Una campaña que le costó al país 22.800 millones de dólares

Cómo el Gobierno incubó la debacle que se manifiesta ahora. Fuga, crisis cambiaria y alternativas de salida de un modelo inconsistente. El precario esquema montado por Hernán Lacunza como respuesta a la herencia que le dejó Nicolás Dujovne terminó el viernes, con la campaña electoral. ¿O alguien supone que el lunes se puede seguir igual?

David Cufré, periodista económico y columnista de Página 12.

Por David Cufré

El viernes terminó la campaña electoral más cara de la historia. Le costó al país 22.800 millones de dólares en reservas del Banco Central solo para que Mauricio Macri pudiera realizar el “Sí, se puede” tour con una cotización de la divisa un poco menos explosiva de lo que ya es. 22.800 millones de dólares es la sangría de reservas desde las PASO hasta ahora, en apenas dos meses y medio.

Semejante cantidad de dinero, que representa cuatro veces lo que se invirtió en su momento para recuperar YPF, no sirvió para tranquilizar al mercado, restablecer la confianza y estabilizar las principales variables. Simplemente se gastó a discreción para cubrir la retirada de un Gobierno que registra la peor gestión económica desde la recuperación democrática, lo cual no es poco decir.

Batió récords de inflación, pobreza, desocupación, cierre de empresas, achicamiento industrial, concentración de la riqueza, fuga de capitales y endeudamiento, entre otros hitos, tomando datos oficiales desde la crisis de 2001 y en algunos casos en términos históricos. El precario esquema montado por Hernán Lacunza como respuesta a la herencia que le dejó Nicolás Dujovne terminó el viernes, con la campaña electoral. ¿O alguien supone que el lunes se puede seguir igual?

No, es obvio que el lunes empezará otra historia. El Gobierno deberá tomar medidas para cambiar el rumbo del país, que hace más de un año y medio se dirige con increíble desaprensión hacia un final horroroso, con devaluaciones descontroladas, default e hiperinflación. Como se planteó en esta columna tantas veces, la política económica de Macri desemboca en una combinación de los peores traumas nacionales, representados en las crisis de 1989 y 2001.

No falta mucho para eso y si no hubiera un cambio radical desde pasado mañana se producirá bastante antes del 10 de diciembre, generando un estrés social y político desmesurado, que pondrá en riesgo la continuidad del presidente Macri para entregar el mando en tiempo y forma, si es que los votantes le dieran el triunfo a la oposición en los comicios de mañana.

Incluso si Macri pudiera llegar al ballotage tendrá que anunciar medidas que ordenen la política cambiaria antes de que vuelvan a abrir los mercados. Salta a la vista que lo que vienen haciendo el Gobierno y el Banco Central no funciona. De lo contrario, el dólar no hubiera subido 17 pesos desde las PASO ni se hubieran perdido tantas reservas.

Es necesario aclarar, para evitar confusiones intencionadas, que los problemas no arrancaron después de las elecciones primarias, sino que la inconsistencia del modelo de Cambiemos se hizo evidente ya en abril de 2018, cuando se quedó sin crédito externo y se desató la primera corrida hacia el dólar. En ese momento el billete verde valía 20,50 pesos, ayer cerró a 65, bastante más del triple en solo un año y medio.

Las salidas de Federico Sturzenegger y Luis Caputo como presidentes del Banco Central y de Dujovne como responsable de la economía demuestran que el fracaso es de larga data. También el acuerdo desesperado que se pactó con el FMI sin pasar por el Congreso, lo mismo que las sucesivas renegociaciones. El Gobierno incumplió las metas de manera sistemática y hoy el convenio está caído. No por la derrota del oficialismo en las PASO, sino por cómo Cambiemos gestionó la economía desde un primer momento.

Lo que hizo Macri desde que llegó al poder fue liberar la compra de dólares y habilitar la libre entrada y salida de capitales especulativos. Para el Presidente eso era integrarse al mundo, lo que generaría un shock de confianza y una lluvia de inversiones. De ese modo, pregonaba su equipo, se resolvería el problema estructural de la escasez relativa de divisas (restricción externa). Pero lo cierto es que nada de eso sucedió. La Argentina quedó atrapada en las redes de un modelo de valorización financiera, con tasas de interés que impiden la producción y el consumo y dan ganancias extraordinarias a sectores concentrados del capital.

La producción, el empleo, los salarios y las jubilaciones pagaron las consecuencias. Junto con ello, Macri abrió la economía a las importaciones y provocó otro colapso fabril, al punto que en la actualidad el 40 por ciento de las máquinas están apagadas en la industria. Sobre ese esquema, avanzó hasta donde pudo con reformas estructurales, como los cambios en la ley de movilidad previsional, y si no fue más allá, por ejemplo con la reforma laboral, fue porque la resistencia social se lo impidió.

Las especulaciones sobre las medidas que anunciará el Gobierno una vez conocido el resultado de las elecciones son múltiples. Si comenzara una transición con un nuevo gobierno, esas acciones deberán ser consensuadas, al menos en los aspectos centrales. La transición no puede repetir la experiencia que se vivió desde las PASO. La necesidad de lograr una estabilización es urgente.

Una de las opciones en danza es el desdoblamiento del mercado de cambios, con un dólar comercial más barato para las exportaciones e importaciones y otro financiero con una cotización superior, determinada en mayor medida por la oferta y la demanda. Este dólar sería para atesoramiento, turismo, pago de deudas y otros usos.

Jorge Carrera, ex jefe de investigaciones económicas del Banco Central durante el gobierno anterior, publicó estos días un paper analizando pros y contras del desdoblamiento. Lo hizo en la revista de la Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (FIDE). Allí explica que establecer un sistema de tipos de cambio múltiples no es una situación original en el país.

“Nuestra historia reciente cuenta con más de veinte experiencias y han sido transversales a gobiernos de distinto perfil ideológico, tanto en programas económicos de corte ortodoxo como en otros más heterodoxos”, señala.

“Se usaron varias veces desde el Plan Pinedo en los años ’30 y, más recientemente, en el gobierno justicialista en los 70, en la primera etapa de Martínez de Hoz, en el Plan de 1987 posterior al Austral y en el Plan Primavera del gobierno radical, en el Plan Bunge y Born de Menem y en el plan de Cavallo antes de la Convertibilidad”, apunta. “En nuestro país, uno de los autores que más sólidamente abogó por este tipo de sistema fue Marcelo Diamand (1972)”.

Después de hacer un repaso detallado de aspectos técnicos y políticos a tener en cuenta para pasar a un sistema desdoblado, y compararlo con opciones que considera peores como la convertibilidad, la dolarización o sostener un régimen flexible como el actual, Carrera sugiere: “Las regulaciones cambiarias y los esquemas duales pueden dar más espacio a la política económica para administrar los shocks económicos y los desequilibrios que se desean corregir, pero es muy difícil lograr ese objetivo si no se logra una estructura de precios adecuada y un contexto de consistencia macroeconómica”.

De todos modos, concluye: “Aquí hemos debatido que posiblemente en la transición, un esquema dual con flotación administrada en ambos mercados puede ser más apropiado”. Es decir, con el Banco Central poniendo límites tanto en el mercado comercial, más estrictos, como en el financiero, más laxos.

Los caminos que se abren a partir de la realización de las elecciones darán lugar a debates intensos, en una coyuntura de extrema tensión. Pero hay una cosa que está clara. En la Argentina llegó la hora de barajar y dar de nuevo.