Sobre “fraudes” y elecciones que vienen

Sin dudas, en estos tiempos más vale desconfiar de todo que creer cualquier cosa. Recomendación que viene a cuento de la dizque controversia entre el senador macrista Esteban Bullrich y el jefe de Gabinete Santiago Cafiero.

Por Mempo Giardinelli

Veamos los hechos: el ultracatólico hiperconservador Bullrich declaró esta semana que “hubo un fraude muy grande” en la PASO de agosto del año pasado, en la que fueron derrotados Macri en el orden nacional y Vidal en el bonaerense.

Cafiero respondió que “deslegitimar elecciones que fueron transparentes y reconocidas por todas las fuerzas es romper un consenso básico de la democracia”. Luego, Bullrich intentó retractarse, criticado incluso por macristas, pero dejó instalada la idea de que “alguien” hizo fraude.

Conviene recordar entonces, con miras a advertencias y prevenciones que habrá que tener el año que viene, que no fuimos pocos los que señalamos posibles fraudes en 2019, cuando el gobierno de entonces manipulaba prácticamente todo y en materia electoral se escudaba en una empresa altamente desprestigiada.

Era evidente ya entonces que en el macri-radicalismo sabían perfectamente que les resultaría imposible ganar las elecciones, tanto la PASO como las que siguieron. Y era obvio entonces que la cuestión fundamental para ellos era la cantidad de votos de diferencia, porque de eso iba a depender la fuerza opositora que manejarían en 2020.

Desde la entonces oposición, la cuestión primera y fundamental era desplazar a Macri del poder. Para el entonces naciente Frente de Todos, el objetivo casi único era ganar y después cuidar ese triunfo. Y así fue: en la PASO de aquel domingo 11 de agosto, la victoria nacional y popular fue abultada, estruendosa: 47,8 por ciento de los votos válidos contra el 31,8 por ciento del gobierno que languidecía inexorablemente. Tercero fue Lavagna con el 8.15 por ciento.

Obvio que no había ni podía haber un acuerdo inter-impares, pero sí quedaba una especie de acuerdo implícito y sutil a futuro, que prácticamente no tenía importancia en aquel momento. Y era que para las elecciones del 27 de octubre la prioridad del FdT era asegurar el triunfo, mientras que el macri-radicalismo ya empezaba a trabajar la corrosión del FdT a mediano plazo.

Eso para ellos tenía un único sentido, más allá de su candidato: lograr una buena representación parlamentaria, para la cual había que achicar a cualquier costo aquella diferencia de 17 puntos.

La hipótesis, sencillamente, es que fueron más previsores y astutos, quizás porque después de la paliza de agosto, la alegría del triunfo del FdT llevó a descuidar y desatender las muchas alertas de que detrás de escena estaba la cuestionada empresa Smartmatic, de la que hoy nadie se acuerda. Y que evidentemente se las ingenió para que Alberto y Cristina, tras triunfar por paliza de 17 puntos en la última plenitud del poder macrista, ahora en la retirada y en el peor momento del macrismo se impusiera por sólo 8 puntos de diferencia. Un absurdo total. Una anomalía que algunos señalamos incluso en estas páginas.

Porque era insólito, rarísimo e inexplicable que el gobierno más repudiado en lo que llevamos de vida democrática achicara semejante ventaja electoral de millones de votos en su propio peor momento. Ese menjunje electoral sí que fue un fraude y quizás Bullrich lo confesó desde su inconsciencia.

Luego de lo cual, y sin necesidad de segunda vuelta, asumió el nuevo gobierno y al apenas empezar este 2020 y con una aprobación popular enorme en todas las encuestas, enfrentó con sensibilidad y serenidad la peste inesperada que enferma al planeta. Y fue por eso que, desde entonces, la artillería mediática Nación-Clarín-empresarial-telebasura y los 9.300 Rico MacPatos de la Argentina empezaron a fragotear buscando denodadamente un golpe de estado.

Es en ese contexto y “casualmente”, sin-querer-queriendo, que sale uno de sus tipos más grises a decir que en 2019 hubo fraude. Y sí lo hubo, para algunos casi seguramente lo hubo, pero no en agosto sino el 27 de octubre.

Que no les alcanzó es otra cosa, porque era imposible para ellos pretender un triunfo electoral. Pero sí fueron astutos para dibujar representaciones parlamentarias que hoy les son utilísimas.

La boutade de Bullrich, en opinión de esta columna, fue una metida de pata que sus propios iguales le reprocharon, algunos por ignorancia y los más perversos por viveza y cinismo. Y que evidenció en el campo nacional y popular una cuota de inconveniente ingenuidad.

¿Y por qué importa todo esto, y por qué ahora? Porque las elecciones de 2021 no deben ser otro festival de Smartmatic ni similares. Deberán ser, en cambio, un proceso democrático en el que los volvamos a empapelar de votos. Es imperativo advertir que ahora están practicando golpismo porque no quieren llegar a esas elecciones, que seguramente – y bueno sería que el gobierno lo anuncie cuanto antes – serán un proceso comicial limpio en el que cada persona es un voto y su voto cuenta, y con boletas de papel en lugar de computadoras manipulables.

Ojalá sirvan estas reflexiones en la misma semana, además, en que asistimos a un espectáculo que debe ser récord mundial de cretinismo. Como sintetizó la diputada Fernanda Vallejos (FdT), el 46 por ciento de los diputados nacionales “eligieron defender a 9.300 millonarios. Se oponen al aporte para contribuir con el sistema de salud, los sectores populares, las pymes y los jóvenes. Son #JuntosPorLosRicos”. Y semana en la que se empiezan a escuchar ciertos runrunes en el campo popular, motivados por el 75º aniversario de la fecha de culto que es para el peronismo el 17 de octubre.

La idea de hacer un gran acto en la capital federal y una suma de grandes actos en todas las provincias, con movilizaciones de masas como corresponderían, está ya en mente de todas las dirigencias. De concretarse habrá que extremar precauciones sanitarias.

Pero la necesidad y oportunidad están pintadas, especialmente frente a la delgadez y paupérrima presencia de quienes cada tanto – en grupitos de ingenuos, confundidos y descerebrados – tocan bocinas o baten cacerolas envueltos en banderas argentinas, que es lo único bueno que tienen encima.