Ramón Carrillo y los profetas del odio

El Dr. Ginés González García recuerda la obra del ministro de Salud de Juan Domingo Perón tras la absurda polémica desatada por los medios concentrados por la posibilidad de que su figura sea incluida en los futuros billetes de $ 5.000.

Dr. Ramón Carrillo.

Por Ginés González García

Uno de los mayores honores que me dio la vida fue haber tratado largamente con las familias de Ramón Carrillo y Arturo Oñativia. Tuve así oportunidad de averiguar más sobre el trasfondo de muchas de sus acciones públicas y privadas, que fueron fiel reflejo de las ideas y los valores humanistas de los dos principales movimientos populares de la historia argentina.

Por eso impulsé desde el Estado varios homenajes a su memoria: sus figuras ya son de todos los argentinos y deben estar excluidas de las miserias lamentablemente tan frecuentes en las disputas partidarias.

En estos días surgió una nueva oleada de difamación pública contra Carrillo. Por razones obvias pensaba permanecer al margen de esta cuestión, pero me obliga a escribir estas líneas el hecho de que esta vez no solamente hayan participado los necios de siempre, sino también representantes diplomáticos de otros países.

Ramón Carrillo fue el primer secretario y luego ministro de Salud Pública de la Nación. Ocupó esos cargos durante más de ocho años, durante los cuales se duplicó la red de atención de salud, se construyeron cientos de hospitales y miles de centros de atención primaria, se redujo significativamente la mortalidad infantil, aumentó la longevidad, se erradicó el paludismo y la desnutrición severa, se mejoró la formación de los profesionales de la salud, se crearon políticas de prevención innovadoras, se fundaron varias decenas de institutos de salud, entre otros muchos hechos que explican por qué su nombre sigue vigente en la memoria de millones de argentinos.

Murió pobre, exiliado en Brasil, a los 50 años de edad, en 1956. La dictadura militar de ese momento impidió que su cuerpo fuera repatriado. ¿Por qué? Porque además de sus muchas virtudes, Carrillo tenía un defecto insalvable: era peronista.

La mayor parte de lo que dicen y dijeron los detractores de Carrillo fue largamente desmentido por investigaciones científicas que se pueden conseguir en cualquier librería. Pero nada alcanza. No son bienvenidos los rigores de la ciencia para deshonrar a los patriotas: basta que alguien diga cualquier disparate, sin la menor documentación a mano, o incluso falseando pruebas disponibles, para que lo dicho sea tomado como verdad revelada hasta el fin de los tiempos.

En fin. La vida es demasiado corta como para perder tiempo detallando acusaciones tan flojitas de papeles como estas. Seguramente seguirán inventando nuevas y las agregarán a las viejas, buscando combustible barato para alimentar su odio.

Alguna vez escribió Carrillo: “Mientras organizaba primero la Secretaría de Salud Pública y planeaba después el futuro Ministerio hasta concretarlo en obras y funciones, no chocaba con nadie ni recibía tiros desde ningún ángulo. Pero luego, cuando estuvo todo armado y la máquina comenzó a funcionar y crecer con sus resortes y engranajes, concluyó para mí la paz y la tranquilidad. Ni siquiera faltaron francotiradores que afinaran conmigo la puntería”.

Esos tiros terminaron matándolo a los pocos meses, y todavía le siguen apuntando. Sin embargo, su obra magnífica sigue en pie y es motivo orgullo para el pueblo argentino.

VIAPublicado en clarin.com
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