Nunca más

“Y ahora miro atrás un poco y hace tanto que pasó, y todo lo que yo amaba ya no es mío y se escapó".

Por Mariana Saife

En pijama rosa y con los pelos revueltos, entro al estudio. Dejo la taza de café humeante sobre el escritorio y enciendo el portátil. Mientras se enciende, miro la taza grabada con las imágenes de Don Quijote y Sancho, que destacan contra el fondo blanco, el sol en la esquina y varios molinos de viento. Don Quijote, extremadamente delgado, está sentado sobre Rocinante. A la izquierda se ve a Sancho sobre su asno.

En el Explorer tecleo www.elpais.es y me sorprende el siguiente titular “Muere el ex presidente argentino Alfonsín”. Levanto la vista y veo por la ventana que el día despunta claro, luminoso. Bebo un sorbo de café y me empapo de recuerdos y nostalgias, la vuelta a la democracia, mi primera experiencia de participación, el primer amor.

En 1983 Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales con un 52% de los votos. Regresaba la democracia y la Argentina vivió una fiesta: renació la vida, renacieron las esperanzas. Yo no pude votar en esas elecciones porque aún no había llegado a los 18 años. De todos modos, de haber podido, lo hubiese hecho a la formula peronista. Ser peronista, más que una elección meditada y razonada, era por ese entonces un sentimiento que se me trasmitía vía paterna.

Aunque ganó Alfonsín, la noche que nos enteramos de los resultados electorales, el 30 de octubre, igual brindamos con amigos y vecinos por el regreso de la democracia, con los ojos de lágrimas sintiendo que el doloroso exilio de mi tía llegaba a su fin. Al fin podríamos reencontrarnos con ella, luego de nueve años de ausencia obligada.

El 10 de diciembre, Alfonsín asumió la presidencia y pocos días después creó un organismo de investigación formado por un grupo de notables, entre los que figuraban Ernesto Sábato, René Favaloro o Gregorio Klymosky. Su objetivo era reunir testimonios y pruebas sobre lo sucedido con las personas desaparecidas durante la Dictadura Militar.

Las manifestaciones donde exigíamos saber la verdad se sucedían a la largo de toda la Argentina, las marchas de las madres de plaza de mayo se hacían cada vez más concurridas, las madres preguntaban a gritos: ¿Dónde están nuestros hijos? ¿Dónde están los centenares de bebes nacidos en cautiverio? Y yo cantaba, como muchos otros compañeros del cole, “mama la libertad siempre la llevarás dentro del corazón, te pueden corromper, te puedes olvidar. pero ella siempre está”, Inconsciente Colectivo se convirtió en un himno de los 80.

Durante 1984 yo cursaba segundo año en el Colegio Nacional José María Paz de la ciudad de Resistencia y me abría a experiencias nuevas. Traspasé los límites de mi división y mi barrio para comenzar a conocer a gente de otras divisiones y de los cursos superiores. Ese año hubo elecciones estudiantiles, y pudimos elegir a nuestros representantes estudiantiles y a los delegados de curso.

Tímidamente comencé asistir a las reuniones que organizaba el Centro de Estudiantes para ampliar la participación e implicar en distintas propuestas a los demás alumnos. Allí conocí a un grupo de chicos y chicas entusiastas y curiosos que, a pesar de nuestra supuesta inmadurez, deseábamos comprometernos, implicarnos. Nos preocupaba el destino de nuestro país que, en definitiva, sería el nuestro, nos interesaban temas atinentes a nuestra vida escolar y nuestra educación, pero también temas como la deuda externa y los derechos humanos.

Allí conocí a María Teresa, la presidenta del Centro, a quien aún conservo como una amiga del alma a pesar de la distancia geográfica, y con quien me reunía por las tardes en el patio de su casa para leer la historia no oficial y tomar mate cocido, convencidas de que la historia de los manuales era una versión edulcorada e interesada, una versión de los hechos: “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. Y a Pablo, un chico de segundo como yo, pero de otra división. Teníamos casi la misma edad. Poco a poco fuimos haciéndonos amigos.

En los gustos no coincidíamos mucho. Yo me decantaba más por los cantautores y la canción protesta. A mis nuevos compañeros yo le parecía musicalmente un poco anacrónica y se reían de mí. Pablo era fan de Charly, un poco influenciado por su hermana mayor. Los dos leíamos la revista Humor. Yo prefería las notas de José Pablo Feiman. Pablo en realidad se llama Pablo José y yo me reía mucho con esta coincidencia insignificante. Él prefería las notas de Enrique Vázquez.

