El chaqueño “Pupi” Ferreyra es la gran esperanza de Rosario Central

Con apenas dos partidos entre los once titulares del equipo que dirige Cristian Kily González, el joven futbolista nacido en Presidencia Roque Sáenz Peña se convirtió en uno de los jugadores más destacados del equipo. Su historia.

¿Cómo es Ferreyra o Ferreira? Preguntan los que quieren apuntar el apellido. Lo vieron jugar el sábado 3 de octubre contra Unión, les llamó la atención, ya advierten su quiebre de cintura desde el primer vistazo, pero les surge la duda.

En el mundo virtual, ese chaqueño que no llega al metro setenta es @PupiFerreira. El DNI dice Luciano Ismael Ferreyra, nacido el 19 de febrero de 2002 en Presidencia Roque Saenz Peña. Se crio en la segunda ciudad más poblada de la provincia y cabecera del departamento Comandante Fernández. La Termal, como le dicen sus nativos por las aguas que constituyen uno de sus principales atractivos turísticos.

Surgió en el Club Olimpo del barrio Puigbó. Iba a la escuela, almorzaba rápido porque a las dos de la tarde ya había picado en el campito de la vuelta de su casa. A las cuatro entrenaba y a las seis se prendía en otro partido, este de futsal. Horas de técnica individual. De pisadas en la tierra, el pasto y las baldosas. En todas las superficies la rompía.

En casa también había fútbol todo el día. Su padre y sus hermanos ven a través de una pelota. Su madre es la que mejor juega. Ana Leguizamón fue la primera que se dio cuenta de que había parido un futbolista. Lo supo porque la sensibilidad de sus propios pies iba a pasar a los de Pupi, el pibito que se enfocaba en los movimientos de Javier Zanetti, del cual heredó el apodo.

El ADN de la habilidad es todo de mamá, a quien su hijo menor se le plantó y le dijo que se iba a armar su futuro. Luciano tenía 11 años. Lo escribo de nuevo, 11 años. Y ya sabía muy bien lo que quería. “No quiero que me pase lo mismo que a mi hermano. Yo voy a ir. Voy a ir y voy a llegar”, se lee muy rápido, pero se procesa con tiempo o quizás nunca se comprenda en la cabeza de una madre.

Es que el mayor de los Ferreyra había tenido la oportunidad de probarse en Argentinos Juniors. Nunca viajó. Le quedó la incógnita. Luciano decidió buscar respuestas. Las empezó a encontrar este sábado en el momento que marcó su primer gol con la pilcha de primera en el Gigante. El que abrió el camino del triunfo amistoso ante Belgrano de Córdoba.

En 2014 la Academia Ernesto Duchini de Villa Constitución realizó una prueba en la que quedó registrado. Desde ese momento Jorge Bianco comenzó a ser su representante. En esa instancia, cinco chicos fueron recibidos en Baigorria y cargados en una base de datos administrada por Daniel Teglia. Pasó un tiempo hasta que el grupo encabezado por Gustavo Grossi llegó a Rosario Central y tomó la determinación de ficharlo.

A fines de octubre de 2014 se hicieron cargo de la captación de talentos con Daniel Brizuela como coordinador de fútbol. En noviembre viajaron a Chaco y allí Ferreyra se llevó todas las miradas. “A un chico así cualquiera lo ve”, cuenta con mucha humildad Hugo Hernández, la persona que estuvo en la última instancia antes del desembarco del volante ofensivo.

“Agarra la pelota y es muy desequilibrante, rápido. Tiene repentización y creatividad. Hubo que contenerlo con un grupo fantástico que tuvo Central porque hay chicos con muchas necesidades. En el caso de él, se tuvo que hacer un trabajo especial para mejorar la alimentación. Es un contexto, y si perdemos de vista eso, perdemos al jugador y la persona”, reflexiona Hernández en diálogo con Rosario3.

