Noemí Molfino, secuestrada en Lima y asesinada en Madrid: el enigma de la operación más sanguinaria del Batallón 601

Fue en junio de 1980. Un grupo de militares del 601 trasladó a un secuestrado desde Buenos Aires a Lima para desarticular la base montonera. El ejército peruano les montó un centro de torturas. En una redada provocaron tres secuestros. Una de las víctimas, Noemí Gianetti de Molfino, de 54 años, apareció en Madrid envenenada, cinco semanas después. El difuso rol del jefe montonero Roberto Perdía en la noche de los secuestros y la responsabilidad de los servicios secretos españoles.

Noemí Molfino con su hijo Gustavo, en París

Su hijo Gustavo la llamó desde el teléfono público que estaba en la esquina. Ella estaba sola en la casa. El jefe montonero Roberto Perdía se había ido con su esposa y con las armas. En la misma cuadra, había agentes de inteligencia del Batallón 601 armados y, más allá, un auto con una militante secuestrada durante la tarde. El barrio Miraflores de Lima estaba a oscuras. Eran las diez de la noche del 12 de junio de 1980.

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-Mamá. ¿Estás bien? Toda la casa está rodeada… –le dijo Gustavo.

-Sí. Salvate vos, hijo, que tenés toda la vida por delante.

Fue lo último que le escuchó decir.

El cuerpo de Noemí Gianetti de Molfino aparecería el 19 de julio en un apart hotel de Madrid. Había sido envenenada. De la puerta de la habitación colgaba un cartel: “No molestar”.

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El operativo del Batallón 601 se había iniciado con el secuestro de Federico Frías. Era un ex estudiante de la Facultad de Ciencias Económicas de La Plata. Acababa de llegar de México y era responsable de otros cuatro militantes montoneros –Gastón Dillón, Mirtha Simonetti, Salvador Priviteda y Agathina Mota-. Toda la estructura cayó en el mes de mayo.

Frías ya tenía una cita acordada en Lima con María Inés Raverta para el mes de siguiente. Ella lo conduciría al encuentro con el jefe montonero Roberto Perdía, entonces “número 2” de la organización guerrillera. La información interesó a grupo militar, que comenzó a planificar la operación.

Decidieron llevar a su secuestrado a Lima.

Para esa época, los distintos grupos montoneros que habían llegado desde exterior para la contraofensiva de 1979 y 1980 habían caído por acción del Batallón 601. Algunos todavía permanecían secuestrados. La mayoría habían sido asesinados.

Montoneros quiso montar una estructura en Lima como cabecera de playa entre los militantes que estaban en Centroamérica y los que habían permanecido en el territorio, que no habían formado parte de la Contraofensiva. Se iban a reunir con Perdía para recibir las directivas. Frías era uno de ellos.

Gustavo, hijo de Noemí Gianetti de Molfino, fue el encargado de montar la base de Lima, donde se encontraría Frías con Perdía. En la actualidad es fotógrafo. Trabaja en la Cámara de Diputados de la Nación. Fue entrevistado por el autor para este artículo.

“Yo había vivido clandestino con mi mamá en Nazca y Rivadavia en 1976. En 1977 nos fuimos al exilio, para acompañar a mi hermana Alejandra, que estaba presa y tomó la opción de salir del país. Me reincorporé a Montoneros en Madrid en 1978, en una estructura que se llamaba ‘Comunicaciones’. Mi responsable directa era María Inés Raverta, que le decíamos ‘Juliana’. Ella me puso ‘Facundo”. Y reportábamos al ‘Pelado’ Perdía. Yo era enlace de la conducción nacional con los cuadros intermedios. Por eso hacía permanentes viajes de Madrid a Cuba y a Latinoamérica llevando y trayendo cosas. Volví clandestino en 1979 para sacar del país a un grupo de compañeros de las Ligas Agrarias. Eran alrededor de 20. Habían venido del monte y estaban en Buenos Aires listo para salir del país”.

—¿Qué hiciste?

—Yo hacía documentos falsos. Organicé los grupos familiares. Había que “armar” las parejas, incluir a los hijos en el pasaporte y organizar por dónde irse. Algunos por Mendoza, otros por Paraguay y Uruguay y una frontera muy poco utilizada, que era Santo Tomé-Sao Borja. No había puente en ese momento.

—¿Qué edad tenías en 1979?

