Príncipe y mendigo

La sociedad argentina reitera el hábito nocivo de suicidarse condenando al destierro, el ostracismo, el silenciamiento o la eliminación a los hombres que la vertebraron con su propia sustancia de vida y obra. Después, pide perdón o acusa, histeriza y pontifica, erupciona discursos, convoca laureles, eleva mausoleos: retórica de mármol que no encarna la estatura viviente de la persona. Mucho clamor, poca contrición.

Dr. René Favaloro.

Por Bosquín Ortega

Una distinta trayectoria balística, pero una semejante parábola moral trazan las extinciones elegidas de Lisandro Nicéforo Alem, Lisandro de la Torre y René Gerónimo Favaloro, en cada una de sus dimensiones particulares. A los tres les impidieron morirse, los empujaron a matarse. Optaron apagarse, antes que abrazar el fuego sordo del poder voraz; prefirieron acallarse, antes que ceder al ruido agrio de los decibeles banales.

Después, previsible, se intenta reconstruir la historia con despojos de las versiones; sólo que la historia se construye, autónoma y soberana, como los ríos y las raíces. Albañiles morosos: “La sangre seca rápido”, sentenció Charles De Gaulle.

Éste hombre que ofrendó una de las mayores travesías a corazón abierto de la humanidad, se disparó allí, con paradójica precisión, donde su dignidad no soportó todo lo que pudo soportar, con lúcida amargura, su inteligencia. En la cumbre del ritmo, apagó el latir al que otorgó valor de paradigma.

El acto de cesarse, físicamente, de René Gerónimo Favaloro (1923-2000) del médico y científico argentino, adquiere la magnitud de un signo cenital: la inmolación, como prueba de una certeza irrenunciable, pero, también, el alerta trágico de la gangrena ética que infecta a un sistema de valores y principios. Y lo terrible y certificable, la elocuencia evidente del holocausto de un destino de grandeza nacional.

Discípulo y heredero de Pedro Henríquez Ureña y Ezequiel Martínez Estrada, sus maestros platenses, poseyó, en ambas dimensiones, la serenidad del dominicano y la vehemencia del argentino. Vivió la idea con pasión y gestó su fruto con razón. Su diástole fue la conciencia y su sístole, la decencia. Habitó y engendró un pensamiento que teniendo irrigaciones cosmopolitas, lo encauzó hacia una radicalidad de autóctona pertenencia con los interrogantes profundos de un país y una cultura en trance de identidad.

Tuvo que profetizar en medio de un desierto de molicie, anomia y latrocinio: la realidad de una tierra rica y fecunda con una soberanía empobrecida e hipotecada que sobrelleva a un espíritu  -lleva sobre sí a su criatura unánime- ávido de trascendencia.

Estaba poseído por una angustia vigílica y laboriosa en relación al sentido trascendente de la República Argentina, entendido como respuesta estructural a un llamado contemporáneo del conocimiento ecuménico al servicio del semejante inmediato. Tal sed de luz es análoga a mentes, diversas y distintas, de la talla de Sarmiento y Alberdi, Mallea y Marechal, Borges y Walsh, o los simultáneos Jauretche y Scalabrini Ortíz, que obedecieron la urgencia de ser arquitectos de sus visiones, y la de San Martín, por supuesto, su paradigma,  personal y devocional, de compatriota ejemplar.

Campestre y ascético, humilde y severo, apasionado y cavilante, polémico y sentencioso, se impuso una misión que la Providencia dotaría del carácter de visión, concedido por el juicio crítico de la academia y la empatía sencilla del pueblo.

El arduo ascenso de su inteligencia disciplinada puede, sin duda, entrever las cumbres, solitariamente solidarias, de Norman Bethune, de Laureano Esteban Maradona, Ramón José Carrillo y Floreal Ferrara, apóstoles galenos.

Estuvo, siempre, acompañado de la comunidad incesante de sus pacientes que sobrevivieron para prolongarlo en su gratitud. Los corporativos y los mercenarios seriales, fueron quienes lo traicionaron y abandonaron. El enfermo que sanó en cuerpo y alma, lo nombra con la audible potestad de  padre: la etimología del vocablo remite a la noción de  “patris”,  que designa lo que en Favaloro fue naturaleza y perfeccionamiento, don y saber   patriotas. Patria, significa “lugar de los padres”, solar carnal que nombran sus hijos-pacientes que, ahora, lo reviven con la indeleble gratitud de su testimonio supremo, el corazón.

Defino a René Favaloro con un verbo de su activa prédica altruista: humanar. Favaloro consumo y consumió su existencia en el quehacer de hacer humanidad o revelarla compasiva en su prójimo. Se vació, al modo de una  kénosis  de amor solidario: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo el ser igual a Dios, sino que se vació de sí mismo tomando la condición de siervo, con el aspecto de un hombre más, con el porte de un hombre, se abajó a sí mismo”, expresa San Pablo a los Filipenses.

Pudo y logró, más allá de su íntima decisión, soñar y obrar su buscada utopía, aunque sus jornadas finales lo mutaran de visionario a mendicante. Mejor lo expresa Holderlin, con dramática belleza: “el hombre es un príncipe cuando sueña y un mendigo cuando despierta”.

Salvó tantas vidas que no cabe la muerte en su memoria. Su latido ético suena en la acústica de la posteridad.

Compartir