La estética peronista

Más allá de la irrupción política, el peronismo generó una original epopeya social y cultural que lo convirtió en una verdadera máquina de producción visual, conformándose en un eje identitario vigoroso e ineludible, con el cual tarde o temprano de alguna manera todos nos contrastamos.

El 17 de octubre. Antonio Berni.

Por Daniel Santoro*

Sin duda su anclaje en las márgenes mestizas de la sociedad le dieron esa identidad de origen que se expresa en apelativos tales como “cabecita negra”, “grasita”, o el más ecuménico y democrático “negro peronista”.

Podríamos imaginar con certeza el temor que produjo esa masa oscura movilizada en aquellos primeros años fundacionales. Una nación que hasta entonces se creía de blancos europeos, de pronto se vio confrontada con su rostro mestizo olvidado, podríamos hablar “freudianamente” de un “retorno de lo familiar reprimido volviendo en forma siniestra”.

No dudaron en llamarlo “aluvión zoológico”, un imprevisible estallido de animalidad que se creía conjurado en las imágenes de ‘La vuelta del malón’ del pintor Ángel de la Valle (esos indios que se internan en la oscuridad de la pampa, llevan el testimonio del saqueo de una iglesia, cumplen así un ritual que los identifica como protoperonistas); es la barbarie lo que vuelve, vuelven a quemar los pisos de nuestras viviendas para humanos, vienen por las blancas cautivas a realizarnos un inmerecido mestizaje, vienen a condenarnos a un destino sudamericano, vienen con la mucama peronista caníbal de oscura tez provinciana que cocinará al pequeño hijo de una feliz familia burguesa y lo servirá a la hora de la cena.

Nuestras ciudades sitiadas resistirán como faros de civilización al sur del mundo, pero finalmente el peronismo habilitará el ingreso de la “negrada”, inútiles resultarán los puentes levadizos, de todas maneras, cruzarán como en la peor pesadilla, y con rápido descaro democrático se entregarán a las delicias del goce capitalista. Era una multitud de obreros bonaerenses, peones rurales y morochos provincianos, multitud dada a los excesos y de gustos no homologados, que amenazaba contaminar las aguas de la modernidad de posguerra.

Con la creativa ingenuidad de este nuevo actor social, con la potencia y desprejuicio de su mirada apropiadora, sumado a la incipiente maquinaria de propaganda estatal en curso, se inauguró un programa estético que resultó indeseable para nuestra elite cultural.

Al poco tiempo, el icono de Eva se eleva entre todas las novedades de esos primeros años como el emblema natural del prolífico imaginario peronista, y al igual que este, soporta los más altos niveles de distorsión sımbólica y discontinuidad doctrinaria, conservando su estructura de identidad como ninguna otra invención política. Dentro de ese enigmático perfil se dibuja gran parte de lo que somos, lo que queremos ser, y lo que rechazamos.

El hilo de Ariadna de su rodete como un “aleph” capilar nos irá mostrando, a la ninfa primordial, a la Juana de Arco bonaerense, a la diosa Cali, madre destructora que desmonta nuestras ciudades ladrillo por ladrillo para volverlos peronistas, a la benéfica hada buena, a la virgen malvada e impiadosa; es la selva oscura y el borde abismal de las carencias, es la hembra saludable de la especie convertida en mártir, penetrada por la corrosiva venganza.

Con su agenda paralela de alta velocidad lleva a punto extremo su programa de justicia. Convierte al Estado burocrático en Estado de gracia, en definitiva, convierte las funciones del Estado en un desesperado acto heroico.

El ícono de Eva fue el primero en caer a manos de los contrarrevolucionarios del ’55, presa de innumerables fuegos y de los decretos más absurdos. Detrás de este ícono todo el imaginario del peronismo entró en un cono de sombra y olvido.

El mundo de la cultura tomó una actitud entre cómplice de aquel decreto prohibicionista, y la indiferencia ante esos hechos.
Nunca el peronismo y su irrupción cultural fueron vistos como un material estetizable, de todas maneras, los grandes pintores de aquella época (Berni, Spilimbergo o Castagnino) adscribían al partido comunista, lo cual los alejaba de las radiaciones de ese incomprendido movimiento de masas.

Recordemos, como ejemplo, que todos ellos hicieron diversas versiones del bombardeo nazi a Guernica, en cambio los igualmente trágicos bombardeos a Plaza de Mayo no les inspiraron ninguna imagen.

Pasaron los años, y ya en los setentas todo este mundo se resignificó, afloró nuevamente ese corpus imaginario que se nos reveló original y poderoso. Pero igualmente nuestra élite cultural lo siguió ignorando empecinadamente.

Recuerdo que solamente un pintor (Alfredo Bettanin), del cual vi una muestra en 1973 en el hall del Teatro San Martin, pintó cuadros de gran formato en los que relataba minuciosamente aspectos de la historia argentina, y especialmente del peronismo. Más tarde vendrían otros como Carlos Gorriarena y García Uriburu que retomaron sin prejuicios algunas imágenes del peronismo.

Hoy en día, el ícono emblemático de esta invención política – al igual que el del Che Guevara – es patrimonio del imaginario universal. Y nuestra elite cultural lentamente los metaboliza y se apropia de ellos.

 

(*) Artista plástico.