—17. Pero yo me hacía documentos con una identidad de un mayor de 21.

—¿Cómo te organizabas en los cruces fronterizos?

—Cuando me convocó Perdía para volver a la Argentina me dijo: “Haceme un organigrama de cómo vas a hacer la entrada y la salida”. Y yo le dije que no. Si me daban la tarea y todo lo que necesitaba –documentos, plata, etcétera-, ellos sólo verían el resultado final. No quise informar mi ruta de entrada y salida. Mi hermana Alejandra decía que me salvé por ese tipo de inteligencia.

Para entrar a la Argentina volé desde Madrid a Río, ahí cambié de identidad e hice otro vuelo a San Pablo. Me quedé 24 horas y volé a Asunción. Ahí tuve miedo. Casi me vuelvo a Madrid. La “Orga” (Montoneros) ya había prohibido la pastilla de cianuro, pero yo me había hecho una por una amiga farmacéutica. Estuve a punto de volverme. Pero primó la cantidad de compañeros que tenía que sacar. Y a la noche me fui a dormir, a la mañana me levanté y saqué el pasaje de la empresa Internacional, tomé el micro y llegué a la calle Rioja, en Once. Bajé y tomé un taxi. Miraba a todos lados.

—¿Cuál era la intención de la base de Montoneros en Lima?

—En Lima habría reuniones entre compañeros que se encontrarían con el “Pelado”. Venían de Centroamérica y luego se volvían. Y de la Argentina, y también regresaban. Eran reuniones, según entendí, con nuevas directivas que ya dejaban de ser para la “contraofensiva”. Todos venían clandestinos. Se eligió Lima por la cercanía y la transición democrática y porque la “Orga” tenía relaciones con los partidos de izquierda. Terminaba la dictadura de Morales Bermúdez. Pero cuando ocurren los secuestros todavía no había asumido (Fernando) Belaúnde Terry. Era presidente electo.

—¿Qué tenías que hacer en Lima?

—Armar la base. Llegué primero y alquilé por inmobiliaria un departamento, donde se harían las reuniones, y la casa donde vivimos. En esa época se pagaba 6 meses por adelantado en dólares y nadie preguntaba nada. Ni pedían garantía ni nada. La casa estaba sobre la calle Madrid, en un barrio residencial, Miraflores, un barrio cheto, digamos. Después alquilé un departamento chiquito, en la avenida Benavidez, en un quinto piso, donde después “chupan” al “Negro Cacho”, un compañero, Julio César Ramírez. También alquilé un Volkswagen, un “escarabajo”. Nos hacíamos los carnets internacionales del ACA (Automóvil Club Argentino). Eso fue entre enero y febrero de 1980. Después llega María Inés, luego Perdía con su esposa, Amor. Ella colaboraba, andaba con él por todos lados. Y después empiezan mis tareas típicas, hacer documentos, “embutes” para guardar microfilm, dinero, documentos. Se usaba los tableros de ajedrez con doble fondo, venían veintipico de pasaportes en blanco, los sellos y el cúneo seco, que venía en las rueditas de una patineta de skate, porque era metálica. Dentro del resorte de las rueditas venía el cúneo seco. En ese sentido, en la Organización teníamos todo. Un día María Inés me dijo: “Mañana llega Mima”. Mi mamá. Yo tenía una relación muy linda con ella. Era su hijo menor. Por supuesto que no pregunté qué venía a hacer.

—¿Qué edad tenía ella?

—54.

—¿Cómo ingresa a Montoneros?

—Toda mi familia es de Saladillo (provincia de Buenos Aires). Mi abuelo Fortunato era gerente del Banco Nación. Va a trabajar en Asunción y luego al Chaco. Y también va mi papá José Adán y mi mamá con mis hermanos. Yo soy el único que nace en el Chaco. Mi viejo era poeta, músico, tocaba el piano y recitaba poemas en bares de Resistencia. Muy bohemio. Era corresponsal de Clarín en la provincia. Muere a los 39 años de los riñones. Y mamá quedó viuda a los 36 con seis hijos. Y en los ’70 mi hermana Marcela empezó a militar en el Peronismo de Base con el cura Dri y conoció a Guillermo (Amarilla) que era de la Regional IV de la JP, con toda la familia peronista, y cuando se van a Tucumán, mi mamá los acompaña. Si mi hermana hubiese ido al ERP, mamá también hubiera ido. Ella decía siempre sobre los Montoneros: “Ustedes son mis hijos, mi familia, aparte algo hay que hacer”.

