Tito Gómez: memorias de un artista

El escritor y periodista Bosquín Ortega recuerda al gran músico chamamecero oriundo de Curuzú Cuatiá fallecido hace apenas un año en Río de Janeiro y que musicalizó canciones inolvidables como "Niña del Ñangapirí", "Para volver a soñar", “Nuestros Sueños Y La Distancia” y “A Orillas de Tu Silencio”, entre otras, interpretadas por Los de Imaguaré.

UNA NIÑA CONVERSADA

Cuenta el propio Paí Julián Zini que llamó a Tito Gómez, en plena mocedad, con un mandato de cierta urgencia. Inmerso en botas de cuero, sobre su montura a cilindros y viola en ristre, arribó a la sacristía de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. El polvo del derrape y frenada indicó al clérigo sobre la presencia del piloto de pelo largo, con raya al medio, típico de la época. De inmediato, le tendió una hoja con un poema, escrito a mano, y le pidió que le “acercara” una melodía. Tito, la leyó y asintió. Acercó, medio sonriente, una silla a la mesa, mientras Zini demoraba un “caiguá” amargo y espumeante, y comenzó el susurro -mentón apoyado en la curva de la caja de la guitarra- de una melodía madurable. Acaso, diez minutos insumieron musicalizar las dos primeras cuartetas que agradaron al cura-vate rural. Pero, sin motivo visible, se levantó: “me aguarda un comprador de la moto”, dijo y partió. El horizonte volvió a ser suyo.
Por varios días, Julián intentó persuadirlo para retomar la tarea, ayudado por músicos amigos; sin resultado alguno. La medida de los versos era larga y requería un desarrollo melódico particular. Entonces, resignado, exclamó; “acá, hay una solución: buscarlo a Tito Gómez”.

Pero Ricardo Justo, era, por esos días, una flecha suelta al centro del vértigo motorizado. Entonces, la astucia criolla prevaleció sobre la necesidad. El presbítero envió un emisario al taller, con un mensaje directo: “Tengo comprador para tu moto. Julián”. A escasos minutos, estaba a la puerta, en busca del cura y del comprador. “Tengo la dirección”, afirmó Zini, “pero antes terminá el estribillo que dejaste inconcluso”. El ardid ingenioso (incluido el “comprador” imaginario) logró la consumación de “Niña del ñangapirí”, primera obra del dueto y, ahora, un clásico del chamamé correntino y de la música argentina.

Ésta anécdota de picaresca parroquial signó una alianza fecunda en la historia del género correntino desde una cosmovisión religiosa y comunitaria. El capítulo artístico es epígono de inspiración popular, con asuntos de estirpe, mestizados y sincretizados con un linaje americano y la teología cristiana, a través de un lenguaje en décimas, de tradición criolla heredero del Siglo de Oro Español, coloquial y proverbial, relatado en glosas de hondura memorial. La alianza y simbiosis de Zini-Gómez consiguió una obra de cuño estético y poético imitable, pero improbable de emulación por el vuelo propio y suyo de sus hacedores.

LOS SALIERI NATIVOS

La llovizna descendía con su cabellera que traslucía el silencio en los barrios. Corrientes desplegaba una coreografía de relámpagos en la cúpula de la mañana. El viajero, expectante, protegía la funda, precaria, de su guitarra contra su pecho, cubierto, apenas por una campera de plástico liviano. Absorto en un cruce de esquinas, hacía señas a los remises que, continuos y completos, dejaban la negativa mecánica de los limpiaparabrisas. La ropa húmeda, calaba hueso adentro. Guardó los lentes de aumento, montura metálica, en el bolsillo de la camisa: la lluvia, impedía la visión.

No percibió, quizá por eso, la silueta del rodado que se acercaba, en marcha lenta, al borde de la vereda: “Subí, te llevamos”, escuchó. Reconoció la voz de un amigo. Se acercó al vehículo y distinguió, a su vez, a otro amigo, junto al conductor. Habían pasado dos años sin verse y, tampoco, hablarse.

Ocupó el asiento trasero, a la derecha; pero se mantuvo callado, casi todo, el trayecto del camino. La música los unió en su juventud, pero las divergencias eclipsaron la madurez. De improviso, el acompañante que viajaba, también, silencioso, le comentó: “Vimos Amadeus, la película sobre Mozart, y nos acordamos, mucho, de vos”. Luego, giró la cabeza y le confesó, sin pudor: “Tito, vos, sos Mozart”.

El viajero aludido era Ricardo Justo Gómez, “Tito”; mientras que el súbito revelador era Julio Cáceres, cofundador de Los de Imaguaré, con Julián Zini, sacerdote y poeta y el mismo Gómez, sentado al lado de Joaquín Adán Sheridan, “El Gringo”, oriundos de Mercedes, criaturas de nacencia en el mítico Paiubre. La telegráfica convicción de Cáceres refería al genio innato, travieso y fluyente del célebre compositor alemán; pero asumía, también, la evidencia comprobada, equivalente a un reconocimiento, de los Salieris nativos que usufructuaron del talento abierto y generoso de aquel muchacho miope y enamoradizo, mecánico de motocicletas y rockero confeso que destilaba melodías, a la manera de lúdico aroma, en cualquier reunión del pueblo, equidistante de manubrios y diapasones. Su corazón generoso era superior al “manoteo orejero” de algunos colegas. La memoria del tiempo, tribunal de veredicto implacable, lo distinguió con el amor admirativo de su pueblo.

