¡Populista será tu madre!

La influencia política de Europa en América Latina descalificó fenómenos que tienen allá un carácter y aquí un carácter distinto. Empezando por el nacionalismo. En Europa, el nacionalismo es un fenómeno conservador, por su carácter chovinista, según el cual un país es mejor que otro. Al nacionalismo se le atribuyó la responsabilidad por las dos guerras mundiales.

Getúlio Vargas y Juan Perón.

Por Emir Sader

Mientras que aquí, en América Latina – pero también en Asia y África, en los continentes de la periferia del capitalismo – el nacionalismo tiene un carácter diferente, porque tiene un tono antiimperialista. Europa es aliada de Estados Unidos, su nacionalismo no es nada antiimperialista. Nosotros nos oponemos a la dominación norteamericana, por eso nuestros nacionalismos son antiimperialistas.

Por eso, líderes como Vargas o Perón, nunca fueron entendidos en Europa. Su nacionalismo los llevó a ser caracterizados como fascistas, como reproducciones de Mussolini aquí. Partidos comunistas como el argentino e incluso el brasileño, llegaron, con fuerte raíz europea, a asumir esta caracterización y se unieron a la derecha en contra de estos dirigentes.

Estos líderes fueron, al mismo tiempo, los ejemplos clásicos de líderes populistas, según la ciencia política. La raíz del nombre proviene del pueblo y tiene que ver directamente con su extraordinaria expresión de líderes populares, que hacen políticas acordes a los intereses del pueblo.

Para el eurocentrismo, el populismo tiene una connotación siempre negativa y casi una maldición. Basta calificar de populista a un líder o a un partido para descalificarlo, ni se molestan en explicar el fenómeno. En el mismo paquete ponen a Vargas, Perón, Hugo Chávez, Trump, Bolsonaro. Tendrían algunos rasgos en común: la demagogia, la manipulación del pueblo, la irresponsabilidad fiscal, como características del populismo, todo negativo.

La descalificación de las políticas sociales de estos líderes provino del hecho de que harían concesiones por alzas salariales, políticas redistributivas, provocando inflación y desequilibrios fiscales. Con la intención de favorecer al pueblo, acabarían, por penalizarlo, especialmente por la inflación y la erosión del poder adquisitivo de los salarios que traería. Así como la crisis nacional que resultaría del desequilibrio de las cuentas públicas, lo que requeriría políticas de ajuste fiscal, que recaen directamente sobre las clases populares.

Sin embargo, el análisis concreto permite desmitificar estos clichés. Para el neoliberalismo, gobierno responsable es aquel que favorece el ajuste fiscal y el saldo de las cuentas públicas, que en la actualidad significa el llamado techo de gasto y que recae directamente sobre las políticas sociales y los derechos de los trabajadores.

Los gobiernos de Vargas y Perón fueron los períodos de mayores logros para los trabajadores, sin generar crisis económicas. Incrementaron la capacidad de consumo de la masa de trabajadores, lo que impulsó el proceso de industrialización, al expandir el mercado de consumo interno.

Más recientemente, los gobiernos del PT, en Brasil, para tomar un ejemplo actual, promovieron los derechos de las clases populares, como no se hacía desde hace mucho tiempo, con la creación de 22 millones de empleos formales y elevando el salario mínimo en un setenta por ciento por encima de la inflación. Todo ello sin tope de gasto y sin desequilibrio en las cuentas públicas, ni inflación.

La descalificación del populismo, amalgamando líderes populares y de ultraderecha, es parte del arsenal del neoliberalismo, ejercido especialmente por el eurocentrismo. Hacen desaparecer el neoliberalismo como línea divisoria esencial, que distancia radicalmente a los líderes latinoamericanos de este siglo y los de la ultraderecha.

Es fundamental no caer en esta trampa, desmantelar sus mecanismos, rescatar a líderes populares históricos como Vargas y Perón, colocando a los líderes actuales -Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Alberto Fernández, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa- en continuidad con ellos en el siglo XXI, como los oponentes más trascendentes del linaje Trump y Bolsonaro.