—¿Cuál era la cobertura en Perú? ¿Quiénes eran para los vecinos?

—No había necesidad. La vida transcurría normalmente. Yo tenía mi bolsa de arena para boxea, corría todas las mañanas, y empecé a salir con una vecina, visitaba su casa. Decíamos que María Inés era mi prima y habíamos venido un tiempo a Lima para sacarla del “rollo” de la muerte de mi viejo a mi mamá, decíamos que había sido reciente. Ese fue el discurso. Al “Pelado” ni lo mencionábamos porque él sólo salía de la casa para las reuniones.

—¿Cómo ocurre el secuestro de tu mamá y María Inés Raverta en Lima?

—Es el 12 de junio. ¿Qué sucede? Frías había sido secuestrado en la Argentina y nosotros no lo sabíamos. Él estaba asentado en territorio, en Oeste. Venía de la JP de La Plata, de hecho se conocía con María Inés Raverta. Cuando él cae, cuenta que tenía una reunión con Perdía. Lo hace con la intención de salir al exterior y escaparse. Como había ocurrido con “Tucho” Valenzuela en 1978, que estaba secuestrado en Rosario y va a México con sus secuestradores. Y ahí se organiza la acción: (Leopoldo) Galtieri, que era jefe del Ejército, le habla a (Pedro) Richter Prada, que era jefe del ejército y le pide autorización para operar en Lima. Esto está documentado en la causa judicial. Prada acepta pero pide una operación “rápida y limpia”. Le ofrecen el apoyo de la Policía de Inteligencia Peruana (PIP), que estaba a cargo del coronel Martín Martínez Garay. Y le ceden un centro de esparcimiento, para pasear con sus familias, que tenían los militares en Playa Hondable y le adecuan tres o cuatro habitaciones como centro de torturas.

El 11 de junio, Frías sale a reconocer el barrio de Miraflores de Lima. Caminan por la zona de la iglesia. Al día siguiente se encontrará con María Inés Raverta. Será una cita de contacto. Los militares argentinos acompañan vigilado a Frías. Le ataron con un hilo –presumiblemente una tanza de pesca-, que recorre desde el dedo gordo del pie a un testículo. Frías no puede correr. Pero lleva las manos en el bolsillo y con la uña de un dedo va rompiendo la tela interna y accede a su testículo. Corta el hilo. Hace una maniobra de distracción. Pide ir a un kiosco. Entra y luego escapa. Corre. Lleva cada vez más ventaja a sus captores. Casi 50 metros. Los está perdiendo. Uno de los militares toma su arma y tira dos tiros al aire.

“Ladrón, ladrón. Atrapen al ladrón”, grita. Un hombre escucha los gritos y sale del negocio. Ve la escena, un hombre gritando y ve correr a Frías, que viene hacia él. Le pone la pierna. Frías cae al suelo. Los militares le golpean la cabeza con el arma hasta hacerlo sangrar. Advierten al hombre que puso la pierna: “No viste nada. Andate”. Dos policías de tránsito se sorprenden con la novedad: ven a un grupo de hombres golpeando a otro caído con un arma. Se acercan, les pide que no se muevan. Los militares le explican. “Hablen con Martín Martínez Garay”. Se refieren al jefe de inteligencia de la policía peruana. Y llega Martínez Garay y a Frías lo llevan al Hospital Central de Miraflores. Los médicos le cierran la cabeza, porque la tenía abierta, y lo devuelven. Lo llevan a una comisaría en Lima y hacen entrega formal de Frías al mismo grupo captor que lo había traído de Buenos Aires. Y lo conducen, otra vez, al centro de torturas de Playa Hondable. Al día siguiente concurrirá a la cita con María Inés Raverta.

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—¿Se conoció la identidad de los militares del Batallón 601 que llevaron a Frías a Perú?

—Uno de ellos, sólo por deducción. El nombre que informa el Ejército argentino al peruano es “Ronald Rocha”. En el protocolo de inteligencia es “R.R”. Puede ser el coronel Roberto Roualdes.

—¿Ustedes no reciben ninguna información del incidente de Frías el día 11 de junio?

