Viaje al fin del mundo: la vida de una carlospacense en la Antártida

Alguna vez te preguntaste qué se siente estar en el fin del mundo. Ella lo sabe. Cecilia Toledo es médica, tiene 50 años y trabaja en el área de Pediatría del Hospital Sayago de Carlos Paz. El año pasado estuvo casi seis meses en la Base Marambio en la Antártida Argentina y asegura haber tenido "una de las experiencias más movilizante" de su vida.

Cecilia Toledo.

En una entrevista exclusiva con El Diario, contó cómo es el día a día en la región más inhóspita del planeta y cómo la marcó. Enterate en esta nota cómo es vivir en el fin del mundo.

Hace un año, la vida de Cecilia Toledo cambió. Pidió licencia en el nosocomio carlospacense, se despidió de sus hijos (que cursan estudios superiores) y partió en un viaje del que nunca terminó de volver, como ella misma asegura. “Una parte mía se quedó allá, porque fue mi casa”, relató la médica.

Desde mayo a noviembre de 2017, fue la encargada de velar por la salud de cincuenta personas, entre científicos y militares y cumplió el sueño de pisar el continente blanco.

“Estaba segura que era el momento de hacerlo y aprendí que allá todo se experimenta con intensidad. Las relaciones humanas son medidas y respetuosas, siempre se saluda al otro, aunque se haya tenido en algún momento algún inconveniente. Todo se habla, se dialoga, y lo más importante es llegar siempre a un acuerdo. Y es que el otro es un imprescindible allí, porque éramos tan pocos que no podías pasar por su lado sin saludarlo o interesarte por él”, recordó.

“Pienso que vivir de ese modo es como volver un poco a la esencia humana, al trato interesado y comprometido con la gente”, reflexionó Cecilia, quien reconoció que “es posible” hallar una nueva forma de comunidad entre los seres humanos.

“Cada uno de los que estábamos allí, éramos imprescindibles. No sólo los que estábamos para cuidar la salud, sino los que constantemente mantenían las calderas con fuego para que la vida fuese posible, los que cocinaban, en fin, todos son muy importantes para el funcionamiento de la base en su totalidad”; continuó. “Cuando regresamos a la vida común, por decirlo de algún modo, noté la diferencia, acá a veces casi no nos saludamos y no nos respetamos. Es muy fuerte”, afirmó.

Consultada sobre la posibilidad de volver, Cecilia confesó: “La verdad siento que no terminó este capítulo para mí, tengo ganas de volver. Realmente me gustó la experiencia, me gusta colaborar y asistir, es una experiencia de salud desde otro punto de vista. Fui sólo por tres meses y me quedé mucho más”.

“Se viven cosas muy lindas. Los días sábados había un grupo de cocineros antárticos que iba rotando para cocinar. Un sábado le tocaba a ‘los blancos’ (personal de sanidad), otro a ‘los rojos’ (los bomberos), otro a ‘los técnicos’ (informáticos), otro a ‘los tangos’ (encargados del transporte y maquinarias) y otro a ‘los met’ (los meteorólogos de la base). Hacíamos pizza para todo el mundo, y los domingos siempre colaborábamos con otros para aliviarles las tareas de ese día. Hay una expresión que es ‘hoy estoy de María’, que significa que a uno le toca lavar los platos, poner la mesa y recogerla en distintos momentos del día. Se cocina para 50 personas y hay que lavar los platos después. Es una tarea grande, pero se comparte y a todos les llega”, recordó.

En otro fragmento de la entrevista, reveló: “Hay otra base Argentina que pertenece a Tierra del Fuego, donde me gustaría ir a trabajar y que no es muy conocida. Se llama Esperanza y allí está la Escuela N°38, donde estudian los hijos de los militares que van a vivir con sus familias. Hay unos quince chicos en edad escolar, de distintas edades, algunos incluso van a guardería, primaria y secundaria. A veces salen para ver a los pingüinos, focas y otros animales y ese es su único paseo. Yo fui sólo por 6 meses, pero me llevé una experiencia maravillosa que volvería repetir otra vez”.

Una misión humana y comunitaria
Tras haber ingresado a la Fuerza Aérea, Cecilia pudo haber elegido otros destinos como Haití o Chipre para brindar ayuda profesional, pero decidió viajar a la Antártida.

“Decidí ir porque tiene que ver con nuestra soberanía, con amar lo nacional, y me parecía que contribuía en algo más que simplemente la tarea médica”, explicó. Le tocó reemplazar al médico anterior del lugar y sólo tenía la ayuda de un enfermero para asistir a toda la dotación.

Cecilia en el paisaje inhóspito de la Antártida.

