El día en que el genocida Videla visitó el Chaco

Fue hace 41 años. El 8 de agosto de 1976, el fallecido genocida, en su rol de presidente de facto, visitó Resistencia y Castelli. Hizo de anfitrión el gobernador del Chaco de facto, Facundo Serrano. Había pasado poco más de cuatro meses del golpe de Estado que derrocó a María Estela Martínez de Perón, marcando el inicio de la más sanguinaria dictadura que azotó al país.

El genocida y presidente de la Nación de facto, Jorge Rafael Videla junto al gobernador de facto del Chaco, Facundo Serrano.

La nariz como flecha. El cuerpo flaco pero macizo. El bigote prolijo, la gorra, el uniforme de milico. La mirada que apunta y dispara.

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Su imagen no deja de impactar. El 8 de agosto de 1976, el dictador Jorge Rafael Videla, por ese entonces dueño de la vida y la muerte de todos los argentinos, pisaba el Chaco. Hacía poco más de cuatro meses que había tomado el poder por asalto apoyado por civiles y militares que veían en él a un militar “moderado”. Y por sobre todo, a un garante de la libertad de mercado y la desregulación de la economía, a fuerza de secuestros, tortura y muerte.

La cobertura periodística de esa recorrida presidencial por el Chaco fue un panfleto. Para el diario El Territorio, todo es perfecto en la visita de Videla. La gente, según los medios, lo ama. Lo saluda, lo recibe con carteles. Los niños lo besan.

Las imágenes son estas: Videla bajando del avión en el Aeropuerto de Resistencia, secundado por varios militares. Videla haciendo la venia a un soldado, con un gran despliegue castrense de fondo. El gobernador de facto, Facundo Serrano, siempre a su lado.

Y siguen: Videla saludando a unos niños con guardapolvos. Videla siendo recibido por gente del campo en Castelli. Chacareros con tractores, muchos tractores, en hilera prolija, esperando ansiosos. El folclorista, Argentino Luna, sonriendo a pleno, arriba de un caballo, escoltado por varios gauchos, disfrutando de la visita presidencial.

Luego se ve a Videla caminando los pasillos del municipio de Resistencia, junto al comisionado municipal, José Schenone. Y a Videla recibiendo las llaves de la ciudad, siendo declarado Ciudadano Ilustre de la capital chaqueña.

Los motivos de la visita son bastante vidriosos. En las notas de la época se mencionan cuestiones vinculadas al “desarrollo socioecómico y geopolítico” de la provincia, la futura pavimentación de la ruta Juana Azurduy y la “colonización” del interior provincial para la expansión de la frontera agropecuaria, bautizado como la “Campaña del Oeste”.

Pero, ¿a qué vino, realmente? ¿A hablar sobre el bienestar del Chaco, sobre obras y fondos? ¿O a bajar directivas sobre la Represión Ilegal? ¿Saber cómo iba la “limpieza ideológica”? ¿Cúantos “subversivos” estaban presos en la Alcaidía, la U7 o la Brigada de Investigaciones? ¿Cuántos ya fueron asesinados? ¿Cuántos más debían morir?

Ese año, el primero de la dictadura, fue el más sanguinario para el Chaco. Según el Registro Único por la Verdad, desde 1976 a 1983, se registraron 39 asesinatos y desapariciones en la provincia. Dos tercios de estos se cometieron durante 1976, año de la Masacre de Margarita Belén.

Pasaron 41 años de aquella visita. Y hace casi cuatro que Videla está muerto. El 17 de mayo de 2013, a las 8.25,lo encontraron sin vida sentado en el inodoro de su celda de Marcos Paz.Tenía 87 años. Murió de viejo.

Sobre él pesaban tres condenas a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad y estaba procesado en otras 21 causas, que tenían como víctimas a 1.300 personas. Lejos de toda pompa y del bronce, con los que él seguramente soñaba, su funeral fue sin honores militares. Iba a ser enterrado en la localidad bonaerense de Mercedes, pero una protesta del pueblo lo impidió. Terminó sepultado en una tumba anónima en el Parque Memorial de Pilar.

Dejó este mundo defendiendo la idea de que liberó a la patria del “marxismo” por medio de “una guerra justa”. También respaldó la clandestinidad como forma de exterminio al señalar que “no se podía fusilar” públicamente porque “la sociedad argentina no se hubiera bancado los fusilamientos”.

Nunca se arrepintió de lo que hizo. Tampoco dijo dónde estaban los cuerpos de los desaparecidos. “¿Dar a conocer dónde están los restos? ¿Pero, qué es lo que podemos señalar? ¿El mar, el río de la Plata, el Riachuelo?”, le reconoció Videla al periodista Guido Braslavsky, en 1998, en el marco de la investigación para el libro El Dictador. “Se pensó en ese momento, dar a conocer las listas”, prosiguió. “Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo”.

Videla no murió solo. Se fue al infierno con todos sus secretos.

Imágenes: De la muestra “Videla, genocida ilustre”, realizada en el Museo de Medios del Chaco  (Fotos del diario El Territorio) 

Texto: Bruno Martínez

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