía los objetivos de la etapa.

“Yo les pido que nunca abandonemos nuestras convicciones y sobre todo ese indestructible amor a la patria que nos une a todos y todas”, dijo Cristina luego de romper el aislamiento a la que la quiso someter Larreta con un nefasto vallado que el amor supo saltar sin romper un solo vidrio.

Días después ante diputados y senadores, Cristina denunció el nivel de endeudamiento, “con mayor dureza que durante la dictadura”, dijo; al tiempo que alertó que teníamos que protegernos de quienes con el modelo extractivista venían por el litio, la energía y los alimentos: “se lo van a querer llevar” remarcó ante los legisladores del Frente de Todos.

La secuencia que debía continuar con el cierre del Congreso del PJ, en el mediodía del primer sábado de setiembre quedó trunca. El atentado logró frenar el crecimiento de un formato participativo que Cristina inauguraba.

El atentado logró, por ahora, aislarla. Lo que no pudo Horacio Larreta con las vallas, se impuso por la fragilidad de una política del gobierno popular que, en ejercicio del gobierno, va siendo acorralada por el poder real con su aparato del odio.

El objetivo es licuar los contenidos transformadores del Movimiento Nacional y Popular, y aislar a Cristina de su pueblo.

La violencia simbólica y la bala que no fue, dejó una herida que el cuerpo social necesita sanar cuanto antes. El abismo está ahí nomás.

(*) Periodista

VIAPublicado en La Tecla
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