Documento del Primer Foro por el Centenario la Reforma Universitaria realizado en Resistencia

Con la presencia de personalidades destacadas de la educación y la cultura nacional y provincial, el Primer Foro Nacional por el Centenario de la Reforma Universitaria se realizó el sábado 9 de diciembre en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional del Nordeste. Difundimos el documento elaborado al final del encuentro.

Documento del Primer Foro por el Centenario la Reforma Universitaria realizado en Resistencia

Documento del Primer Foro por el Centenario la Reforma Universitaria de 1918:

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“Hay que emanciparse de los imposibles, de todo aquello que nos dijeron que no existía, o peor aún, que no se debía buscar” (Macedonio Fernández)

La Argentina de la reapertura democrática, se refundó después de la dictadura cívico-militar del ’76, sobre la base de dos grandes acuerdos concebidos como contratos sociales, o mejor como dos pactos civilizatorios: la educación pública como derecho social y su tradición igualitarista (la que ya venía de lejos, desde lo mejor de nuestro linaje histórico) y las banderas de los derechos humanos, de Memoria, Verdad y Justicia, contra toda forma de impunidad y venganza, para abrir nuevos horizontes a la vida democrática, entendida como el ejercicio de la ampliación de derechos; para unir lo que aparecía enfrentado: los derechos de primera generación, los de las libertades individuales, y los de segunda generación, los que promueven la igualdad: los sociales, económicos y culturales, y también los de tercera y cuarta generación.

Nosotros, que provenimos de una diversidad de tradiciones políticas que podemos identificar como pertenecientes al amplio campo nacional, popular, democrático y progresista, nos reconocemos en esos dos grandes acuerdos, que caracterizaron buena parte de las políticas públicas e imaginarios sociales entre 1983-1989, y luego, de 2003 a 2015, el tiempo histórico de la otra refundación nacional y cultural.

Pero hoy ambos acuerdos de ese contrato social que hacen a nuestra democracia están en serio peligro: la memoria acosada por diferentes formas de negacionismo, y la educación pública libre y gratuita, porque con memoria y aspiración igualitarista no se puede disciplinar cultural y socialmente a los sujetos de derechos para convertirlos en consumidores, clientes, meritócratas, emprendedores de sí mismos cuyo único credo debe ser el deseo individual formateado por los algoritmos de construcción de subjetividad y sentido común de ese proyecto cultural que es el neoliberalismo.

Por eso, para nosotros, rememorar el centenario de la reforma universitaria de junio de 1918, equivale a resignificar los postulados de la reforma, pero no por separado, sino re articulados a partir de las preguntas de qué clase de universidad queremos y necesitamos para qué clase de proyecto de nación soberana del siglo veintiuno. Y qué profesionales, qué clases de conocimientos para quiénes, por quiénes y con quiénes pensar, producir y hacer circular esos conocimientos que indaguen, rediscutan y redefinan con inteligencia, sensibilidad y coraje las definiciones de realidad y lenguajes desde los cuales hoy se nos impone pensar y hablar.

Por eso denunciamos como mecanismo de dominación a la atomización y fragmentación del conocimiento, el que busca evitar la mirada totalizante, esa gran desaparecida por la dictadura y el autoritarismo de mercado de los ’90.

Por eso nuestra primera definición, parafraseando al Deodora Roca de 1936, es: no puede haber reforma universitaria de la emancipación, sin reforma social emancipadora.

Por eso para discutir qué clase de universidad necesitamos precisamos un gran debate, un gran Congreso Pedagógico, con todos los sujetos protagonistas de la vida de la educación superior y de la educación pública en general, es decir, con toda la comunidad. Porque necesitamos una Ley de Educación Superior que se proponga un aporte significativo para la justa redistribución de la riqueza material y simbólica del país.

Una ley de educación superior que establezca a la autonomía universitaria también, y, sobre todo, respecto de los intereses de los grandes monopolios y corporaciones que son los poderes fácticos que penetran los planes de estudio de las carreras como formadores de lo que conciben como sus propios recursos humanos.

