Navidad: el centro en la periferia

Los pastores de Belén fueron los primeros que recibieron el anuncio del nacimiento del Salvador (Lc 2, 8-21); lo recibieron con sorpresa y temor que desbordó enseguida en una inmensa alegría. Los ángeles les contaron que el Salvador podía ser reconocido en un Niño acostado en un pesebre.

Saludo navideño de monseñor Dus.

Por Ramón Alfredo Dus, Arzobispo de Resistencia

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Ellos, pobres y alejados del ambiente religioso, fueron a Belén y comprobaron esa verdad. Al ver al Niño recién nacido, a su Madre y a un padre silencioso narraron su experiencia, y fueron también los primeros anunciadores del misterio que alumbró en sus campos, en la noche de Navidad. José y María habrán experimentado, en medio de su soledad y desamparo, que todo el cielo se ocupaba de proclamar al Mesías de Dios que los hacía familia.

Los pastores de Belén nos ayudan a mirar las cosas desde la periferia. En la noche, velando en medio de su pobreza recibieron la novedad que puede cambiar sus vidas y no se quedaron quietos: creyeron, salieron y encontraron. Salir de su lugar, los hizo encontrar a Jesús, a María, a José, y llenarse de alegría. Su fe descubrió en signos cotidianos y pobres la presencia de un Dios que salva en ese Niño, centro de todo anuncio, centro de las miradas y centro del corazón de sus padres.

Navidad nos recuerda así que el centro de la Salvación se manifestó, apareció y eligió situarse en la periferia del mundo de entonces: en una ciudad muy pequeña del país, recordada en profecías pero sin otra importancia. Jesús, el Hijo de Dios quiso empezar su camino humano compartiendo la falta de una casa, de una tierra libre y de una esperanza de redención.

En Navidad Jesús, que también es nuestro centro, nos ayuda a mirar las cosas desde la periferia, o mejor a “descentrarnos”. Si nuestro centro es territorial porque vivimos en el centro de la ciudad, del pueblo… por Jesús se hace necesario mirar entonces la realidad que viven los que están en nuestras periferias.

Pero como también nuestro centro puede ser vivencial, a veces seguros en nuestro trabajo o profesión no nos interesamos demasiado por la gente que atendemos. Nuestro centro puede ser la propia autorreferencia, instalados en un modo de vivir para que nadie nos invada o rompa la comodidad; mirar hacia afuera nos desafiará al compromiso y a la generosidad.

“Descentrarnos” en Navidad nos mueve al camino de la alegría y la felicidad que es fruto del don de sí mismo hacia los otros; nos invita a la confianza, a creer en la bondad de la inmensa mayoría de la gente y en la misericordia del Padre. A descubrir en el mundo cotidiano en el que nos movemos donde existe un misterio de gracia que se hace luz por el amor concreto que vive la gente y la expresa en gestos y obras. Estas actitudes afirmarán siempre y mejor nuestra personalidad cristiana y nos hará mensajeros de buenas noticias como los pastores de Belén.

El Niño de Belén nos invita a descentrarnos para ampliar la mirada, integrar lo distinto o diferente y tocar las llagas de esa humanidad que vive cercana a nosotros y que sufre por falta de educación, de compañía, de esperanza y de fe en que se puede cambiar.

Todos estamos gozosamente alentados como los pastores de Judea a tener los ojos fijos en Jesús, autor y consumador de nuestra fe (Hb 12,2), para que la estrella de Belén ilumine el camino de muchos que buscan con sinceridad de corazón y puedan sentir la alegría de un encuentro.

 

 

 

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