Así fue el ‘nacimiento’ de Juan Perón como conductor político

El 16 de julio de 1945, durante la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas, el presidente Farrell anunció la convocatoria a elecciones generales: "No estamos fabricando sucesiones (...). He de hacer todo cuanto esté a mi alcance para asegurar elecciones completamente libres, y que ocupe la primera magistratura el que el pueblo elija" (La Prensa, 7 de julio de 1945) (…)

Por Felipe Pigna

El 12 de julio se concentraron frente al despacho de Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión entre ochenta mil y doscientos mil trabajadores, según las fuentes, bajo las consignas: “Por la participación activa y directa de los problemas sociales, económicos y políticos del país, contra la reacción capitalista; contra la especulación y el alza de precios”.

En medio de consignas como “Muera el chancho Braden”, “Ni nazis, ni fascistas, peronistas” y la novedosa “Perón Presidente”, Manuel Piche, en representación de la CGT, abrió el acto: “No basta hablar de democracia. Una democracia defendida por capitalistas reaccionarios no la queremos; una democracia un retorno a la oligarquía, no la auspiciamos”. (En Félix Luna, El 45, Hyspamérica, 1985 (…)

Finalmente, por sus notables servicios a la causa, Braden había sido ascendido a secretario de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado y debía abandonarnos. Lo habían despedido cálidamente, pero Braden todavía no se iba No se quería perder la “Marcha de la Constitución y la Libertad” que con tanto empeño había ayudado a preparar. (…)

Del brazo y por la calle iban los carcamanes de la vieja concordancia fraudulenta junto a dirigentes socialistas, comunistas y señoras y señores de la “alta suciedad”, todos cantando ‘La Marsellesa’ como si festejaran la liberación de París de los nazis, bajo carteles que representaban en un complejo panteón a los próceres de la Argentina, juntando para la ocasión a declarados enemigos en vida como San Martín y Rivadavia.

Estaban allí muchos jóvenes de clase media con buenas intenciones, que repudiaban las actitudes autoritarias del gobierno militar (…) Probablemente no advertían que si el gobierno dejaba muchísimo que desear en materia de libertades civiles, no pocos de los convocantes eran los calificados para jugar en la materia y eran peor los artífices históricos de la dependencia y la miseria nacional. La construcción de la democracia real era imposible de la mano de la corrupta clase política de la década infame, la Sociedad Rural y la embajada de los Estados Unidos. (…)

Sería una torpeza histórica suponer que todos los participantes en la manifestación eran oligarcas, proyanquis y antiobreros, como también lo sería no decir que los había y muy entusiastas. La marcha marcó algo inexorable: la sociedad argentina estaba claramente dividida en una nueva antinomia: peronistas y antiperonistas.

La marcha del 19 de septiembre reunió, según las diversas fuentes, entre cien mil y trescientas mil personas. Su magnitud animó a los enemigos civiles y militares de Perón a intentar un golpe palaciego, con centro en la influyente guarnición de Campo de Mayo. Para algunos integrantes de las Fuerzas Armadas, Perón había avanzado “demasiado”. (..)

La gota que colmó el vaso fue, como suele ocurrir en los grandes los procesos históricos, un hecho menor: el 1 de octubre Perón designó a Oscar Nicolini, un amigo de la familia Duarte, como director de Correos y Telégrafos de la Nación. El día 5 se dio a conocer la designación en el Boletín Oficial y los muchachos de Campo de Mayo estallaron: ahora “la señorita Duarte” también nombraba funcionarios, era el colmo.

Llenos de furia, creyeron encontrar en el episodio la excusa para hacerle al coronel todos los planteos que venían acumulando. (…) Perón no aflojó y el general Eduardo Ávalos le pidió una reunión con el resto de los oficiales para tratar, entre otros, el asunto Nicolini. Perón le dijo que no había ningún problema: los esperaba el lunes 8 en el Ministerio de Guerra y estaban invitados a la celebración de su cumpleaños que harían allí sus compañeros. (…)

La misión volvió enfurecida a Campo de Mayo, donde ya no se reclamaba la renuncia de Nicolini sino la de Perón. Por la tarde se comunicaron con el presidente Farrell y le pidieron de evidenciar su preocupación y para preparar lo que me diría que fuera a la guarnición para palpar personalmente el “clima”.

