La muerte derrotada: A 42 años del 24 de marzo de 1976

El pintor y artesano Héctor Oberlin integraba una de esas listas de desaparecidos que admitiera Jorge Rafael Videla en respuesta a los cuestionamientos que le hacía el papa Juan Pablo II en 1979.

El sacerdote Mariano Oberlin (izq) y Pedro Solans. (Foto: Carlos Amiune).

Por Pedro Jorge Solans

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En conferencia de prensa el dictador había dicho: “Frente al desaparecido en tanto como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento X, si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tiene un tratamiento Z, pero mientras sea desaparecido no puede tener un tratamiento especial, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido, frente a eso no podemos hacer nada.”

Más adelante, frente los periodistas, dijo que no se sabía el destino final de los desaparecidos pero que podría haber “listas parciales, bastante desprolijas.”

Héctor se ganaba la vida como empleado del municipio de la ciudad de Córdoba antes de desaparecer, y como delegado gremial tuvo que darle la ingrata noticia de la muerte de su esposo a quien sería luego la madre de sus hijos.

Juan Carlos Loureiro había muerto en un confuso accidente que supuestamente ocurrió en la ruta E 55 a la altura del paredón del dique San Roque donde también fallecieron otros militantes sociales y activistas sindicales.

En una reunión del gremio que había sido convocada para analizar los hechos que afectaban a los trabajadores, Héctor fue designado para que vaya a la casa del compañero y ponga el sindicato a disposición de la familia. La muerte de Loureiro lo había conmovido porque nunca creyó la versión del accidente.

Cuando golpeó las manos en la casa de los Loureiro salió Olga Toncovich.
-Buenas tardes. ¿Vos sos la mujer de Juan Carlos?
-Buenas; sí, soy yo.
-¡Ah! Yo soy Héctor Oberlin, un compañero de trabajo de Juan Carlos. Vengo en nombre de nuestro gremio, el Sindicato Único de Obreros y Empleados Municipales (SUOEM) a darte una noticia, qué no sé cómo decirte.
-¿Qué pasó?¿Le pasó algo a Juan Carlos?
-Sí. Tuvo un accidente.
-¿En el trabajo?¿Está bien, dónde está?
-Lo peor.
-¡Queeé! Olga entendió el mensaje que le daba el rostro de Héctor y empezó a masticar lágrimas.

Desde ese momento Héctor no se separó más de Olga. La ayudó a sobrellevar la tristeza y la adversidad con dos hijos a cuestas, hasta que el afecto y la solidaridad se convirtieron en amor.
Una tarde de otoño los encontró caminando por la avenida de Mayo. Se habían mudado a Buenos Aires en busca de información sobre el paradero de los restos de Juan Carlos y de cómo había sido el accidente que le costara la vida.

En Córdoba estaban agotadas las posibilidades de saber la verdad y supusieron que si apelaban a los estamentos nacionales podían abrir otras puertas. Además creyeron que era más fácil la crianza y el sostenimiento de los hijos en una ciudad donde nadie los conocía. Lo que tenía Héctor de entrega por Olga era inversamente proporcional a su timidez.

-Olga, Olga. Tengo cinco pesos. Te invito un café. Necesito hacerte una propuesta.
-Bueno, lo tomemos aquí. Siempre quise conocer el Tortoni por dentro; respondió la mujer sin darse cuenta de lo importante que era para Héctor esa invitación.
Se sentaron en una de esas mesas que se ofrece como heredera de la historia tanguera de Buenos Aires.

Olga volvió a ver en Héctor aquel rostro angelical que vio cuando lo conoció. Una cara tierna iluminada por esos sentimientos que andan cielo abierto sin reparos ni condiciones.
El mozo ya se había llevado el pedido cuando Héctor rompió el silencio casi torpemente:
-Che, Olga. ¿Y si nos casamos?
Olga se largó una carcajada. Le dio un beso, y no sabía cómo responder semejante obviedad.
-¡Qué hermoso! Pero volvamos a Córdoba. Mi familia está en Valle Hermoso y nosotros podemos vivir en la ciudad cerca del cura Vasco (Justo Irazábal), que siempre me ayudaba cuando Juan Carlos se iba.
-Está bien, pero no me respondiste si aceptás casarte conmigo; le reprochó Héctor.
Olga volvió a darle un beso, y se dio cuenta que la situación ameritaba la frase de rigor:
-Sí; acepto ser tu esposa. Le dijo con agrado.

Se miraron como si fuera para siempre. Alquilaron una vivienda en Barrio Comercial y siguieron con la búsqueda denodada de los restos de Loureiro.
Héctor volvió a trabajar en el municipio, seguía con su militancia social bajo la protección de la iglesia y asistía a un taller de pintura en Unquillo donde pintaba al óleo con intensidad.