Al mismo tiempo que destaca el trabajo de históricos captadores como Pepe Frasconá, respalda su labor con información. Sabe todo de Ferreyra y de todos los chicos que vio. “Cuando hicimos esa prueba hablamos con él y nos dijo que lo seguían San Lorenzo, Boca y Racing. Activamos rápido con la gente de Duchini y lo hicimos venir con Agustín Jérez -hoy en Colón-. De 2014 a 2015 potenciamos a la 2002 que ya era una muy buena categoría. Le sumamos seis o siete chicos, entre ellos Pupi que fichó el 26 de mayo de 2015”, relata con precisión quirúrgica.

En aquella búsqueda estaba Francisco Gerometta, el lateral derecho que debió lidiar con Ferreyra en su primer amistoso en el plantel mayor. El destino los volvió a hermanar. Coincidieron en una prueba y seis años después, se vieron las caras en un juego preparatorio de cara al inicio de la nueva temporada de la primera división. En el mismo grupo estaba el santiagueño Lautaro Figueroa, el compañero de pieza de Pupi con quien bancó las primeras semanas de recuerdos y nostalgias. Sabía que no podía volver atrás. Ya se lo había dejado claro a su mamá Ana.

Su marca quedó grabada en un torneo disputado en el predio municipal Gomara de Villa Gobernador Gálvez. Luego fue el turno de calzarse la camiseta canalla de forma oficial. El certamen lo organizó el Club Pucará, de donde surgió el “Huevo” Julio César Toresani, y al equipo auriazul lo dirigió Omar Casas acompañado de Fabricio Jaureguizar. Ya en la Ciudad Deportiva, el coordinador del área física lo vio demasiado pequeño comparado con el resto del grupo y le hizo una pregunta. “¿Vos a quién viniste a acompañar?” “Vine a jugar, profe”, le respondió con la seguridad con la que camina. A Pablo Mangione se le despejaron las dudas cuando se calzó la camiseta y salió a la cancha. Las pidió todas y fue el mejor jugador del torneo. Dicen que el resto de los chicos también lo acompañó bastante bien.

Ese talento natural necesitaba ser sostenido por un físico acorde a la exigencia que se le venía. El equipo de trabajo de Lucas Maggiolo -Director de Metodología del Entrenamiento- puso énfasis en cada deficiencia que traía y logró lo que busca un proyecto juvenil. Ni más ni menos que formar un jugador apto para competir en primera división.

El gabinete social hizo su parte, su cabeza se moldeó para llegar mientras su físico cambiaba a medida que pasaban los años. Lo precisa Carlos Groppo, el Director del Área Médica de Rosario Central entre 2015 y 2019. “Yo lo vi en novena división. Era muy magro. Tenía baja masa grasa. Había que armarlo muscularmente. Cuando llegó se le realizó la medición antropométrica que detalló la relación médico-nutricional y nos dio un panorama de su masa ósea, muscular y grasa.

Con él se hizo un trabajo conjunto con el área deportiva y de nutrición para aumentar su masa muscular. Se le armó un plan acorde a la cantidad mínima de energía en reposo y los costos del entrenamiento. Tomó todo lo que se le dijo muy rápido. Luciano es muy respetuoso, querible, profesional. Generé una gran empatía porque muchas veces me quedaba a almorzar y se generaban charlas y cada uno contaba su expectativa. Muchos querían ir a Europa y él siempre decía que quería ayudar a su familia. Me quedó marcado. Lo repetía mucho. Jugar a la pelota, no al fútbol, para ayudar a mi familia”. El doctor Groppo es muy puntual en la charla con Rosario3. Marca los registros de Ferreyra y muestra su evolución. “Se le hizo un seguimiento longitudinal. Tenía un déficit. De 2015 a 2016 aumentó 2kg de masa muscular. De 2016 a 2017 llegó 4 kilos y medio y para 2019 había aumentado 7 kilos y medio de masa muscular. Evolucionó en su fuerza, en capacidad aeróbica, en los metros recorridos que mostraba el GPS, las intensidades. Subieron todos sus valores. Llega muy bien preparado a la Primera. Eso es construir a un deportista”, sentencia el Doc. Él es uno de los tantos que impulsó futbolistas en Central apuntando el valor de la educación y la disciplina en las tres patas: entrenamiento, alimentación e hidratación y descanso.