Entretanto, la agenda de Perón contemplaba, para la mañana del 9 de octubre, una visita a la Escuela Superior de Guerra; pero la canceló, sin saber que en el lugar lo estaba esperando un grupo de militares armados hasta los dientes para asesinarlo. La conspiración había sido planeada por el teniente coronel Manuel Mora, profesor de logística.

Farrell aceptó el convite de Campo de Mayo y el 9 de octubre la tarde llegó al cuartel, junto con el ministro Hortensio Quijano. Ávalos fue claro y terminante: le pidió la renuncia de Perón. El presidente preguntó con molestia: “A todos sus cargos?”. “A todos” fue la seca respuesta de su colega en el generalato. (…)
Le ofrecieron enviar una delegación encabezada por Juan Pistarini para comunicarle al “coronel del pueblo” que debía cesar en todos sus cargos. (..)

Los hechos siguieron su curso, como lo relata Perón: “Hacia las 17.30 llegaron al Ministerio, provenientes de Campo de Mayo, el general Von der Becke y los ministros del Interior (Hortensio Quijano) y de Obras Públicas, general Pistarini. Pasó primero el señor general Von der Becke y comenzó a decirme cuál había sido su actividad, con el evidente propósito de evidenciar su preocupación y para preparar lo que me diría después del general Pistarini. Yo le interrumpí.

– ¿Cuál es la decisión del general?
– Eso le transmitirá el general Pistarini – me contestó. Se paró y salió del despacho entrando aquél. El general Pistarini también pretendió entrar en circunloquios y le espeté a boca de jarro:
– ¿Cuál es la decisión del general?
– El cree que conviene su renuncia – me contestó. Llamé a mi ayudante de campo y le dije:
-Dígale al jefe de operaciones que detenga todo movimiento de tropas y que retornen a sus cuarteles; tráigame papel para escribir mi renuncia”. (Bill de Caledonia, seudónimo de Perón, “¿Dónde estuvo?”, en Juan Domingo Perón, Obras completas, tomo 7) (…)

Lo único que le pidió Perón a Farrell fue que lo dejara despedirse de los trabajadores. El presidente no tuvo inconveniente, e incluso le dijo que vendría bien para calmar la inquietud obrera que se venía observando desde que había estallado la crisis. Perón cuenta que pensó hacerlo a través de un mensaje radial, pero para las siete de la tarde, la esquina de la Secretaría ardía. No menos de setenta mil obreros estaban allí aclamando al coronel. Perón ya tenía un balcón y la cadena nacional de radio para contestarles a todos sus opositores y no pensaba desaprovechar la oportunidad. (…)

El discurso tenía un objetivo preciso: dejarle en claro a su auditorio – los trabajadores de todo el país – que, sin él en el gobierno, todas las conquistas sociales de las que estaban comenzando a disfrutar corrían un serio peligro y que debían prepararse para luchar por su retorno, la única garantía de que la obra de la Secretaría no quedase en la nada.

Perón sabía que le había puesto una bomba de tiempo al general Avalos, que se consideraba el nuevo hombre fuerte del gobierno. Avalos se habia hecho cargo del Ministerio de Guerra e hizo nombrar al almirante Héctor Vernengo Lima, un declarado opositor a Perón, como ministro de Marina. (…) Uno de los problemas del gobierno hegemonizado por Avalos era qué hacer con Perón. (…) Se decidió detenerlo y trasladarlo a alguna de las unidades de las Fuerzas Armadas.

En principio se lo localizó en el Tigre y se le comunicó que quedaría detenido en un centro de la Marina. (…) Farrell instruyó que, una vez detenido, Perón fuese llevado a la isla Martín García. La detención la concretó a las dos y media de la madrugada el subjefe de Policía, mayor Héctor D’Andrea. (…)

El coronel Mercante fue detenido pocas horas después del arresto de Perón. Pero a esa altura los seguidores del “coronel del pueblo” eran muchos y las gestiones comenzadas por Mercante y ordenadas por Perón siguieron ininterrumpidamente su curso a cargo de Hugo Mercante (sobrino del coronel) y de Isabel Ernst, que con el tiempo se convertiría en una de las más notables colaboradoras de Evita en la Fundación. (Entrevista con Domingo Mercante, Primera Plana, 12 de octubre de 1965).

