Recuerdos de un encuentro y un Pino pródigo

“Para elevarse es necesario elevarse, pero es necesario también que haya altura”. Antonio Porchia

por Bosco Ortega

“Si tengo que hablar del hombre, hablo de mí mismo y por qué es el que más a mano tengo”, afirmó don Miguel de Unamuno. Si debo escribir de Fernando Ezequiel Solanas, debo, responsable y agradecido, hacerlo de mi padre político y estético y, además, de mi hermano de causa, como él mismo me distinguió.

El Chaco, después Buenos Aires, me unieron a Pino, a través de Oscar Ángel Taborda oriundo de Barranqueras, marino mercante. Cachito, su nombre de barrio, fue su hermano del corazón, secretario, ayudante y confidente. Desde su adopción en la militancia de los sesenta, su debut en La Hora de los Hornos, su travesía con el Grupo Cine Liberación, la etapa del exilio y de la denuncia, la fundación de Cine Sur y Proyecto Sur, estuvo a su lado, siamés de su sombra, hasta quedarse dormido, de improviso, en una calle del Sur, amado por ambos.

Él propio Cachito, me llamó una mañana y me convocó al bar El Recinto, situado en la encrucijada de Callao y Rivadavia, finales de los ochenta. Me confirmó, caligráfico: “Pino, prepara una película nueva”. A las pocas horas, llegó con una carpeta y una sonrisa traviesa: “Saqué copia de unas páginas del guión para que conozcas el asunto”.

Lo leí, ávido y alegre. Sus personajes y sus circunstancias no sólo eran poéticos, sino que estaban narrados con un lenguaje de mitopoética suramericana. Sufrí una fascinación y, de inmediato, le solicité a Cachito que me consiguiera unos minutos de entrevista con su director y escritor.

Sucedieron breves días y recibo el llamado en la oficina del Congreso Nacional, donde trabajaba en ese momento. “Le comenté tu pedido a Pino, y te espera por la tarde”. La dirección situaba un edificio antiguo, de principios de siglo, en el meridiano de la avenida Córdoba. Un piso, amplio y solariego, elegante y ascético. La luz que filtraban sus vitrales lo tornaba cálido. Supe, luego, que perteneció a Alfonsina Storni.

El asistente me condujo por un pasillo que desembocaba en una cocina austera y una mesa que ocupaba la extensión del espacio. Al medio de la misma, Pino Solanas me recibe, afable. Era la primera vez que lo veía en persona. Le comenté, prudente, el propósito de mi presencia: escribir sobre el backstage, el “detrás de cámara” o las (entre) bambalinas del rodaje. Escuchó mi pedido y comenzó un diálogo, imprevisto; por lo menos, para mi deseo personal. Propuso una serie de preguntas acerca del Chaco y de dos personas, en particular: Atilio Omar Velázquez y Lorenzo Ávalos, respectivamente, a quienes conocía.

El estímulo primario de mi empresa derivó en una conversación incesante sobre la economía provincial y regional. Comprobé que Solanas conocía la realidad del Chaco, del Norte Grande y de la Cuenca del Plata, su problemática económica y la riqueza de sus recursos estructurales. Pero hasta ése momento, no tenía respuesta a mi pedido.

¿Qué tal eras como alumno de matemáticas en el colegio”, interrogó. “No hacía un cero ni con un caño”, respondí. Sonrió, complacido y retornó al periplo chaqueño. De pronto, preguntó: ¿Cómo representarías a un profesor de matemáticas, desocupado, que enseña a pibes de un colegio? Lo miré, algo urgido y le contesté, apenas: ¿Aquí? Y sin mediar cuestiones, dijo: “Sí, improvisálo, ahora”.

Inicié, con la memoria emotiva de mi experiencia teatral en Resistencia y ofrecí un personaje, de acuerdo a mi intuición. Enseguida, me aconsejó que lo “componga” más contenido, sin los tics comunes de mi géstica. Comienzo a reinterpretar, y observo, sin desconcentrarme, que extrae una cámara de fotografía de un cajón de la mesa y comienza a tomar imágenes. “Estamos jugando”, advierte. Me detiene y aporta una observación: “En rigor, se trata de un profesor de contabilidad, desocupado, que trabaja como profesor de matemáticas y le “inocula” a los pibes que “en éste país nadie gana plata trabajando”, tal como lo expresara un conocido dirigente gastronómico”.