AVÁ Y FÉNIX DEL CHAMAMÉ

“Hay muchos músicos, pero pocos artistas”, me confesó Lisandro Stalla, músico misionero. Y en rigor de vida y verdad, Ricardo Justo Gómez, “Tito”, era un artista, sustantivo. Sin adjetivos.
Hermano de causa y de camino, me otorgó el honor de su amistad, a través de dos centurias de frecuencia, convivencia y experiencia. Zitto Segovia, desde otro plano celeste, lo acercó a mi corazón, donde habita en presencia de gratitud.

Luego del holocausto chamamecero de Bella Vista, su vida se transformó en donativo y transfiguración, tras el renacimiento providencial del Paraná. Sí era, ya, inmenso y notorio, en su arte y estilo, consumados, desde Los de Imaguaré y del Grupo Reencuentro, su retorno junto a Martha de La Cruz Quiles y Zuni Aguirre constituyó una ofrenda y una oblación del inventor a su Creador.

Su parábola existencial constela a un Avá (hombre de la tierra) y un Fénix (ave que resurge de sus cenizas), que cantaban desde sus cicatrices con música, a la manera del agonista de don Miguel de Unamuno que lucha desde la vida contra la muerte y un resiliente estoico y esperanzado en los años últimos de itinerancia y peregrinaje por Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Buenos Aires y Brasil. Estaba herido, pero cantaba por el mandato de su llaga. Dios habitaba sus melodías, porque el Amor era su destino y destinatario. Llevaba como encarnado y engarzado al cuero y al alma, el poema Juan de la Cruz, el Cantor, de Franklin Rúveda, su carta magna de paisano y caballero de la correntinidad. Repetía un fragmento y persuadía en situaciones diversas, distintas y adversas:
“Yo para ser como anduve / siempre conté con lo mío/ y entre fuertes fui un soberbio,/
un rebelde entre caudillos/ y un cantar entre mujeres, sólo ante Dios…/ sólo ante Dios fui mendigo.”

Sin bajar el rostro “a lo Marcos Azcona” (repetía), militar correntino, héroe en la guerras civiles y en la del Paraguay que debido a su coraje y valentía, al frente de la célebre Caballería Paiubrera, el general Mitre lo calificó “la primera lanza” del ejército correntino. Pecho duro y un sapukay ante la tormenta. Tierno, como un niño asombrado y áspero, como un gaucho subestimado, doblado ante el débil y erguido ante el impune. Su ética era, también, su estética. No hizo concesiones ante sus pares desleales, la exigencia del fraudulento y la ofensa a su identidad.
Viajaba con su guitarra, una carpeta con canciones y una computadora. Luego, un bolso, con algunas prendas. Ese era su equipaje de hornero a cuesta de su canto: el Avío existencial de un inmenso artista inmenso. El registro de la CPU constelaba las canciones grabadas, con fecha de registro y de matríz fonográfica, junto los temas inéditos que, aventuro, superarán los mil títulos.

Tito Gómez trabajaba, todos los días, en la escritura y composición, a la manera del relojero suizo de Ravel. Durante aquel período de nostalgia lacerante por la pérdida de sus amigos y la entrañeza del abañeé, comenzó a escribir letras para sus temas y a producir obras en otros géneros, como baladas, boleros, tangos y adagios, con un vuelo poético y un equilibrio constructivo. Devino en un cantautor ejemplar y un poeta de lirismo exultante, dueño de una técnica y de un oficio admirables, dignos de la pléyade de hacedores con lenguaje soberano.
De manera simultánea, escribió De las Musas de mi Vida, una autobiografía de su peripecia artística, desde Curuzú Cuatiá y Mercedes hasta el accidente bellavistense. Dedicó un capítulo extenso y completo donde narró, con precisión de testigo y de sobreviviente las instancias previas del suceso.

Desde el primer momento de conocernos, me llamó, “Bosquito, hermano del agua”. Su causa de canto, lo sobrevive. “Un amigo, es la vida dos veces”, nos enseñó Armando Tejada Gómez. La gira, sigue.

KOROCHIRÉ

Chamamé
A Ricardo Justo Gómez “Tito”

Hecho a fuego milenario
en la fragua montaraz,
criollo altivo y libertario,
palabra sin doble faz.

Por su belleza sonora
que nace del corazón,
viene de la misma aurora
de una patria hecho nación.

Tito Gómez, del Paiubre,
estirpe korochiré,
tú canto al hombre descubre
la esencia de abañée.

Paisano, sin pilcha ajena,
curuzeño, a pura fe,
correntino, a honra plena,
destino de chamamé.

Poeta de su lirismo,
su vida es tierra y mujer,
se parece a sí mismo
en música y proceder.

Nacido del Paraná,
su vientre lo hizo raíz,
criatura de aquí y allá,
le ofrendó su cicatríz.

Letra y música: Bosco Ortega
Balvanera

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