“Su sueño es jugar al fútbol y ayudar a su familia. Es lo único que piensa. El deporte fue el arma para defenderse en la vida y lo demuestra cuando habla porque todo lo que dice le sale del corazón. Es un chico sincero. Muy bromista, siempre busca sacarles una sonrisa a todos. Pasó mucho tiempo en la pensión y por su carisma es uno de los más queridos”, relata uno de los trabajadores que acompañó el proyecto hasta el año pasado y que prefiere el anonimato. Él mismo cuenta que Pupi se pasaba horas viendo videos de Ronaldinho. “Pasabas por delante de él y te decía ‘mirá lo que hace este tipo’ y se le iluminaba la cara cada vez que veía los compilados y los mejores lujos”.

Al igual que Dinho, los dientes blancos son su marca registrada. Cuando los muestra no hay rival que quede en pie. Lo vi de cerca una tarde de agosto de 2018 en el Pozo de Baigorria. Último partido de la tira clásica de inferiores. Rosario Central le gana a Newell’s. Era victoria cómoda y se está ajustando el marcador. Es 3-2 para el Canalla y queda poco tiempo. Desde el banco leproso parte un “dale que ellos no quieren jugar más”. Un metro adentro de la cancha un nene mira, ríe y suelta “con ustedes siempre quiero seguir un poco más”.

El entrenador rojinegro se lo quiere comer, pero el pibe es tan rápido que ni lo ve. Cada contra es una amenaza que no se concreta. Termina 3-2. El juez pita el final y los chicos de Central se abrazan y canta “que nacieron hijos nuestros”.

El nene en cuestión, Luciano Ferreyra, los junta y le dice que paren. “Vamos al vestuario” y ahí desata la locura que había comenzado con el que “gane Central todo el año es carnaval” previo a cada partido.

Creció y maduró, pero no perdió las mañas. Lo volví a comprobar en Baigorria. Noviembre de 2019. Ferreyra ya es el Pupi. Mimado por el Kily González, el entrenador de la Reserva que les banca todas a él y a López Pisano. Central recibe a Aldosivi y a los dos minutos gana 1-0. Llovizna y entonces, el morochito que lleva la 7 la pisa y encara. Al final del primer tiempo Aldosivi pierde 2-0 y a medida que Pupi la sigue pisando y los sigue encarando también pierde jugadores. El Tiburón se queda con diez y la promesa Canalla no toca el piso. Hasta que Luchino Giuntini se cansó y lo bajó. El Kily decidió cuidarlo. O lo sacaba o lo rompían. Cuando lo cambió por Martín Parada se miraron. Y se rieron de forma cómplice. Por algo ahora que se retiró Ronaldinho, Ferreyra mira videos de Neymar.

Esas ganas de ir a más lo llevaron a disputar el Sudamericano Sub17 en Perú. Campeón, regresó a Saenz Peña donde lo esperaba una caravana. “Agradezco infinitamente a todos, al municipio por aportar su granito de arena para que yo pueda lograr esto y especialmente a mi familia que tanto se esforzó”, dijo ante las autoridades municipales que lo agasajaron.

El protocolo duró lo que duran esas ceremonias. Unos tediosos minutos. Lo más interesante sucedió cuando Pupi abrazó a los pibes de la escuela Los Canayitas, el espacio de entrenamiento de la Filial Canaya de su localidad.

“Hace tres años empezamos con este proyecto. Todos los fines de año hacemos una fiesta para los chicos que juegan acá y sus familias y él viene todos los años. Les entregó obsequios a los chicos y ellos lo fueron siguiendo. Es muy humilde y sencillo. Un poco tímido, aunque muy respetuoso como toda su familia”, me dice Víctor Elizondo, quien fue futbolista en las juveniles de Central y en la actualidad es representante de la casa auriazul de Chaco. En su Saenz Peña natal reside Diego González, su primer entrenador.