Tampoco coincidíamos en las tradiciones político- partidarias: él radical, yo peronista. Pero con Pablo se podía charlar y divertirse, complementaba bien las dos cosas y se convirtió para mí en alguien especial.

El 20 de septiembre de 1984 la Comisión Nacional entregó el informe que contenía testimonios sobre lo que les ocurrió a los desaparecidos, cómo los secuestraban, cómo era la vida en los centros clandestinos de detención diseminados a lo largo de todo el país. Y recogía la masacre de Margarita Belén, en el Chaco, donde 22 militantes políticos y sociales fueron asesinados el 13 de diciembre de 1976. Una parte de aquellos testimonios fueron más tarde publicados en libro Nunca Más. Nosotros no podíamos permanecer indiferentes ante el horror.

El 13 de diciembre de 1984 sucedieron cosas significativas en mi vida. Esa siesta de verano tórrido fuimos a la pileta con Pablo, nadamos, tomamos sol y nos sentamos a la sombra de un enorme gomero a charlar sobre cómo conformar una lista de candidatos para las elecciones del Centro de Estudiantes. Sobre la ventaja de conformar una lista plural e independiente de los partidos políticos e ir dibujando nuestra filosofía, que nos distinguiría de otras listas.

Nuestra idea de Centro era ser independientes de los partidos y comprometernos con la realidad política y social de la provincia y el país. De pronto Pablo me besó y casi sin querer pasamos de la amistad atracción a algo emocionalmente más fuerte. Y a eso de las seis de la tarde partimos los dos a la manifestación que se realizó en apoyo a los familiares de desaparecidos del Chaco.

En una esquina de la Plaza Central nos encontramos con el resto de compañeros que llevaban una pancarta que decía “Nunca Más. Centro de Estudiantes secundarios del Colegio Nacional José María Paz”. Los estudiantes universitarios y los familiares de los desaparecidos nos acogieron con aplausos y saludos, fuimos el primer centro de estudiantes secundarios de la ciudad de Resistencia que se movilizaba en defensa de los derechos humanos. Y nosotros estábamos orgullosos de nuestro compromiso con la vida.

En el año 1985 comenzó el juicio oral y público a los ex integrantes de las juntas militares que se sucedieron en el gobierno durante la dictadura, y yo quería juicio y castigo. Nos presentamos a elecciones, que ganamos con nuestra lista llamada Participación Estudiantil. Durante ese año nos empeñamos en desterrar de nuestras aulas, pasillos y recreos la atmósfera marcial que aún imperaba y que muchos profesores se negaban a abandonar. Pero a la dirección escolar no le quedó más remedio que dialogar con nosotros y ceder a nuestras peticiones, ya que presentábamos argumentos y sabían que contábamos con muchos apoyos externos.

El uniforme dejó de ser obligatorio y pronto los grises uniformes fueron reemplazados por jeens gastados y pulloveres multicolores, y también dejamos de formarnos a la salida y dejar de poner música nacional en los recreos. Y pudimos trasladar el debate que a nivel nacional se hacía sobre los derechos humanos a nuestras aulas, pasando en horario escolar la versión audiovisual del Nunca Más.

Organizamos un huelga de bolsillos caídos que consistió en persuadir a todo el alumnado para que durante toda una semana no comprara nada en la cantina escolar, pues los precios de nuestros sandwiches aumentaron desorbitadamente.

Al finalizar el año rompí con Pablo. Una tarde le comuniqué mi determinación de acabar nuestra relación.

Llegó el año 1987 y temimos que los brujos regresaran a nublarnos el camino y arrebatarnos la democracia. Salimos a la plaza para impedirlo. Alfonsín nos dijo Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Y sí, en eso llevo razón.

Luego vino la ley de Obediencia Debida y de Punto Final que permitió que muchos militares no fueran juzgados ni condenados. Alfonsín cedió a las presiones de los carapintadas y pactó. Ese año terminamos el colegio y teníamos que decir qué carrera seguir, dónde estudiar.

Pablo se fue de la ciudad sin despedirse y yo no volví a verlo nunca más.

 

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