Nahuel Guzmán, el rebelde

A un arquero le habían metido más de doscientos goles, pero sólo cuenta cuarenta y tres. De los feos, ni se acuerda. Está sumergido en la final de un torneo al que su equipo llegó gastándose el alma y más. La ve: el rival, el mejor de todos, se prepara para hacer su bestial jugada.

Nahuel Guzmán.

Por Ezequiel Scher

Detrás de una sucesión armoniosa de toques, queda mano a mano contra el crack del momento. ¿Qué hacer? ¿Ser campeón o permitir el arte? El coleccionista es el cuento que el Patón Guzmán escribió para el primer libro de Pelota de Papel. En cada trazo de esa narración, está la filosofía del mayor rebelde del fútbol de nuestras venas abiertas.

“Desde niño, estuvo rodeado de bastidores, pinceles y colores, tal vez de ahí viniera su obsesión por la belleza”, describe al Loco Sarda, su encarnación ficcional. El miércoles, el último día antes de disputar la final del Mundial de Clubes contra el Bayern Munich, el Patón, arquero de Tigres de México, subió un texto a Instagram dedicado a su papá.

Jorge también ejercía el puesto de los que se visten diferente. Salía jugando desde el área tirando bicicletas. Era pintor, caricaturista y diseñador. Su último trazo publicado, antes de fallecer, es el rostro de Patricia Bullrich, la frase “El que quiera estar armado que esté armado”, un fondo de Mauricio Macri y un encabezado con la foto de los tres niños y la niña asesinados en la Masacre de San Miguel del Monte, en la horrorosa noche en que un patrullero disparó porque sí contra un auto donde viajaban cinco adolescentes. Mataron a cuatro.

Ese es un registro del mapa de donde viene su cabeza.

Su mamá, Patricia, siempre fue militante. En su casa había libros de historia. Nació en 1986 y al año lo llevaron por primera vez a la marcha del 24 de marzo. Fue una marca que heredó con emoción: en 2013, ya siendo titular en Newell’s, unos meses antes de ganar la Liga Argentina, apareció por la misma manifestación. “Mi vieja me estaba educando en la primera marcha o cuando ponía un libro de Eduardo Galeano en la biblioteca de casa”, reflexionó muchos años después.

Era el puntapié de una serie de compromisos que había asumido sin decirlo: ser un comunicador social desde el rol de futbolista. Aunque lo ejerciera sensiblemente: nadie le pidió, en 2014, que saliera al estadio Marcelo Bielsa con tres nietos recuperados – Iván Fina, Sabrina Gullino y Santiago Bereciartúa – y se sacara una foto.

Hubo momentos en que al Patón el sistema lo fastidió y pensó en salirse. Ahí se encontró con Kurt Lutman, el exjugador que festejó un gol mostrando una remera que decía: “Cárcel a Videla y a los milicos asesinos”. Una tarde, tomando mate en su casa, escuchando sobre unas movidas de H.I.J.O.S y unas jornadas de educación popular en barrios, el referente, ya alejado del fútbol, le aseguró: “Si yo hubiera jugado, todas estas cosas que estoy haciendo, armando equipos en los barrios y entrenando día por medio, como jugador hubieran tenido otra relevancia”.

Esa conversación la había heredado: años atrás, Claudio Morresi, actual legislador, le había recomendado a Lutman que no fuera incendiario y caminara despacio. Había que aprovechar el escenario.

Porque el Patón no es solo su cabeza. Sus manos lo llevaron a tener una carrera con ocho títulos en las vitrinas: el último fue la copa Concacaf, la competencia gemela de la Libertadores, pero en el hemisferio norte. Disputó dos Copa América y un Mundial para la Selección Argentina. Como casi todo arquero, su afianzamiento en el puesto ocurrió de grande, a los 26 años. Antes había sido suplente de Oscar Ustari en el sub17 de 2003.

Lo habían enviado a préstamo a Independiente de Rivadavia, suplantando a Jorge Vivaldo, en épocas en que usaba rastas. Su chance para siempre ocurrió en 2012. Gerardo Martino llegó a salvar Newell ‘s y le dio la confianza para que se hiciera cargo del arco. Un equipazo: Él, Cáceres, Vergini, Heinze, Casco, Pablo Pérez, Lucas Bernardi, Rinaldo Cruzado, Víctor Figueroa, Maxi Rodríguez, Scocco. Fueron campeones y dejaron una huella de estilo en el fútbol argentino.

“Nahueladas”, le llaman los relatores mexicanos a parte de su estilo de juego. “Muchas veces te pone los huevos en la garganta, pero yo me hago cargo porque por algo lo pongo”, explicaba el Tata. Es que Patón es de la escuela de Hugo Gatti: la mueve con los pies y arriesga. “No es solamente que tenga una técnica especial, su talento es que entiende el juego, antes de recibir ya sabe dónde están parados sus compañeros”, argumentaba uno de sus entrenadores. La estética y lo mágico no quedan aparte de su reinado.