“Yo vi jugar a su papá y sabía que el hermano más grande era un crack. Lo encontré en un potrero y me fui a hablar con su tía Delia. Ella habló con la mamá, que es la hermana, y me lo trajeron al club Olimpo. Me sorprendió la explosión que tenía en tan corta edad. Él sabía lo que quería y entendió el mensaje que le dieron Jorge Bianco y Daniel Teglia, que nos recibió en Baigorria. Por eso respetamos la palabra y no fuimos a Vélez porque yo lo quería llevar allá. Tardamos como 15 horas para llegar y eso que habíamos salido a las 5 de la mañana para que el pasaje sea más barato. Hizo ese y otros sacrificios. Esperó y cuando decidieron ficharlo, mantuvo la humildad”, le dice González a Rosario3 mientras entrena a futbolistas ciegos en una Universidad y sueña con llevar a probar a más chicos a otros clubes.

“Hay muchos Pupis. Hay que darles la oportunidad. Él es un ejemplo. Vino en el verano a Chaco y el 24 de diciembre entrenó con nosotros con 40 grados. Volvió el 26 y siguió hasta el 2 de enero que se fue a Rosario. Siempre nos dice que va a jugar en primera y nos va ayudar a que otros lleguen”, revela el DT del club de barrio Puigbó mientras colecciona anécdotas de los primeros pasos de su pichón de crack. “Yo era muy joven y tenía mucha energía. Tal vez les exigía por demás a los chicos. Hoy no lo hago.

En ese momento recuerdo haber retado al Pupi por una jugada y se fue llorando a los brazos de Ana, que lo cuidaba mucho. Un día me pidió que no lo ponga una semifinal porque estaba un poco rebelde. Le hice caso, pero en el entretiempo les pedimos con los otros padres que me deje ponerlo un ratito en el segundo tiempo porque estaba triste. Jugó 5 minutos. Íbamos perdiendo, lo empatamos y lo ganamos por penales. Era nuestra estrella”, cuenta González mientras se transporta en los viajes en tren que compartía con los juveniles en los que tardaba varias horas para ir a Charata. “Otra vuelta los de Resistencia Central no lo podían parar. Ganábamos 4-0 y nos anularon un par de goles y se los reclamé al Juez. Me expulsaron y el Pupi se acercó para decirme que me quede tranquilo que igual lo íbamos a golear. Siempre tuvo mucha personalidad”, rescata a más de 700 kilómetros de Rosario.

En su lugar de origen todos dan fe que buena parte del dinero que gana después de haber firmado su primer contrato -vigente hasta junio de 2023-, Pupi se lo manda a su madre. Siempre pendiente de él, les avisaba a los coordinadores cada vez que llegaba y se iba de Chaco. Quería que estén atentos al largo viaje de su hijo menor y lo esperen en la Casa Hotel de Baigorria. Ahora Pupi vive con su papá en un departamento de Rosario y duerme tranquilo sabiendo que en su casa ya compraron un TV para que mamá Ana, su hermana y sus dos hermanos varones puedan verlo jugar.

Los entrenadores que tuvo en sus tres primeros años en Central fueron Ezequiel Gentilo en 2015, Cristian Daniele en 2016 e Iván Potepan en 2017. Ese año se consagró cómo el máximo goleador de las Juveniles de Central llegando a 16 en 28 partidos jugados. Incluso, terminó siendo el capitán de la octava. Ricardo De Alberto -hoy asistente de Kily- y Adrián Dezotti fueron sus últimos orientadores en séptima. De allí en más fue escalando hacia sexta, quinta y cuarta, alternadamente con la Reserva en la que se consolidó en la recta final de 2019. Ahí tuvo el respaldo del hoy entrenador de la primera división.

“Ferreyra tiene 18 años y es un atrevido. Lo conozco hace mucho. Hace tres años y lo dirigí en reserva. Y así todos los chicos”, dice Kily ni bien termina el primer amistoso de la pretemporada. Dice “así todos los chicos”, pero antes dijo Ferreyra sin que nadie le haya preguntado puntualmente por él. Ve algo. El instinto le dice que siga confiando en ese chaqueño de 18 años que hace calentar a los rivales y piensa como un adulto para darle una mejor calidad de su vida a su familia. Una pizca de sabiduría griega en un cuerpo de sangre latina.

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