Al día siguiente, su médico personal, el capitán Miguel Ángel Mazza, obtuvo permiso de la Marina para visitarlo en la isla. Mazza se había entrevistado previamente con Mercante y el coronel Franklin Lucero. Juntos habían elaborado un plan para traer a Perón de regreso a Buenos Aires. El medico presentaría unas viejas placas radiográficas de Perón que daban un diagnóstico de “elevación cupuliforme del hemidiafragma derecho, cuyo probable origen tumoral debe ser imprescindible e impostergablemente dilucidado por el examen clínico y de laboratorio en un ambiente hospitalario”.

(Mazza recurrió a la historia clínica e hizo constar el antecedente de una congestión pulmonar contraída en La Quiaca en el otoño de 1931, cuando Perón cumplía funciones en la Comisión de Límites. El diagnóstico consta en las memorias del doctor Mazza, reproducidas parcialmente por Enrique Pavón Pereyra en ‘Yo, Perón’, Editorial Milsa, 1993).

A poco de llegar, Mazza le dio un efusivo abrazo al coronel y le advirtió al oído que no se dejara tocar por ningún médico. El doctor era portador de informaciones clave para el coronel: el frente militar estaba francamente dividido, ninguna guarnición del interior apoyaba a Avalos, había tres generales sobre los que se estaba
trabajando con buen pronóstico: Sosa Molina, Solari y Urdapilleta; y el movimiento obrero preparaba un paro y una gran movilización para pedir por su libertad. (…)

Perón le entregó cinco de aquellas cartas a su médico. Una, para Avalos, donde le pedía el traslado a Buenos Aires por razones médicas. Otra, para su operador en Buenos Aires, que contenía una advertencia a quienes pudiesen leer el texto “de contrabando”. (…)

Una tercera carta era para Evita y se convertiría en la más famosa al cabo de los años. (…) La otra carta era para el presidente Farrell. En ella insistía sobre su situación jurídica y la ausencia de acusaciones concretas contra su persona. (…)
Como suponía Perón, varias de las cartas, entre ellas la dirigida a su mujer, fueron interceptadas. La estrategia de despistar a sus enemigos, con su retiro de la vida pública y su inminente mudanza a la Patagonia, no dio mucho resultado. (…)

De acuerdo con lo prometido a Perón, al llegar a Buenos Aires Mazza se entrevistó con Farrell y le planteó la necesidad de sacar al coronel de Martín García por problemas de salud. El médico se sorprendió al ver la buena disposición de Farrell para con Perón. Pudo advertir que el presidente estaba rodeado, que tenía ganas de decirle muchas más cosas, pero temía ser escuchado por la gente de Avalos y Vernengo Lima.

El doctor también cumplió con la misión encomendada por Perón de transmitir directivas precisas a sus hombres en Buenos Aires, que venían concretando febriles reuniones en contacto permanente con los gremios. Los sindicalistas les transmitían el clima de efervescencia que se vivía en todo el ámbito laboral por la detención de Perón.

El 15 de octubre, Farrell le comunicó a Vernengo Lima que era necesario traer a Perón porque se encontraba enfermo. El marino desconfió y sugirió que se enviara una junta de médicos para guardar las formas. Farrell aceptó, pero pidió que, de todos modos, trajesen a Perón a Buenos Aires.

Vernengo Lima envió a los doctores José Tobías y Nicolás Romano y al capitán de corbeta Andrés Tropea. Perón siguió los consejos de Mazza para evitar que se descubriera su verdadero estado de salud. Como el mismo lo cuenta: “No me dejé tocar. ¡Si se avivaban, me dejaban de por vida en la isla! (Enrique Pavón Pereyra en ‘Yo Perón’, Editorial Milsa, 1993).

Ya en la tarde del 15 de octubre, las radios infirmaban que en el lngenio La Florida de Tucumán, los cañeros se habían declarado en huelga para pedir libertad del coronel y que en “varias fábricas del “Jardín de la República” estaba pasando lo mismo. En los surcos viñateros de San Juan y Mendoza, en los ingenios madereros de Santa Fe y el Chaco, en las minas y canteras del Norte, en el cordón industrial y en el puerto de Rosario, en Cordoba, en las estancias de la Pampa Húmeda y la Patagonia, en todo el país la huelga se iba generalizando.

