Doña Casilda, la mujer más longeva del país que vivió 21 años en la capital del Chaco

Casilda Benegas de Gallego, la mujer más longeva de la Argentina que en 2020 había logrado superar el Covid-19, falleció esta semana a los 115 años en la ciudad de Mar del Plata. Sus familiares dieron la triste noticia a través de redes sociales. Ella y su familia, residieron durante muchos años en la calle Liniers al 600 de Resistencia, en una modesta vivienda donde se criaron sus hijos y después disfrutó de sus primeros dos nietos.

Doña Casilda con su bisnieta Mayra Blanco.

Nacida en Paraguay el 8 de abril de 1907, llegó al país en 1945 junto a su esposo Benigno Gallego, de origen español, y sus dos pequeños hijos; y por aquellos años se radicó en Resistencia. Una gran amiga suya y mi abuela paterna, María Beltramina Mancuello, que muchos años antes había adquirido un terreno y construido su casa en Liniers 662 de nuestra ciudad, le permitió que ella erigiera su modesta vivienda en el fondo del solar.

Cuando mi padre Rodolfo, hijo único de María Beltramina, se casó con mi madre Nélida Carmen Souilhé, el flamante matrimonio fue a habitar la vivienda que mi abuela decidió dejarles para ir a radicarse a Buenos Aires ante un problema de salud que la afectaba mucho en cada verano chaqueño.

Cuando nacimos junto amis dos hermanas, pasamos a formar parte de esa comunión de familias que compartíamos cada día entre ambos hogares. Así crecimos bajo el cuidado de esta ‘vieji’ como les decíamos a doña Casilda, una mujer generosa que siempre ayudó a mis padres en todo lo que pudo y nos protegió como si fuésemos sus nietos.

Su esposo se desempeñaba como cocinero en el entonces reconocido comedor de la Asociación Española de Resistencia. Cuando sus hijos terminaron sus estudios comenzaron a trabajar; Ester, la primogénita, en la administración pública, y el joven – al que siempre lo llamamos por el apodo de ‘Dei’ – lo hacía en la entonces famosa tienda para hombres ‘Petropol’ que estaba en la primera cuadra de la hoy Juan D. Perón.

Vale recordar que cuando Casilda pisó suelo chaqueño no llegó sola desde su querido Paraguay, también arribaron sus dos hermanas. Matilde – casada con Rafael Rejalaga y varios hijos – y Antolina; pero también estaba con ellas su madre, la siempre recordada ‘abuela’ Asunción. Matilde se radicó en el entonces Lote 200 – hoy Villa Universidad – en una casa de muchas plantas y árboles que estaba a poca distancia del río Negro.

Mientas que doña ‘Tolí’, ése era su apodo – que también tuvo una pareja de hijos -, se convirtió en la niñera de mi casa y también en esmerada mucama de muchos hogares del barrio. Fue la que me bautizó para siempre con el apodo de ‘Pocholo’.

Cada 15 de agosto, era el esperado festejo de la ‘abuela’ en casa de los Rejalaga. Había fiesta junto a vecinos y parientes con comidas y música paraguaya, pero también la ineludible ceremonia de encendido de velas con rezos de rosario incluido, porque ese día se celebraba la Asunción de la Virgen María. En uno de los rincones de la casa, la abuelita custodiaba y ofrecía el altar hogareño de la Inmaculada.

Fueron años azules y felices imposibles de olvidar. Evocamos cuando Ester conoció al compañero de toda su vida, se casó y después llegaron los nietos Mercedes y Tomás. Ellos también corretearon por los patios de tierra con plantas y limoneros de aquellas moradas.

Pero en febrero del ’66, llegó la inundación que nos quitó casi todo. Una mañana en cuestión de horas, el río Negro desbordó las improvisadas defensas de Villa Odorico detrás del Club Regatas y cubrió con sus aguas la mitad de la ciudad en el sector norte, llegando incluso hasta las escalinatas de la Casa de Gobierno en su entrada por Marcelo T. de Alvear.
El trauma material y emocional nos sumió a todos en la desesperación.

Como consecuencia de ello, doña Casilda y familia emigraron – como otras cientos o quizás miles de personas – hacia el sur del país. Nosotros nos quedamos y los contactos con ellos se fueron perdiendo con el paso del tiempo, pero Dios quiso que hubiera un reencuentro.
En octubre del ’77, por esos designios del destino, llegué a Mar del Plata a la Base Naval para cumplir mi servicio militar, y sabía que los Gallegos vivían en esa ciudad.

Los busqué, encontré y compartimos muchos domingos imborrables en familia; encuentros en donde la ‘vieji’ nunca dejó por preguntarme por mi madre y mis hermanas. Cuando regresé al Chaco ya no volví a tener contacto con ella, pero asimilé su permanente consejo: – Andá y quedate junto a tu madre, ése es tu lugar.

Unos meses atrás, mi hermana María del Carmen me sorprendió entregándome un recorte del Diario Norte. Allí estaba Casilda, firme y con su mirada impregnada de esperanzas residiendo en un centro geriátrico de la zona norte de la Ciudad Feliz. Nos emocionamos profundamente.

Lo demás, es lo que por ahora están reflejando todos los medios a lo largo y ancho de nuestro país, porque en estos días – a sus 115 años -, ella partió para siempre a cumplir su nueva misión junto a Dios.

Hasta siempre querida nuestra. Inolvidable doña Casilda Benegas de Gallego, vos también dejaste un pedacito enorme de tu corazón en nuestro terruño.
Fuiste  y sos mujer y vida para imitar.

Rodolfo ‘Pocholo’ Mancuello

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