Trabajadores de Télam y el pañuelazo, intervención artística con memoria histórica

En cada aniversario del golpe de Estado de 1976, las intervenciones artísticas callejeras vuelven a decir presente con el Pañuelazo, una acción colectiva que replica los pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en todos los rincones del país.

Trabajadores vuelven a decir presente con el Pañuelazo.

El reclamo popular de Memoria, Verdad y Justicia estuvo marcado históricamente por la ocupación del espacio público como forma de reclamo y desde siempre fue acompañado por intervenciones artísticas que dejaron huella del reclamo en las calles. Este año no es la excepción.

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Los días previos a la marcha del 24 de marzo de este año tuvieron como impronta una acción artística colectiva que se replicó en decenas de ciudades del país y que consistió volver a sacar a las calles los históricos pañuelos de las Abuelas y Madres.

Escuelas, sedes universitarias, oficinas públicas, locales partidarios y, sobre todo, las plazas de centenares de barrios lucen ahora los pañuelos blancos, muchos intervenidos artísticamente, lo que las convirtió en pequeñas Plazas de Mayo descentralizadas donde ahora en adelante el esparcimiento también va a ser un llamado a la memoria en un momento en el que los derechos humanos distan de estar entre las prioridades de la agenda oficial.

Este tipo de acciones artísticas no son una novedad en las luchas por los derechos humanos: al contrario, la ocupación del espacio público está en la misma génesis de la lucha por los derechos humanos y el arte siempre fue una herramienta que le puso color a los reclamos, pero también dramatismo.

En los umbrales de la democracia, en septiembre de 1983, la tercera Marcha de la Resistencia concluyó con el centro de la ciudad de Buenos Aires empapelado de figuras humanas que representaban a los desaparecidos.

El proyecto surgió como idea de los artistas Julio Flores, Guillermo Kexel y Rodolfo Aguerreberry, que les propusieron a los organismos defensores de los derechos humanos repartir miles de figuras de personas para que los manifestantes los pegaran y escribieran alguna consigna en ellos.

El resultado fue impactante y repercutió en las generaciones siguientes, que todavía hoy continúan replicando estas acciones (y las luchas).

Indudablemente, otra experiencia, mucho más reciente, que marcó un antes y un después en acciones de este tipo fue el Grupo de Arte Callejero (GAC), que como parte de ese trasvasamiento generacional tomó la posta de la intervención urbana principalmente en los escraches que la agrupación Hijos hacía contra los genocidas.

La señalética que reproducía la estética oficial pero que señalaba la distancia de un ex Centro Clandestino de Detención o la casa de un militar violador de los derechos humanos fue el punto de partía desde donde el GAC, que este año cumplió dos décadas, se implicó en demandas feministas y en contra de la violencia institucional.

Si se trata de valorar las formas de intervención del espacio público, otra referencia poderosa es el trabajo de Barrios por la Memoria, un colectivo de artistas empecinado en poner en evidencia los alcances del terorrismo de Estado a través de la colocación de baldosas en la puerta de las casas, edificios, lugares de trabajo o estudio donde fueron secuestrados los desaparecidos.

Algunas veces por iniciativa propia, otras por pedido de los vecinos, este colectivo realiza baldosas de manera artesanal en las que figuran los nombres, la edad y las circunstancias en las que dieron las desapariciones. Y eso vuelve a una ciudad un espacio de memoria en sí misma.

 

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