En la sede de la Unión Tranviarios, en Moreno 2969 de la capital, el Comité Central Confederal de la COT estaba trenzado en un acalorado debate que duró más de diez horas. Recién a la una de la madrugada se votó declarar una huelga general a partir de la hora cero del 18 de octubre. (…)

Pero la iniciativa sindical fue ampliamente desbordada por las bases, y ya en la tarde del 16 de octubre los obreros comenzaron a abandonar sus lugares de trabajo para dirigirse hacia la Plaza de Mayo, para liberar a Perón.

En las primeras horas de aquel 17, en algunos casos de manera espontánea y en otros organizadamente, respondiendo a los novísimos dirigentes peronistas como el del gremio de la carne Cipriano Reyes, las columnas obreras partieron desde diversas zonas del conurbano y la Capital Federal hacia la Plaza de Mayo.

Reyes recordaría años más tarde: “Salimos de Berisso muy temprano. En La Plata nos reunimos con los de Ensenada. Las columnas iban por los caminos General Belgrano y Centenario. Desde varias empresas del Gran Buenos Aires los obreros iniciaron la marcha. En el puente de Barracas, la gente de los frigoríficos de Avellaneda se concentraba. Desde el norte, los trabajadores entraban en la Capital por los puentes Saavedra y Liniers, y por la rotonda de avenida Libertador. Ya en el Riachuelo, como levantaron los puentes, la gente tomó maderas y troncos de la orilla y se tiró al agua. Fue impresionante ver cómo la plaza se llenaba con el pueblo. Todos gritaban Perón presidente”. (Entrevista a Cipriano Reyes por Roberto Anselmino, Página/12, 17 de octubre de 1999) (…)

Aquel “aluvión zoológico” como lo llamaría años más tarde el espantado dirigente radical Ernesto Sanmartino, colmó la Plaza de Mayo. Podían contarse por decenas de miles aquellos hombres, mujeres y niños que venían desde su postergación histórica, desde los arrabales de la vida, a defender sus conquistas. Eran la imagen de la Argentina profunda, aquella que no transitaba por la Plaza del poder.

Era un espectáculo jamás visto en el país y que sumió las clases acomodadas en una sensación que oscilaba entre la repulsión y el pánico, era “un horror” ver a esos “cabecitas negras” meter sus pies en aquellas fuentes de inspiración francesa. Desde el otro lado de la política y la vida, diría Leopoldo Marechal: “Me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Ví, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda”. (Alfredo Andrés, ‘Palabras con Leopoldo Marechal’, Carlos Pérez Editor, 1968).

Dentro de la Rosada, ni Avalos ni Farrell sabían qué hacer, rodeados por una multitud que no paraba de crecer y que, según los cálculos más serios, llegaba a unas 300.000 personas. (La cifra fue aceptada incluso, con mucho disgusto, por el corresponsal del New York Times.)

En la madrugada del 17 de octubre se había recibido la orden que permitía a Perón embarcarse hacia Buenos Aires. Así lo cuenta el entonces coronel: ”A las 3 y 30 horas del día 17 de octubre, por orden expresa del presidente de la Nación, en contra de la decisión del ministro de Marina, fui trasladado al Hospital Militar Central, desde donde asistió al magnífico movimiento popular que dio por tierra con los hombres que por un golpe de audacia quisieron copar un movimiento que se habla enraizado en la historia argentina y que, por lo tanto, no podía ser explotado por audaces superficiales incapaces de penetrarlo y menos aún de llevarlo adelante.

El repudio popular los aplastó en germen y tuvieron la culminación que merecían”. (Bill de Caledonia, seudónimo de Perón, ”¿Dónde estuvo?”, en Juan Domingo Perón, Obras completas, tomo7)

Instalado en el piso once del Hospital Militar, en el departamento del capellán estableció su cuartel general y se preparó para la gran batalla. Perón y sus allegados seguían los acontecimientos por y a través de permanentes llamadas telefónicas. Tenían muy claro que los que estaban desesperados y no sabían cómo manejar la situación eran los del otro bando. Sí eran un motivo serio de preocupación las informaciones que llegaban desde Campo de Mayo, que daban cuenta de que había 10.000 hombres armados hasta los dientes esperando directivas para lanzar la represión sobre la Plaza.