Una noche regresaba contento a su casa porque había logrado reflejar el asombro en el rostro de una mujer que miraba las Cataratas del Iguazú, cuando lo sorprendió un Ford Falcón en la parada del ómnibus. Un tipo de anteojos recetados con gestos perversos bajó el vidrio de la ventanilla y mostrándole una pistola calibre 11.25 le gritó:
-Che boludo, o te dejás de joder con la búsqueda de Loureiro o van a desaparecer vos, esa puta de la Olga y los pendejos. Acordate, soy “El Ángel”.
Héctor quedó temblando mientras el Falcón aceleraba.
En el ómnibus pensó en no decirle nada a Olga. Sólo le dijo que habló con Carlos, el dueño del taller, y que le había dicho que no iba a ir más por un tiempo porque estaba muy cansado.

(II)

Olga llegó a ser directora de una escuela en barrio Müller y cuando se demoraba en las clases nocturnas para adultos y Héctor no estaba, el Vasco se ocupaba de cuidar por un rato a los chicos, que nunca eran los seis originales, sino que además Olga siempre recibía en su pequeña casa de dos habitaciones a hijos de familias que atravesaban por diversas dificultades.

La noche en que se lo llevaron de la casa de la calle Totoral junto a su amigo Ángel Baudracco, Mariano tenía apenas dos años pero pudo sellar el violento episodio en su memoria. Estaba en la pieza de sus hermanas esperando con ansiedad que llegara su madre para escuchar uno de esos cuentos maravillosos que lo hacía soñar. Luego creció entre la marginalidad y la pobreza, y cultivó una sensibilidad poco frecuente entre los que son excluidos de la existencia misma. Se alimentó con sueños y por eso le dio lo mismo trabajar de albañil, de empleado de tiendas o repartidor de comidas. Caminó por las calles de la vida asombrándose con la realidad y riéndose de lo maravilloso.

Un día lo llamaron de HIJOS para conversar sobre su padre. Se tomó su tiempo para ir pero fue, y en una de las tantas conversaciones que mantuvo en la organización de derechos humanos se enteró que su padre fue secuestrado en la noche del 7 al 8 de enero de 1975, y había sido llevado al Campo de la Ribera donde fue torturado y asesinado.

Pasaron los años y el destino quiso que Mariano estrenara su sotana de sacerdote en la parroquia de barrio Müller a pocos metros donde su padre conoció el infierno. Él sintió que era un capricho existencial. Apenas se puso en marcha abrió el Evangelio en sus consecuencias cotidianas y otra vez apareció Héctor que había logrado armar una comunidad de fraternidad evangélica muy fuerte a base de militancia en los años setenta

Con los primeros responsos (dos pibes y una niña) que tuvo que hacer Mariano se percató de la presencia de la droga. Pero también entendió perfectamente de qué se trataba esos tesoros, esos sueños, que guardó en su infancia y lo sintió como un llamado de su padre. Empezó con los chicos que iban a merendar y se quedaban al frente esperando que aparezca la pelota para jugar al fútbol. Después sumó a los adolescentes en los talleres de carpintería, de plomería, de electricidad, y en ese trajinar conoció las caras de la miseria.

Una vez puso los ojos como dos huevos fritos cuando se enteró que uno de esos chicos que merendaba y jugaba a la pelota le había abierto en un instante el galpón de la parroquia para robar. Mariano le preguntó: -¿Cómo hiciste?- Y el chico le respondió que no sabía cómo había hecho, que siempre lo hacía desde que aprendió de su papá.
Cuando recibió una indemnización por el secuestro de Héctor llamó a todos los adolescentes de la parroquia y se fue con ellos a comprar herramientas.

Días antes, los restos de jóvenes, casi niños, víctimas de la droga, lo hizo reflexionar y escribir:
-En estos barrios faltan proyectos de vida y aparece el narcomenudeo como una salida laboral. En muchos casos, un hilito para soñar con un proyecto alcanza para que un pibe arranque para otro lado. A eso apuntamos desde los talleres de oficios de la parroquia. Si a la muerte de mi viejo le pusieron un valor monetario que esas monedas sirvan para colaborar con el futuro de los pibes que quieran desviar sus destinos. Esto es la prolongación de la lucha de mi viejo y sus compañeros, sólo que nuestras armas son las herramientas. Peleamos para que el veneno del paco no nos gane la niñez. La transferencia de riquezas se hace por las buenas o se hace por las malas. Si no se incluye, se vuelve en contra.

