Entre Ríos, Argentina

La escandalosa situación que develó estos días la cuestión entrerriana es harto preocupante. Fue y sigue siendo un tembladeral de amenazas, violencia y todo lo peor del repertorio sexista estimulado y naturalizado por la prensa canalla. Un panorama que sin dudas afecta a las instituciones y a la democracia, mucho más de lo que algunos quieren aceptar.

Por Mempo Giardinelli

Aquí lo que se puso en peligro esta semana fue la paz social. Y lo que estuvo en el centro del escandaloso meneo familiar entrerriano fue el modo patotero de hacerlo.

Algunos sensatos recordaron, estos días, la espantosa naturalidad con que ciertas historias se repiten, sobre todo en materia de olvidos, que es el antónimo perfecto de la memoria. Dos polos que protagonizan una batalla eterna y dolorosa, de repeticiones siempre inesperadas.

La memoria y el olvido se suceden inexorablemente, pero la evolución de las sociedades se mide en términos del triunfo y afianzamiento de la memoria, que, asociada a la verdad y la justicia, fortalece el desarrollo y potencia la democracia y la paz. Y sobre todo la paz, ese objetivo mayor y mejor de toda comunidad humana.

Y si esto suena ­idealista es, sencillamente, porque es idealista. Y esta columna reinvindica el idealismo, porque al menos a los argentinos nos ha dado siempre la mejor perspectiva de crecimiento, bienestar y equidad. Por eso el tembladeral que sentimos cuando los crímenes juzgados se olvidan, cuando la justicia es zonza utopía, cuando los bandidos no pagan sus fechorías; cuando la desmemoria naturaliza conductas que teníamos por superadas.

Parece hora de admitir que la ejemplar condena a la dictadura de hace 40 años se fue debilitando con sucesivas crisis económicas, hiperinflaciones, ajustes neoliberales, corralitos y demás yerbas venenosas. Hoy más de medio país ni se acuerda de quién fue ni qué ley maldita nos dejó un tal Martínez de Hoz. Hoy Menem es un personaje políticamente perdonado e incluso pintoresco que según se dice nos heredará su talento en forma de hija.

Y en la vida cotidiana todo lo que era nuestro, o sea estatal, o sea del pueblo argentino y tanto que nos enorgullecía, como la salud pública de calidad, el IAPI, las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, una de las cinco flotas mercantes más grandes del mundo, la industria liviana de calidad, los servicios de energía y muchos otros por varias generaciones, hoy son menos que nostalgia. Igual que la escuela pública que enorgullecía a toda la población por su seriedad, su rigurosidad y por el sostenido culto a la memoria histórica. Y es cierto que había batallas ideológicas internas, pero se transmitían principios y valores de una generación a otra.

Hoy parece que todo eso se ha perdido y a cambio de nada. La escandalosa extranjerización de lengua y costumbres, o sea de identidad, sólo fue interrumpida durante la Guerra de Malvinas, cuando fue moda – no conciencia; moda – eliminar todo vocablo en el idioma de los apropiadores. No duró nada. Está a la vista y al oído.

El Sr. Cavallo todavía habla, como habla el Sr Duhalde, y como habla Macri, y no para pedir perdón sino para insistir en sus malditas teorías y genuflexiones. Y hay tanto imbécil que los escucha y les cree. Así la timba financiera y el endeudamiento también se naturalizaron, y en el inconsciente colectivo se instalaron sus frutos más perversos. Por eso hoy importa más la cotización del dólar ilegal que honrar a Estela Carlotto o Taty Almeida por sus luchas ejemplares.

Y encima la covid 19 provocando recesión económica, desempleo y “los muertos que hagan falta”, como dicen macristas-radicales de derechas. Y así seguimos, perplejos, ante la exhibición de violencia de la que somos testigos, sin responderles a los cavernarios terratenientes y latifundistas, de Entre Ríos y de donde sean, verdadero cáncer del progreso argentino. Y a los que el pueblo descalifica por amplia mayoría de votos cada vez, como en diciembre pasado. Esos tipos constituyen ya un foco antidemocrático que no acata disposiciones judiciales.

Como sucedió estos días en una provincia cuyo gobernador es amigo del insurrecto y a su modo lo protege, digámoslo de una vez. E insurrecto que desafía al juez suplente que lo conmina a retirarse del establecimiento que habita su hermana para presentarse ante los tribunales donde está radicada la controvertida causa familiar. Pero a quien el tipo, con cínico desenfado desafía en el mismo, letal estilo del dictador Galtieri: “si quieren venir, que vengan”.

Independientemente de cómo termine el proceso familiar que encendió esta peligrosa mecha, es alarmante que, rodeado de colegas que se expresan con furia y violencia verbales, el latifundista y ex ministro Etchevehere se autoconsidere y actúe como el verdadero poder político-económico de una provincia.

Todo el país vio cómo tan luego él, hiperdemandado y despreciado, creyéndose capaz de someter a la justicia daba órdenes a funcionarios, jueces, fiscales y policías, sin vergüenza alguna y procediendo como quien sabe que en este país las leyes no se hicieron para ser respetadas por la oligarquía de la que forma parte.

Estamos asistiendo a un verdadero escándalo antidemocrático, a contramano del siglo 21 y del milenio, por obra de violentos que pretenden que la provocación, la mentira, el machismo, el racismo, las amenazas de muerte y la violencia no pueden ni deben ser siquiera cuestionadas, ni son delitos.

La cuestión entrerriana de estos días atenta brutalmente contra la Democracia y amenaza a la Paz. No estamos ante una disputa de derechos societarios y familiares, solamente. La sociedad democrática y pacífica está en riesgo. Por eso hoy la Provincia de Entre Ríos es la Argentina.

Sólo la verdad, la memoria y la justicia garantizarán, hoy y siempre, la PAZ y la NO VIOLENCIA, para que lleguemos a ser el país igualitario, contenedor e igualador que empezamos a ser hace siete décadas.

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