—No, no escuchamos nada. Había cero nervios. No sospechábamos nada. El día 12 de junio yo salgo a hacer compras y María Inés va a la cita con Frías, a la iglesia, que quedaba a siete cuadras. Y yo vuelvo a la casa cerca de las siete y encuentro a mi vieja, el “Pelado” y su esposa sentados alrededor de la mesa, con cara de preocupación. Pregunto qué pasa y me dicen “María Inés no volvió”. Era una cita de contacto, ya tendría que haber vuelto. Conversamos y me acuerdo patente: le planteo al “Pelado” que había que ‘levantar’ la casa. Total siempre hay tiempo para volver. Le dije: “Levantemos la casa, más tarde chequeamos y si todo está bien y Maria Inés aparece, volvemos”. ¿Y qué dice el “Pelado” en ese momento? Que él sospecha que podría ser problema con la policía peruana, algo muy tonto, y propone esperar un rato más. Pero me dice “Yo me voy con mi mujer y te quedás vos, ‘Facundo’ con Mima”.

—¿Él dónde iba?

—No dijo

—¿Tendría otra casa?

—Ni idea. Pero tenía contacto con las organizaciones peruanas. Yo también tenía teléfonos disponibles en caso de urgencia, pero no los había utilizado nunca.

—¿No te pareció ilógica la orden de quedarse en la casa? ¿La podías desobedecer?

—No me pareció lógica. Pero, como siempre decíamos en esa época, era la superioridad y había que resguardar a la Conducción Nacional. Y si era una orden de la Conducción la teníamos que respetar. En ese momento yo no tenía ninguna cuestión crítica. Entonces el “Pelado” me dice: “Mima se queda en la casa y vos salís y entrás para ver los movimientos del barrio y también para intentar comunicarte con los peruanos”.

—¿Quiénes eran?

-Antonio Meza Cuadra, un diputado socialista electo por Unidad de la Izquierda, (Javier) Díaz Canseco y Manuel Dammert. Eran los tres. Lo empiezo a llamar a Meza Cuadra desde un teléfono público. Yo no lo conocía. Pero existía el contacto. Era como con el general Omar Torrijos. Yo pasé por Panamá muchas veces y si tenía algún problema en el aeropuerto tenía el teléfono de su mujer. Entonces le dije a Meza Cuadra que era montonero, que teníamos una compañera que no había vuelto. Y me dice que quede tranquilo, que no iba a pasar nada, que cualquier cosa lo llamara más tarde. Volví a la casa, estuve con mi vieja, y volví a salir.

—¿No se te ocurrió ahí decirle, “levantemos”?

—Eso es un gran dolor que tengo. En una de las veces que entré le dije: “Mamá, salgamos juntos”. Pero mamá estaba tranquila. Ella menos que nadie pensaba que algo malo podía pasar. Yo entraba y salía de la casa. Era un barrio de clase media acomodada, no había un alma en la calle. Cada cuadra tenía postes de luces del alumbrado, en la esquina, en el medio y en la otra esquina. Y en unas idas y vueltas, supongamos que eran diez de la noche, veo en la esquina de la casa a cinco o seis tipos con armas largas que me empiezan a mirar. Yo no estaba armado. Teníamos armas personales pero se las había llevado el “Pelado” de la casa. Si volvía para atrás, tendría que correr muy fuerte, porque estaría todo cercado. Entonces paro en el teléfono de la esquina de casa, a 20 metros de los tipos, y hablo con mi vieja. Le cuento que está todo rodeado. Y ella me dice: “Salvate vos que tenés toda la vida por delante”. Todavía me sigue martillando en la cabeza esa frase. Miro hacia un costado y veo dos autos con gente armada alrededor y el haz de luz del alumbrado daba al perfil de María Inés, sentada dentro del auto. Me mira, baja la cabeza, y no dice nada. Creo que en su interior -conociéndola como la conocí, que fueron dos años muy intensos-, ella estaba tranquila porque suponía que la casa ya había sido levantada, y yo sólo pasaba para chequear.

Ella soportó la tortura desde las cinco y cuarto de la tarde –porque un militar peruano dijo que apenas la secuestraron la metieron en el auto y empezaron a torturarla, camino a Playa Hondable. Y ahí la siguen torturando. Y le dan tanto que un militar peruano no aguanta más y sale. Y el militar argentino le dice: “Vení, es bueno que mires. Esto es experiencia para vos”. María Inés soportó terriblemente la tortura hasta pasadas las nueve de la noche, calculando que el “Pelado” había ordenado levantar la casa. Le dio todo el margen. A las 8 tendríamos que haber levantado la casa con todo. Y el Pelado, después va al departamento donde estaba el “Negro Cacho” (Julio Cesar Ramírez), y él se vuelve a ir.