Con el crecimiento de la comunidad del cura empezaron las acusaciones: Por un lado, la Brigada de Investigaciones de la Policía elaboró un documento para las máximas autoridades provinciales y nacionales donde informaba que el sacerdote Mariano Oberlín estaba reclutando jóvenes para organizar pequeños ejércitos con fines inciertos; e inclusive, tenía una fábrica de armas que proveía a la delincuencia y alimentaba el contrabando de armamentos. A su vez, los narcotraficantes le declararon la guerra porque para ellos el cura se quería adueñar del barrio y sus negocios.

(III)

Habían pasado seis meses del informe policial cuando se lo vio con funcionarios provinciales recorriendo un terreno frente al Campo de la Ribera para un emprendimiento de reciclado de escombros y de ramas. La comitiva fue sorprendida por dos chicos que gritaron: -Hay cinco mil pesos para quien mate al cura.
En la primera amenaza Mariano escuchó: -Andá che cura vigilante, dejá de batir la cana, che culiado… Fue cuando denunció la existencia del paco en el barrio.
En una oportunidad, un hombre en motocicleta se le paró enfrente, en la puerta de los talleres, y le gritó: -Che culiado, o te dejás de joder con batir la cana o vas a desaparecer como el boludo de tu viejo, vos y los pendejos que vienen aquí.
Pero recién tuvo miedo cuando unos niños al verlo le dijeron:
-¡Eh! Cura, te vimos en la televisión hablando de nosotros. A vos te quieren matar.

Mariano aceptó custodia con la condición de que no sea cualquier policía, sino Martín que vivía en el barrio y era una de las personas más cercana y colaboradora que encontró para su proyecto.
Le pidió al policía que no estuvieran tanto juntos, sino más bien que acompañe los trabajos que se hacían en la parroquia y en los talleres. Ambos tenían la hipótesis que un posible ataque sería a las obras y no personales. Sin embargo, en un viaje a Unquillo se le acercaron dos chicas en la estación terminal de ómnibus y le dijeron:
-A vos te van a matar como un perro.

El encuentro con las chicas se lo contó a Martín en forma confidencial pero el policía alertó inmediatamente a sus jefes y la noticia que el sacerdote de barrio Müller, Mariano Oberlin estaba amenazado llegó a los medios de prensa. Él no quiso generar pánico entre sus colaboradores y negó públicamente las amenazas porque creía que no era justo que por culpa de un par de matones se siga llenando de estigmas a una zona tan estigmatizada. No obstante, y por algún misterio macabro, no podía dejar de imaginarse que recibiría un tiro en la cabeza.

(IV)

El jueves 22 de diciembre el cura estaba con un grupo de personas preparando un terreno aledaño a la iglesia para inaugurar una plaza. Algunos pintaban murales, los niños jugaban al fútbol en el playón y Mariano cortaba los yuyos. Cerca del paredón perimetral del hogar de ancianos vio un pozo pequeño pero profundo. Sugestionado por lo que venía pasando, empezó a fabular con que sería un “guardadero” de drogas. No se animó a mirar hacia adentro, y prefirió seguir cortando por otro lado. Cuando estaba a unos metros de la esquina pasaron dos muchachos que lo miraron de una manera que le llamó la atención aunque siguió con la tarea.

En un momento alcanzó a ver que se habían parado más o menos a la altura de donde estaba el pozo y se agacharon como si estuviesen buscando algo. El cura se asustó porque en medio de las fabulaciones pensó que sin querer había visto, tocado, o roto algo que sería de ellos. Sin embargo siguió trabajando pero al levantar de nuevo la cabeza vio que se le venían encima con un arma cada uno. Le gritaron que apagara la desmalezadota, la dejara en el suelo y se sacase el arnés. Luego uno de ellos, se adueñó de su celular y le pidió la billetera. El cura le dijo que no tenía billetera, entonces le ordenó que corriera.

Mariano pensó que se cumplían las amenazas. Salió corriendo hacia el playón mirando para atrás cada tanto hasta que sintió los disparos. En la corrida se cruzó en sentido contrario con Martín que venía gritándoles a los muchachos que se zambulleron en el yuyal. El cura llegó agitado al playón donde le dijeron que Martín lo llamaba. Fue hacia donde estaba el custodio y alcanzó a ver su desmalezadota entre los yuyos y pensó que la habían soltado. Pero cuando se acercó más vio a uno de los muchachos tirado con el arma en la mano. Y se quiso morir.

Mariano no podía dejar de llorar por la muerte de ese chico. Solamente esperaba que alguien lo despertara de esa pesadilla. Nunca hubiera pensado que la bala que desde hace unas semanas imaginaba que impactaría en su cabeza terminaría en la de un adolescente de catorce años.
El lucero del alba se escondía en la navidad cuando Mariano sintió que su padre lo despertaba cariñosamente:
-¡Hijo!¡Hijo!¡Hijo! Los chicos del barrio te esperan.

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