Una ley superior que se proponga producir una ruptura epistemológica con las matrices y paradigmas del positivismo y economicismo que nos quieren “neutrales” y “objetivos” -es decir, colonizados-, como mascarones cientificistas de proa del neoliberalismo que mercantilizó, durante la larga década del ’90,casi todos los rincones de la vida universitaria.

Por eso, precisamente. Porque primero decimos esto: que queremos vivir y construir una nación soberana, democrática, justa, libre, latinoamericana y emancipada cultural y pedagógicamente, podemos entonces plantear qué clase de resignificación proponemos hacer de los postulados de la reforma. Porque la política cuando se asume como liberadora-emancipadora (como la sostenía la ley Taiana, en 1974), es reinvención que convierte lo que se piensa imposible en lo necesario, en lo deseado, como el agua y el aire para vivir.

Por eso reivindicamos el legado antiimperialista, antioligárquico, antielitista y latinoamericano de los jóvenes reformistas de 1918.

Por eso reivindicamos la gratuidad, condición de posibilidad de la aspiración a igualdad, que garantizó el peronismo en 1949, así como también la creación de la universidad obrera, la UTN.

Por eso reivindicamos el obrerismo de la reforma del 18. Por eso nos reconocemos en la universidad del despertar ideológico del 1966, la de mayo de 1969, la de la verdadera unidad obrero estudiantil en las calles.

Por eso reivindicamos la universidad vedada a la memoria, la del 73-74, la que Mariano Grondona estigmatizó como la de la mezcla maldita, la de jóvenes de clase media con los de la obrera; la de la ruptura epistemológica con las tradiciones de la dominación.

Pero también reivindicamos la universidad de la reapertura democrática, la de la recuperación de las libertades individuales y la vida democrática institucional.

Y nos reconocemos hermanos y hermanas de un clima de época, el de 2003-2015, que fue posible, porque existió la osadía política de disputar la redistribución de la riqueza material y simbólica, con políticas públicas inclusivas. La que llevó el presupuesto educativo a superar los 6 puntos de PBI (su punto de partida había sido en 2003, el 3,2 por ciento); la que hizo retornar a más de 1000 científicos e investigadores de primer nivel a nuestro país.

La de las 17 nuevas universidades y de las primeras generacionesde estudiantes universitarios, en familias que no tenían destino alguno en el país que se caía a pedazos en diciembre de 2001. 

La que define que no hay democracia plena sin respeto a la diversidad cultural, lingüística, étnica y de género. La que define que no hay descolonización sin despatriarcalización del lenguaje y el pensamiento.

La que piensa trabajar con y no para los pueblos originarios, porque no son mero pasado o memoria, sino también presente. La que los entiende como lengua y tierra, juntas, no separadas.

Porque si permitimos que la educación sea definida como bien transable, como servicio, porque si avanzan los cierres de institutos de educación superior, o formas de tercerización o privatización, porque si desaparece el estado como conductor de la educación y nos gana el corazón la antipolítica, entonces podremos llegar a junio de 2018 con el pellejo vacío de la reforma como visita al panteón de lo que ya fue, para evocarla como conservadores de un ritual vaciado de sentido interpelador. Ser herederos de la reforma, por el contrario, es asumir los desafíos de este tiempo de avasallamiento de nuestros derechos colectivos.

Por amor a los que ya no están. Porque también somos los estudiantes y docentes desaparecidos que nos faltan.Por amor a los que hacen que estemos aquí, las mujeres y hombres de a pie de nuestro pueblo.Por amor a quienes no pueden estudiar y también nos faltan. Porque como decía Walter Benjamin, “sólo por amor a los desesperados, conservamos todavía la esperanza”.

Por esa forma de concebir el amor entendemos que militar por la defensa irrestricta de la educación como derecho social, es la búsqueda de la democracia como ampliación sustantiva de derechos, los que sólo se conquistan si nos asumimos como herederos de la memoria y protagonistas de la política, que es la historia del presente.

Resistencia, 9 de diciembre de 2017.

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