—¿Qué sucede después?

—Después de cruzar miradas con María Inés y hablar con mi vieja, cruzo la calle y paso al lado de los militares. Según las características que vi después, creo que era Roualdés. Y les miro las armas, porque hubiera sido sospechoso que no las mirara. Y ellos no me detectan. Rubio, ojos claros, un barrio garca, pendejito… “No es”, habrán pensado. Mi problema era si me preguntaban la hora porque se hubieran dado cuenta que era argentino. Seguí y fui a otro teléfono y le dije a Meza Cuadra todo lo que estaba pasando: “En este momento están secuestrando a una compañera”. Ni siquiera le dije que era mi vieja. Me fui a su casa en taxi y él estaba esperando Meza Cuadra, Díaz Canseco y casi seguro Dammert. Les digo que hay que recorrer hoteles porque hay compañeros que vinieron a Perú y los militares podían hacer una razzia. Me guardaron ahí. Yo les di la dirección de la casa y fueron volando. Yo la llamé por teléfono para avisarle y mamá ya no contestó. Ellos, cuando llegaron, vieron la puerta abierta y todo dado vuelta. Habían cortado la bolsa de arena con un cuchillo. Y mamá ya no estaba. Se la habían llevado. Esa misma noche hicieron la denuncia en la comisaría y después llega el “Pelado” Perdía a la casa donde estaba yo. No sé ni de dónde venía ni cómo llegó. Y al otro día hacemos una conferencia de prensa. Un rato antes Meza Cuadra se entera que la secuestrada de la casa era mi vieja.

—¿Qué pasa con el “Negro Cacho”?

—Lo que cuenta el portero es que vino la patota y lo suben al departamento a él, voltean la puerta, el “Negro Cacho” intenta tirarse por la ventana y lo agarran de los pies. Él había estado preso hacía muy poco en la Argentina y había tomado la opción de salir del país. Perdía le había dado la orden que se quedara y él se quedó, creo que se puso afeitar. No sabemos qué le dijo Perdía al “Negro Cacho”. Nunca lo supe. Perdía reconoce el error que cometió en su segundo libro, en el primero que escribe no dice nada. Él tuvo una mala decisión política, con mi mamá y con el “Negro Cacho”. Hizo una muy mala lectura de la realidad. Fue llamado a declarar como testigo a la causa judicial y se lo dije. “De esto tenés que hablar”. Él personalmente a mí nunca me dijo que se había equivocado.

—¿Tu percepción era que tu mamá se salvaría, que la presión de los diputados y la prensa la podrían liberar?

—No, mi percepción era que no la vería nunca más. Porque sabíamos qué sucedía con un secuestrado, aunque estuviéramos en Perú y lo denunciáramos a la prensa. La noticia recorrió el mundo al día siguiente. Por mi mamá reclamó el presidente de México (José López Portillo) Julio Cortázar, Serrat, la social democracia europea. Belaunde Terry, que era el presidente electo, no. Se lavó las manos, quiso sacarse el tema de encima. Yo estuve escondido un mes, me guardaron los diputados peruanos, estaba custodiado por militantes del PSR (Partido Socialista Revolucionario). Y de hecho, luego supe que la policía peruana, con un argentino, fueron al barrio a preguntar por mí a los vecinos, si sabían dónde estaba, si tenían algo mío. Me estuvieron buscando. El grupo operativo siguió funcionando. Los peruanos querían que asumiera Belaunde Terry para sacarme del país, porque había fotos mías en el aeropuerto como “prófugo”. Me acusaban de haber entrado ilegalmente al país, con otra identidad, lo cual era cierto. Y estábamos en la discusión de si me iban a sacar con documento falso de un ciudadano argentino o de uno peruano cuando un mes y medio después me entero, escuchando Radio Noticias del Continente, que era la radio montonera que emitía desde Costa Rica, que la persona que había aparecido muerta en un hotel de España sería mi mamá.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es “Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Presos políticos, guerrilla y represión ilegal”. Editorial Sudamericana. Twitter @mlarraquy

 

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FuenteInfobae
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