El Gauchito Gil, fenómeno popular

Hace años en mi tierra, y ahora ya en todo el país, el Gauchito Gil es una especie de deidad popular supuestamente capaz de milagros y asombros. En mi opinión, la gran expansión de esta creencia se debió al extraordinario desarrollo del pensamiento mágico en nuestro país, creo que no desvinculado del también extraordinario desarrollo de la ignorancia generalizada.

Por Mempo Giardinelli *

Quizás no suene muy agradable la hipótesis, pero es fácilmente comprobable que el desastre económico sostenido de nuestro país durante los últimos 55 o 60 años, por lo menos, en paralelo a la intromisión y presencia cada vez más autoritaria de la televisión en millones de hogares, con su prédica de lenguaje, usos y costumbres ordinarios, y todo eso sumado al deterioro paulatino de la educación pública en los últimos 50 años, degradaron sensible y comprensiblemente el imperio de la razón y del conocimiento.

Y peor: deprestigiaron a la razón y al conocimiento, a los que no se accede sin educación y lectura, muchísima lectura.

Claro que de ninguna manera el culto al Gauchito Gil es responsable del retroceso cultural argentino. Pero sí fue alimentador de un mito hoy muy popular que se originó y crece en medio de la pampa correntina, a pocos kilómetros de la ciudad de Mercedes, en el centro mismo de la provincia.

Allí está el dizque “santuario” del Gaucho Gil, un hombre cuya leyenda es sencilla y establece que en la segunda mitad del Siglo 19, hacia 1860, un gaucho bueno y pacífico llamado Antonio Mamerto Gil Núñez fue víctima de una tremenda injusticia que le costó la vida.

Típico de aquella época seguramente algo más primitiva que la actual, todo empezó con una falsa denuncia policial, que le atribuyó una culpa que nadie había probado. Pero que fue suficiente para que una cuadrilla policial lo detuviera para llevarlo a juicio en la ciudad de Goya, sobre el río Paraná y distante muchas leguas al Sud-Oeste de Mercedes.

Muchos relatos establecen que era usual en aquellos tiempos, durante traslados de esa índole, que los policías mataran a los prisioneros antes de que se los juzgara, so pretexto de que habían intentado escapar. Y cuenta la leyenda que así sucedió con el desdichado Antonio Gil, a quien el sargento que mandaba aquella cuadrilla estaqueó para degollarlo.

Pero entonces Gil, gaucho avispado y valiente, tomó con calma su inminente destino y no sólo no se resistió sino que, antes de morir, le dijo a su matador que lo perdonaba por todo lo que iba a sufrir él cuando volviera a su casa, donde encontraría a su hijo gravemente enfermo y moribundo. Y le aseguró que el muchacho se curaría sólo si se acordaban bien de él y rezaban una plegaria por su alma.

El sargento, quizás ebrio y a lo macho, no le creyó una palabra y lo mató colgándolo de un espinillo, que es un árbol típico de esas regiones. Y ahí nomás le dio franco a la cuadrilla policial, mandándolos a sus ranchos, conjurados todos para el silencio, y volvió a su casa. Adonde al llegar, la tarde siguiente, en efecto encontró a su hijo moribundo.

Entonces se acordó del gaucho al que había matado, y culposo y desesperado le rezó toda la noche, arrepintiéndose y rogándole que salvara a su muchacho… Y el muchacho se curó… Y su padre, el sargento arrepentido, cortó a hachazos un espinillo y con su madera hizo una cruz, que plantó después en el mismo lugar del degüello.

Y ahí mismo, cerca de la ciudad de Mercedes, se venera hoy esa cruz y se ha desarrollado una industria popular impresionante, que mezcla al paganismo con el kitsch, y a la pobreza con el oportunismo. Y así la creencia dice hoy que todo caminante o viajero que no se detenga aunque sea un instante a saludar al Gaucho Gil, carecerá de fortuna y de protección el resto del camino.

Y así es como creció esta industria pagana a la vera de la Ruta Nacional 123, que quizá ustedes vieron allí mismo, si pasaron, o en réplicas existentes a la vera de caminos en toda la república. Son carpas, túmulos, tendajones, árboles, ornados todos de telas rojas, color característico de este supuesto milagrero al que siempre se representa con la pequeña figura de un gauchito envuelto en un poncho y con una vincha en la cabeza, ambos de ese color. Y también suele representárselo lanza en mano, en cuya punta hay un estandarte colorado.

En el “santuario” (entre comillas) mercedeño, a modo de catedral berreta se ha desarrollado lo que hoy se llama un merchandising formidable. Allí ese color domina todo: vinchas, ponchos, banderines, pañuelos, pulseras y todo tipo de objetos en color rojo sangre. Lo que no necesariamente se debe al gaucho Gil, sino a que en la época de esa tragedia en la Provincia de Corrientes gobernaba el Partido Liberal, cuyo color representativo es el celeste.

Sus opositores – y enemigos acérrimos – eran, desde luego, los conservadores, cuyo color identitario era el rojo. Y al parecer Gil tenía, o se lo endilgaron después, simpatías políticas por el Partido Autonomista, conservador, que había fundado el general, escritor, traductor, periodista y presidente argentino Bartolomé Mitre, quien gobernó el país entre 1862 y 1868.

Ahora bien, de cómo la figura de este supuesto “gauchito milagroso”, se convirtió en leyenda popular, la verdad es que no tengo la menor idea. De hecho, cada vez que paso por ahí – varias veces al año, cuando no hay pandemia – me pregunto cómo fue posible que el Gaucho Gil se convirtiera en la figura más emblemática del imaginario pagano argentino contemporáneo.

Superior a la Difunta Correa, a Ceferino Namuncurá, a la Madre María y a cuanto “santo” profano es aprovechado por chantas y farsantes que se aprovechan de “la pobre inocencia de la gente”, la leyenda del Gauchito es el mayor fenómeno de cultura popular y paradigma del pensamiento mágico extendido a toda la Argentina desde finales del Siglo Veinte.

* Leído en El Destape Radio, Febrero de 2021.

 

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