Los incendios y las vísperas

No fue sencilla ni ligerita la semana que pasó, víspera del discurso presidencial de mañana martes 1º. Ni en la Argentina ni en el mundo, donde como es sabido la odiosa guerra que se ha desatado en Ucrania desestabiliza una vez más a propios y ajenos, y sobre todo a los ajenos que en todo el mundo se espantan ante el renovado horror de la guerra.

Por Mempo Giardinelli

En este caso incitada una vez más por los carniceros de la industria bélica imperial, verdaderos promotores y protagonistas de casi todas las guerras del planeta desde hace 120 años. Supuestos paladines de la libertad, prácticamente no han permitido un solo año de paz en todo el orbe, en pocas ocasiones por causas justas y la mayoría de las veces por puras pretensiones hegemónicas. Y siempre para hacer buenos negocios, claro está.

Nadie sabe con certeza cómo abordará nuestro Presidente esta cuestión, pero en horas previas y en algunos mentideros circulan rumores de que la esperanza de una verdadera neutralidad de la Argentina son flaquitas.

Desde ya que no sería un alineamiento al grosero modo menemista, que despedazó la tradición pacifista argentina mandando naves de guerra a Irak cuando el canciller era Domingo Cavallo, y haciendo la vista gorda en las ventas clandestinas de armas a Ecuador, Croacia y Bosnia-Herzegovina, escándalo que terminó con la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero.

Lo que es seguro es que será difícil que nos mantengamos neutrales y con opinión propia y latinoamericana. La para muchos compatriotas repudiable sumisión al Fondo Monetario Internacional, y el absurdo de que sea un gobierno dizque nacional y popular el que blanquea el robo gigantesco del macrismo y la derecha local, jugarán un papel protagónico.

Por eso para muchos sería una agradable sorpresa que nuestro Presidente no proceda mañana a consolidar la sumisión, como algunos analistas temen a la vista de recientes declaraciones que parecieron prólogos de alineación imperial emitidas por la gelatinosa cancillería argentina.

A todo esto y remedando el título de la novela de Beatriz Guido “El incendio y las vísperas”, cabe recordar que la gran escritora rosarina nacida hace un siglo, en 1922, hija del arquitecto Angel Guido, creador con Alejandro Bustillo del Monumento a la Bandera de Rosario y autora de novelas memorables y polémicas, describió de manera ejemplar a las oligarquías que incendian, niegan y salen ganando por sobre el dolor del pueblo.

En el caso correntino el gobernador –radical macrista– demoró en regresar de sus vacaciones mientras crecían los fuegos. Pero además fue reprochado porque no canceló la celebración de los carnavales correntinos programados entre el pasado viernes 18 y el 5 de marzo venidero, y para los que su gobierno habría contribuido con 140 millones de pesos. Lo cierto es que todavía al cierre de esta edición algunos departamentos de la hermosa provincia hermana siguen en llamas.

Y tan grave es esto que, mientras se escribe esta nota, los últimos fuegos de Ituzaingó y Virasoro se acercan a la vecina Provincia de Misiones, donde afortunadamente el Ministerio de Ambiente (que Corrientes no tiene) ha podido controlar algunos focos de incendio.

Además allí lluvias recientes evitaron una tragedia en la zona Norte, desde El dorado hacia el Sur, donde hay grandes extensiones de pinares en manos de la transnacional chilena Arauco, que hace unos años compró tierras a los grupos Pérez Companc, Alto Paraná y Papel Misionero, y hoy es propietaria de cerca del 10% de toda la Provincia de Misiones.

Cabe subrayar que en la República del Paraguay, donde la concentración de la propiedad de la tierra también es obscena, hay informes serios de que en los últimos 50 años se perdió más del 90% de sus bosques. Mensura que al paso que va la concentración de la tierra en la Argentina, cuya información se desconoce y oculta aviesamente, y la falta de informes catastrales protege, ya se está igualando en varias provincias.

Un ambientalista misionero muy respetado, el ingeniero Carlos Resio, informó a esta columna que “el extractivismo intensivo produce efectos tierra adentro que son devastadores. Las especies para pasta de papel, de crecimiento rápido, consumen muchísima agua y modifican los regímenes hídricos de las zonas donde se implantan. Por ejemplo, 150.000 hectáreas de eucalipto consumen tanta agua por segundo como la que liberará la represa de Baixo Iguazú para proveer de agua a toda la ciudad de Puerto Iguazú según lo acordado por los gobiernos de ambos países”.

Esta cantidad de agua consumida por el bosque implantado de pinos y eucaliptos “seca las vertientes, los arroyos y los humedales modificando dramáticamente las condiciones naturales, dejando sin agua a ciudades y productores rurales y contribuyendo a que se produzcan incendios. A la sequía que ya se venía manifestando cíclicamente, ahora se suma el déficit de agua provocado por la implantación de bosques maderables”.

En el mismo sentido, una asociación internacional llamada Amigos de la Tierra y que se autodefine por “un mundo pacífico y sustentable basado en sociedades que viven en armonía con la naturaleza” ya venía realizando estudios en las zonas ahora incendiadas, con recorridos por la provincia de Corrientes recogiendo testimonios de pobladores afectados por los monocultivos forestales: pino y eucalipto. Lo notable es que esta ONG fue la que lanzó la campaña Stop Harvard, de la que en la Argentina casi no se tiene noticia.

Esta organización denunció la destrucción ambiental y social que esa famosísima universidad estadounidense viene provocando en la Argentina. Como en Colonia Montaña, en el departamento San Miguel, Corrientes, que se destacó por cientos de años por sus miles de hectáreas cubiertas de bañados y tierras fértiles para la producción de alimentos y pastoreo de animales. En menos de una década, los monocultivos de pinos y eucaliptus se apoderaron del horizonte. Hoy el avance de las especies forestales define los campos propiedad de la Universidad de Harvard bajo el nombre empresarial Las Misiones S.A.

Dice el boletín de Amigos de la Tierra “sobre cómo el negocio de la forestación deja a los pobladores históricos” – que hablan guaraní como primera lengua y conviven con el ecosistema de una manera integrada y simple – sin agua subterránea, caminos transitables, acceso a la salud, la educación y sus modos de vida tradicionales. La sequía y los incendios recientes, algunos de cuyos focos todavía están activos, ha provocado la profundización de los pozos que tenían 5 metros de profundidad y hoy están llegando a los 12 metros, todo a causa de las plantaciones de pinos y eucaliptus que consumen muchísimo líquido. Se secan los pozos, la tierra no produce por resecamiento, y “en tiempos de seca directamente no se levanta nada” como dicen los paisanos. Que, además, lamentan haber perdido horizonte. “Ya no es como antes, que se veía lejos. Ahora salís y tenés en la cara una plantación de pinos o eucaliptos”.

Ningún árbol en el mundo chupa tanta agua como estas dos especies foráneas que desde hace 30 años secan bañados y esteros, y cambiaron el paisaje correntino y misionero de la mano de grandes compañías chilenas asociadas a latifundistas locales.

A juicio de esta columna, esto también tiene que ver con la paz mundial.