Entretanto, en la Casa Rosada se vivían momentos tragicómicos. El ministro de Guerra mandó a liberar a Mercante y traerlo con urgencia desde Campo de Mayo. El coronel liberado se reunió con Avalos y Farrell y se dio cuenta de que la partida estaba ganada, pero que había que manejarse con cautela. Si bien la expresión de Farrell era de agobio, cansancio y ganas de que todo terminara cuanto antes, Mercante no alcanzaba a leer claramente si el gesto de preocupación de Avalos terminaría en rendición incondicional o en orden de represión.

Mercante pensó que lo mejor sería hablar con Perón y marchó hacia el Hospital Militar. Tras reunirse con su jefe, regresó a la Casa Rosada. Pudo percibir que el clima en la Plaza era peligroso. Al ingresar al despacho de Farrell le informaron que algunos manifestantes habían rotos vidrios he intentado forzar una puerta. (…)

Fue entonces cuando Mercante y la realidad convencieron a Avalos de que se trasladara al Hospital Militar a hablar con Perón. El coronel lo recibió fríamente, haciéndole sentir su bronca. Avalos le pidió que calmara a los trabajadores; lo urgió a ir a la Casa Rosada y dirigirse a la multitud. Perón se negó: dijo que necesitaba garantías y que antes que nada debía hablar con el Presidente.

Poco después de las nueve de la noche, el coronel se trasladó en un auto conducido por el doctor Mazza hasta la residencia presidencial de Agüero y la avenida Alvear (actual Avenida del Libertador) para entrevistarse con Farrell.
A las diez menos cuarto comenzó la reunión. El Presidente le ofreció que volviese a ocupar todos sus cargos o, si lo prefería, que ocupase la presidencia.

Perón rechazó ambas ofertas y planteó sus condiciones: 1) poder hablar desde el
balcón de la Casa Rosada y que el discurso fuese transmitido por la cadena nacional; 2) las renuncias de Avalos y Vernengo Lima; 3) que se cubrieran los cargos del gabinete con aliados a su persona, y 4) apoyo para su candidatura a la presidencia.

Farrell aceptó todas las condiciones y le transmitió todo su afecto y apoyo. Le dejó muy en claro que había actuado bajo presión y que quería tener el honor de presentarlo ante la multitud reunida en la Plaza. (…)

Perón partió junto a Farrell desde la residencia y llegó a la Casa Rosada a eso de las diez y media de la noche. En el despacho presidencial se escuchaban nítidamente los cantitos de la multitud:

”La Patria sin Perón es un barco sin timón!”
”Perón no es un comunista, Perón no es un dictador, Perón es hijo del pueblo, del pueblo trabajador”. (Con la música de La mar estaba serena).
”Salite de la esquina, oligarca loco, tu madre no te quiere, Perón tampoco”. (…)

Unos minutos después de las once de aquella troche destinada a entrar en la historia, el nuevo líder de los trabajadores apareció acompañado por el Presidente en los balcones que desde entonces serían suyos para siempre. La multitud estalló en un solo grito: “Perón”. Como lo había prometido, el presidente se dirigió a la multitud diciendo: “Otra vez junto a ustedes, el hombre que ha sabido ganar el corazón de todos, el coronel Perón”. (Hugo Gambini, El 17 de octubre, Centro Editor de América Latina, 1971).

El coronel se tomó un rato para mirar el panorama, para absorber toda esa energía y les pidió a los miles y miles que cantaran el Himno. Era una manera de ganar unos minutos para ordenar sus ideas. En medio de los aplausos finales del Himno, comenzó a escucharse su voz: “Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino. Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la Nación. Ello lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón, y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino. (…) Esta verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha ahora también para pedir a sus funcionarios que cumplan con su deber para llegar al derecho del verdadero pueblo. Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción, pero desde hoy sentiré un verdadero orgullo de argentino porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la patria”. (Hugo Gambini, El 17 de octubre, Centro Editor de América Latina, 1971).