Su épica puede encarnarse en un penal que le atajó en una final entre Rayados y Tigres, el clásico de Monterrey, a Rogelio Funes Mori con el pecho. O en los cuartos de final de la Libertadores 2013, cuando le paró un tiro desde los doce pasos a Juan Román Riquelme y le ganaron la serie a Boca. O al mítico último acontecimiento del año anterior.

El 27 de febrero de 2020, Tigres disputaba los cuartos de final de la Concacaf contra Alianza de El Salvador. Estaba 3-2, el reloj marcaba 94 minutos, tenía una falta a su favor, el chileno Eduardo Vargas iba a patear, hacía falta un grito más y el Patón decidió ir a cabecear. “Si lo mete, no respondo”, anunció el relator, antes de que se ejecute la historia.

No menos de diez veces gasta sus cuerdas vocales al ritmo de Nahuel, Nahuel, Nahuel cuando cabecea y salta a festejar con la hinchada. Con el pelo platinado, como herencia de una noche en que apareció con la cabeza grafiteada con los colores de la bandera del orgullo gay, como forma de reclamo a un mundo más inclusivo, festejó haber sacudido, una vez más, lo preestablecido.

Aunque a veces toque el cielo, el Patón siempre busca jugar por el suelo. En 2017, sorprendió en Rosario tomándose el bondi 115. Quería mostrarle a su hijo mayor, Agustín, cómo era viajar en transporte público. Este tipo de gestos podrían ser sencillamente señalados como algo común, pero en un deportista de alto rendimiento es un ring contra la enajenación. Puede que sea parte de su comportamiento como arquero, pero Guzmán nunca esquiva las pelotas.

Días antes del comienzo del Mundial de Rusia, en chispeantes jornadas atravesadas por las más fecales expresiones de algunos medios de comunicación, le preguntaron qué opinaba de la posible sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Afirmó que estaba a favor y defendió su argumento: “Me gusta hacer hincapié en la libertad de la gente a elegir”.

El 18 de junio, frente a una pantalla gigante de un cine en el predio de Bronnitsy, donde residía la Selección Argentina, siguió los argumentos de los diputados con la lupa de quien asume que hay que participar y que la política no es una mala palabra:
“Hay un lapso en la adolescencia donde me metí de lleno en el fútbol y en terminar el colegio. Más de grande me tocó vivir la época del comienzo de la presidencia de Néstor Kirchner. Me imagino que muchos pibes de mi camada, de 18 o 20 años en ese momento, empezaron a ver un poco la realidad desde otra perspectiva. Entonces, te repreguntás algunas cosas: quién me escribe en el diario, quién me cuenta las noticias en la televisión y empezás a ver que hay intereses en gente que te baja la información. Me fui sintiendo identificado con la presidencia de Néstor. Con el mostrarnos la historia argentina, el pasado y, de a poco, a través de estas personas, meterme en cuestiones sociales, juntarme con gente que patea los barrios. Llegar a Primera y entender que una vez sos una persona conocida y hay que ser cauto con el mensaje”.

El Patón entendió a la comunicación como parte de la política. Su primer medio fueron sus guantes donde se escribía mensajes como: “Memoria, verdad y justicia”. Tanto entendió el rol de las grandes corporaciones que decidió empezar a filmar sus ruedas de prensa y a transmitirlas en sus redes sociales. Su reivindicación a Abuelas encontró un momento hermoso el 13 de junio de 2019.

Pasaba junto a toda su familia dos días en Buenos Aires y quiso conversar con Estela de Carlotto. Por justicia de la vida, en esa fecha se realizaría el anuncio de la aparición del nieto 130, Javier Matías Darroux Mijalchuk. El arquero pidió permiso para participar del acto. Desde un costado, su mamá y su mejor amigo lloraban en la sede de Virrey Ceballos. En una de las salas, un rato antes, la mítica presidenta de la entidad le había explicado al hijo de Nahuel de qué se trataba su lucha.

En 1990, en la previa de un clásico entre Newell’s y Rosario Central, Marcelo Bielsa encontró a Fernando Gamboa jugando al Pac-Man en la siesta de la concentración y se dio este diálogo:

–¿Qué daría por ganar mañana?
–Todo, tirarme de cabeza, trabar, ser solidario.
–¿Qué más?
–No sé, más no se puede. ¿Qué daría usted, profe?
–Recién se lo dije a mi señora: si me tengo que cortar un dedo por ganar el clásico de mañana, me lo corto, total me quedan cuatro.

En una entrevista con TyC Sports del año pasado, Guzmán blanqueó el último sueño que le queda, parafraseando a Bielsa: “Me corto un dedo si Messi vuelve a Newell’s”. Su amistad con el 10 se construyó en la Selección. La afinidad creció en el artístico ejercicio del final de práctica en que el genio se queda pateándole.

Pero Patón no se lo toma en chiste: en su último contrato con Tigres, puso como cláusula que si Messi deja Barcelona y va a Newell’s, él puede regresar a Rosario, al menos, a préstamo. Tras ser subcampeón del Mundial de Clubes, en compañía del argentino Guido Pizarro, el Patón ya planifica su nueva Nahuelada.

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