A 97 años de la Masacre de Napalpí: el misterio de un adiós

Después del acto público que se llevó a cabo en la plaza San Martín de Machagai el 16 de enero de 2008, en el cual el Gobierno del Pueblo de la Provincia del Chaco pidió perdón por lo ocurrido en Napalpí a la última sobreviviente de la masacre, Melitona Enrique, su médico, Rodolfo Sobko, me dijo que la salud de ella estaba muy deteriorada.

Por Pedro Jorge Solans (autor de Crímenes en Sangre)

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Sobko era el director de Salud Indígena de Chaco y estaba a cargo de la atención médica de la anciana toba-qom que había roto el silencio, después de 75 años, sobre lo vivido aquel fatídico 19 de julio de 1924.

Pedí a Sobko que me avisara cuando fuera el momento oportuno para poder despedirme de esa mujer que había confiado en mí para contar uno de los hechos más aberrantes de la historia argentina del siglo veinte, y echar así por el suelo el argumento de la historia oficial.

Pasaron varios meses y llegó el aviso.

– Vení, que la abuela se está apagando- aseveró el médico en un escueto llamado telefónico.

El viernes 3 de octubre llegué con el cantautor Joselo Schuap y su hermana Ramona a la casa que la Dirección Provincial de la Vivienda había construido para que Melitona viviera en Machagai y pudiera recibir asistencia integral.

Había mucha gente. Saludé a dos de sus hijos, Sabino y Mario Irigoyen, y el doctor Sobko expresó que me había llamado porque no sabía hasta cuándo iba ella a vivir. Le agradecí, y esperé a que él ingresara primero a la habitación donde estaba Melitona. Salió al rato y nos dejó pasar. Nos acercamos a saludarla, y vi, sobre su mesa de luz, un ejemplar del libro Crímenes en Sangre, con su rostro en la tapa.

Joselo Schuap le pidió permiso para cantarle una canción:
– Abuela, compuse esta canción para usted.

Ella lo miró, movió la cabeza y escuchó. Sus ojos eran dos ventanales de asombro cuando Ramona le tocó la cabeza.

Salimos porque nos pareció que ya era suficiente. Nos quedamos conversando en la puerta de la casa sobre la calle cuyo nombre es un homenaje a las quinientas víctimas de aquel ataque artero. Disimuladamente me alejé unos pasos de la reunión para recordar, en silencio, aquella Semana Santa tan especial. Había sido apenas unos meses atrás, en el 2007, pero me daba la sensación de que habían pasado miles de años.

Cómo llovía. En todo ese camino tuve mi ánimo con altibajos, a veces con muchas ganas de llegar, conocer y hablar con Melitona, y en otros tramos una tormentosa duda me embargaba y alejaba, sobre todo cuando el tractor y la volanta que nos transportaban se iban a la cuneta debido al barro acumulado en la huella de la ruta de tierra. Ni las sonrisas de mis hijos ni las vicisitudes graciosas del momento me alejaban de la soledad del pozo en el que yo había caído.

Sentía que exploraba una torre invertida con escalinata en espiral, donde podía ascender o descender por sus escalones, y errar el camino y llegar a un pozo inacabado, a una torre en ruinas. Cómo llovía. Nunca imaginé que ese camino iba hacia una reparación, incompleta, pero reparación al fin. Tal vez se trató de una obra que hubiera tenido otro sentido, uno contrario al de mis inquietudes o quizás no supe hacer otra cosa que la que hice.

Fue un viaje distinto el que emprendí con mi familia, desde Machagai hasta el paraje El Aguará. Iba con nosotros un camarógrafo y periodista de la televisión machagaiense que grabó en el viejo sistema VHS lo que iba aconteciendo. También nos acompañaba Rosa Delgado -hija de otra sobreviviente que había fallecido unos años antes-, quien nos había anticipado que Melitona estaba muy enferma desde hacía unos años, pero que era notable cómo resistía, cómo salía de la agonía y ser recuperaba contra viento y marea.

– Parece que quiere vivir como sea. Da la sensación de que le falta hacer algo- señaló Delgado.

Ella murió ese jueves 13 de noviembre, en que fuimos a despedirnos. Según su Documento Nacional de Identidad tenía 107 años, pero después de compartir silencios con ella tuve la certeza que tenía más, y esa certeza tomó vigor cuando me hizo sentir que sí, que había estado esperándome, que para poder contar había resistido tanto.

Los recuerdos me habían alejado más que unos pasos de la reunión, cuando Sobko se acercó a una distancia prudencial y me llamó con un gesto de mano. Fui, un poco desorientado entre mi evocación del pasado y lo que estaba pasando.

– Vení, quiere verte – me dijo, despacito.

Lo seguí. Adentro de la habitación estaba su hijo Sabino. Apenas me vio, la anciana se sentó en la cama, agarró el libro y se lo puso en la falda. Me miraba, miraba el libro, me miraba, miraba el libro y se pasaba un pañuelo por la boca. Yo quedé mudo. Ese instante para mí fue la eternidad. Detrás de la escena estaba Sobko, al lado Sabino.

Solo eran miradas en medio de un mar de silencios.

Luego, ella pidió que la volvieran a acostar y, en idioma qom, murmuró algo que solo entendió su hijo, quien quiso traducir, pero yo lo detuve con un suave gesto. Presentía que era parte del misterio de ese adiós.

Mi garganta transformada en un nudo indescriptible, mi corazón pidiéndome perdón por no reaccionar y el esfuerzo que hacía para no llorar, señalaban que yo era ya otra persona.

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