20 de junio: Manuel Belgrano y la vigencia de un legado

Su nombre y su memoria han quedado asociados a la creación de la Bandera. Pero la vida, la obra y el pensamiento de Belgrano, merecen rescatarse enmarcados en la construcción colectiva de quienes lucharon por la revolución e hicieron posible que muchos de sus ideales trasciendan hasta el presente.

Recordamos a un hombre que se comprometió con la lucha por la independencia, promovió la educación gratuita incluyendo a las mujeres, el fin de la esclavitud y del trabajo forzado de los pueblos originarios.

Al igual que con muchas otras figuras, a menudo suelen reivindicarse ciertos aspectos de la vida de Manuel Belgrano, quedando otros en las sombras. Las corrientes historiográficas dominantes y la celebración de las efemérides suelen hacer foco sobre unos pocos acontecimientos desligados de un contexto más amplio y de la construcción colectiva que implicaron.

Algunos de los aspectos olvidados o silenciados de la historia de Belgrano son aquellos que involucraron la participación popular y que se dieron en escenarios alejados de Buenos Aires.

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Estudió en el Colegio de San Carlos y luego en España, en las Universidades de Valladolid y Salamanca, graduándose en leyes. Su llegada a Europa tuvo lugar en el contexto de la Revolución Francesa y vivió intensamente el clima de la época y las ideas que allí se gestaron.

Entre 1794 y 1806 fue Secretario del Consulado de Buenos Aires, vinculándose desde esa función con los sectores más acomodados de la sociedad colonial, a quienes aprendió a distinguir por el egoísmo de sus intereses. Teniendo entre sus principales preocupaciones la necesidad de extender la educación, fundó escuelas que luego fueron cerradas por la corona española al considerarlas un lujo excesivo para estas tierras.

De sus escritos de esta época, se destacan sus puntos de vista acerca de las condiciones que perpetuaban la miseria de los labradores y sus propuestas tendientes a una auténtica reforma agraria a partir de la expropiación de las tierras baldías para entregarlas a los desposeídos.

Durante las invasiones inglesas de Buenos Aires, Belgrano se sumó a la resistencia y fue elegido como Sargento Mayor del Regimiento de Patricios, aunque, como reconocerá más tarde en sus memorias, no contaba entonces con conocimientos militares y se involucró en esta carrera presionado por las circunstancias y abrazando progresivamente las convicciones independentistas. También por pedido de “sus paisanos” –como él llamaba a sus compañeros de la milicia- aceptó formar parte de la Primera Junta de Gobierno, en mayo de 1810.

Designado al mando del Ejército del Norte, con la misión de ganar para el nuevo orden la rica región del Alto Perú, sufrió diversas marchas y contramarchas entre 1810 y 1815. En el Alto Perú el apoyo de los sectores dominantes se manifestó escaso desde el comienzo, dado que las expediciones enviadas desde Buenos Aires se convirtieron en un ataque deliberado a las jerarquías sociales preexistentes.

La proclama del delegado de la Primera Junta, Juan José Castelli, el 25 de mayo de 1811 en Tiahuanaco, fue un gesto igualitario que respondió a la necesidad de reclutar apoyos para la guerra y despertó la alarma entre los sectores más altos de esa sociedad.

Durante la campaña al Paraguay Belgrano dictó el “Reglamento para los pueblos de las Misiones”, uno de los documentos jurídicos más modernos y revolucionarios de nuestra historia, en el que por primera vez se enuncian claramente los derechos de los pueblos originarios. Este Reglamento, redactado en diciembre de 1810, será incorporado por Juan Bautista Alberdi en 1853 como una de las bases de la Constitución Nacional.

En el marco de esta campaña, declarando la necesidad de abolir la escarapela roja que distinguía a los ejércitos realistas, Belgrano propuso al Triunvirato la creación de la insignia celeste y blanca para el ejército patriota. La escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata se aprobó el 18 de febrero de 1812.

El juramento a la bandera con estos colores por parte del Ejército del Norte ha sido recordado como uno de los hitos fundacionales, aunque en ese momento se trató de un acto de desobediencia respecto a las autoridades de Buenos Aires.

Cuando avanzaba sobre Jujuy el Ejército Realista proveniente del Virreinato del Perú, Manuel Belgrano dirigió también uno de los hechos más extraordinarios de la lucha por la independencia: el éxodo jujeño. Las clases populares ingresaron a conformar las huestes revolucionarias tras el enrolamiento de hombres jóvenes, de entre 16 y 35 años, de la ciudad y el alistamiento de campesinos, indígenas, mestizos y criollos, la mayoría labradores, jornaleros o peones de la campaña jujeña, que abandonaron sus hogares para enlistarse en el ejército.

El pueblo entero de Jujuy abandonó sus tierras y emprendió la marcha a Tucumán, para que los realistas encontraran un territorio sin provisiones. Merece destacarse dentro de esta verdadera gesta popular la llamada Maestranza, una suerte de fábrica ambulante de bienes destinados al equipamiento de las tropas, dirigida por artesanos, maestros armeros, herreros, plateros, talabarteros y hasta carpinteros que fabricaron y repararon cuchillos, lanzas, sables, bayonetas, picos, palas y cañones, mientras sastres y costureras confeccionaban uniformes para las tropas. Por su parte, los comerciantes y terratenientes de estas zonas buscaron refugio en las provincias del sur.

El reconocimiento de Manuel Belgrano hacia los pueblos originarios también se expresó en su propuesta, formulada en las sesiones secretas en el Congreso de Tucumán, de restituir a un Inca a su mando, como fórmula para una monarquía constitucional que unificara a las Provincias Unidas de Sudamérica bajo el gobierno de los antiguos habitantes de estas tierras.

El fracaso de este proyecto quizás se debió menos a las convicciones republicanas de los criollos, que al desprecio por los naturales.

Belgrano fue, además, diplomático y periodista. Escribió un reglamento de escuelas en el que afirmaba la necesidad de fomentar la educación de las mujeres, enseñar el amor a lo americano y defender el bien público antes que el privado.

El 20 de junio de 1820, día de su fallecimiento, hubo en Buenos Aires tres gobernadores distintos, una clara postal de los conflictos que siguieron a la declaración de independencia.

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