Hecha la repetición y la consigna, pertinentes, observo el reloj y compruebo que la entrevista demandó más de una hora. Sugiero mi pedido originario y le agradezco por el tiempo dispensado. Entonces, pregunta, sin dilación: ¿Tenés algo que hacer?, porque hay que ensayar.”. Se levanta, me toma del hombro, cruzamos el pasillo y llegamos a la sala de ensayo.

Contemplo, en primera instancia, unos pupitres pequeños, con alumnos adolescentes, y al frente a uno de ellos, algo mayor que el resto, uniforme gris, que contiene a Fito Páez, nada menos, y a su lado a Ricardo Rojo, actor, en su rol de director del colegio. Me sitúa, de frente, a ése aula en escala, y exclama: “Queridos alumnos, aquí tienen a su profesor de matemáticas”.

Sin salir de mi estupor, me acompaña a un vestuario y sugiere que elija un sobretodo porque la historia transcurre en un clima de frío intenso: “Tenés cinco minutos para hacer el pre-escénico y salir a escena”. Así, tuve que salir al toro.

Terminados los ensayos, ordenó que fuese a la oficina de producción para acreditar mi contrato. Recuerdo que en uno de los ámbitos de Cinesur Producciones, reconocí a Enwar El Kadri, legendario militante justicialista, productor de la película, que se acercó con la bienvenida a mano tendida. A la semana siguiente, vuelo mediante, con mi guitarra Evita y una maleta, estaba en Ushuaia para debutar en un largometraje.

Mi alegría era simétrica a mi cautela: Pino Solanas imaginó un personaje para mi persona, pero no había escrito, aún, el parlamento específico. A mi arribo, agregó: “Ya tendrás tu parlamento. Mientras tanto, divertite”. Tenía razón, la película, a llamarse El Viaje, se rodaría en la Cárcel del Fin del Mundo, al presidio más austral del continente, como punto de inicio y llegaría hasta México.

El personaje, Martín, interpretado por Walter Quiroz, un joven de 17 años, oriundo de Ushuaia decide abandonar su lejana ciudad para salir en busca de su padre, un arqueólogo, que abandonó a su madre y que prometió volver. El deseo de hallar a su progenitor lo invita a descubrir el mundo con una bicicleta, único medio a su favor.

Se trata de en una especie de viaje iniciático, en la tradición de los relatos de viajeros que son aventuras de aprendizaje y de conocimiento. El drama, de una duración de 140 minutos, traduce una crítica a las políticas neoliberales de los gobiernos sudamericanos de la década del noventa, obedientes a las recetas económicas de los países centrales.

Casi una semana, y sin novedades del guión, luego de conocer lugares, actores, técnicos y compartir sendas horas con Fito Páez, durante un almuerzo en una jornada glacial, se acercó Pino, por detrás, y me entregó un papel con el dilatado parlamento.
Al otro día, ensayos, filmación y una trilogía de escenas donde participé, tan sólo, por la generosidad ejemplar de Fernando Ezequiel Solanas que “inventó” un personaje, a último momento, y me lo regaló como prenda de amistad. La película El Viaje, (1992) mereció la Mención del Jurado del Festival de Cannes y el Primer Premio a la Fotografía en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana, Cuba.

A partir de aquella experiencia, inmerecida y debida a un hombre pródigo, nuestra amistad sintetizó 28 años de vida, entre dos siglos, con encuentros, alternativos y diferentes, cultivados a través de la poesía, la música, el cine, el estudio y la militancia. Hace menos de dos meses, mantuvimos contacto desde su misión en la Unesco y establecimos la promesa del reencuentro para las vacaciones en su casa natal de Olivos.

Para mí, sigue y prosigue vívido y viviente en su legado artístico, su ética republicana, su denuncia del latrocinio, su condena a la corrupción, su destino de estadista, su compromiso comunitario con el Peronismo de Perón, su defensa de los derechos civiles, su protección de los recursos naturales y su ideario ecológico. Y, sobre todo, su conducta de protohombre de la Patria Grande.

Solanas fue a Boulogne Sur Mer al encuentro con el General José Francisco de San Martín en El exilio de Gardel. En el futuro, deben volver sus restos, como el Aníbal del Ande, a la tierra de su nacencia.
Te aguardamos, querido Pino, nuestro.

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