“Siempre hay que asistir a la gente, que es un grupo que va desde 40 a 140 y hasta 200 personas en verano, el momento donde se incrementa el número de personas que vienen de otras bases para hacer actividad científica, o para descargar el rompehielos Irizar cuando baja combustible. Hay que asistir en accidentología o con controles de salud”, narró la médica, quien nació en Córdoba y se radicó en Villa Carlos Paz.

“Como los días son tan largos, los médicos colaboramos además en las tareas comunitarias como preparar el agua, hacer controles bromatológicos y cocinar para la dotación. El agua que bebemos proviene del hielo y hay que clorarla, ver cómo está el PH y filtrarla para consumo humano. Y todo eso es un desafío, por lo que el recurso se cuida”, agregó Cecilia, en declaraciones a El Diario de Carlos Paz.

¿Cómo es vivir con temperaturas extremas?
Muchos científicos trabajan fuera de la base en los momentos en que el clima lo permite y en esos casos, muchas veces, Cecilia y otros profesionales, les brindan asistencia.

“Llevamos termos de café y alimentos para que ellos pudieran trabajar de una manera confortable; ellos iban rotando el turno protegiéndose del frío y es la única forma de ayudar para que todo se vaya cumpliendo. Por supuesto, a veces sucedían accidentes laborales, y nosotros estábamos ahí para lo que sea, pero cuando todo marchaba bien, compartíamos la actividad de ese modo”, detalló acerca del día a día.

“También se hicieron evacuaciones, ya sea de la base argentina como de otras bases, y ésta es una de las tareas de la Fuerza Aérea. Existen 13 bases argentinas en la Antártida, de las cuales 6 son permanentes y las otras 3, temporarias. A la vez, hay 70 bases de otros países. A la Argentina le toca el rescate dentro del territorio, este año se rescataron por ejemplo a científicos españoles”, explicó la médica.

“Una de las evacuaciones sanitarias más importantes fue la de la Isla Orcadas, que fue la de mayor impacto, dado que hacía mucho tiempo no nos visitábamos entre las bases por la distancia que existe entre sí. Recuerdo que el acondicionamiento de la pista en un glaciar demoró como una semana y luego nuestro avión pudo aterrizar perfectamente. La evacuación de Isla Orcadas fue una de las más duras. Acá uno está contenido en una estructura hospitalaria, pero allá está solo para contener al paciente y únicamente cuenta con un enfermero. Nos dividimos con él las horas de desvelo por el paciente y eso es lo que agota mucho físicamente”.

“Otra de las tareas complicadas es la contención psicológica que a veces tuve que hacer, porque la gente de la dotación va durante doce meses y en muchos casos se producen separaciones en la distancia; o bien la gente extraña a sus hijos, o lo aqueja alguna enfermedad de un ser querido que está en el continente. Es decir, siempre hay alguna cuestión psicológica, está muy presente la culpa por no estar. Por eso es necesario saber apoyar a las personas en ese tipo de situaciones”.

Un proyecto de vida
Según Cecilia, la mayoría de la gente joven que llega a la Antártida, entre 24 a 35 años, son militares o científicos que toman su estancia y trabajo allí como un desafío que les permite avanzar laboral y económicamente.

“Muchos son también estudiantes universitarios que van becados o bien son ya recibidos de diferentes carreras, trabajan en campamentos fuera de la base, y hacen tareas muy arriesgas, se desempeñan en condiciones climáticas muy adversas (pesan a los animales, les sacan sangre, hacen un seguimiento, los asisten en el apareamiento, los filman en diferentes momentos). Trabajan en las carpas, duermen en bolsas de dormir con temperaturas extremas, y a veces algunos hasta se pierden en el lugar”, contó la médica sobre las peripecias de los jóvenes científicos.

Los biólogos marinos, tanto de Argentina como de otros países, son quienes más estudian la fauna del lugar, con una gran vocación y compromiso. “He visto mucha pasión en esto, mujeres de más de 50 años haciendo hasta lo imposible para lograr su trabajo”, completó.

100 años en la Antártida
La Argentina es uno de los países que más tiempo lleva en la Antártida, más de 100 años en ese territorio de imponentes paisajes y escasas horas de sol. Luego fueron llegando otros países al lugar, comenzaron los reclamos de soberanía y por ese motivo se llegó a un acuerdo internacional en Washington (Estados Unidos). Se declaró que el territorio sería utilizado únicamente para la actividad científica, apoyada por la logística de las bases instaladas.

“Lo que hace entonces tanto la Marina como la Fuerza Aérea, es un apoyo logístico a los científicos y se encarga del alimento, el combustible, el servicio de salud y nadie debe usar uniformes ni armas”, finalizó la carlospacense.