Falleció el profesor Ramón Mártir Rios, un andariego de calles y poemas

Había nacido en Resistencia un 23 de abril de 1946. Tuvo una infancia casi desemparada y una adolescencia de vivencias inconmensurables. Compartirmos con él aquellos primeros años de la Escuela Industrial de los años '60, y se nos metió en el alma y la piel de los que aún integramos el testimonio viviente de la Promoción '70. Nuestro recuerdo y homenaje, en la pluma y las caricias de Bosquín Ortega.

Ramón Mártir Ríos, y la camada de amigos del Colegio Industrial.

Este miércoles, a las 4 de la madrugada, ‘desnació’ Ramón Mártir Ríos, escritor chaqueño, oriundo de Villa Paraguay, en Barranqueras. Su deceso se produjo en el Instituto Alexander Fleming, de Buenos Aires.

Amigo de dos centurias, hombre leal y fiel, digno y honesto, ciudadano que asumió la carga pública de la docencia como un instrumento y una herramienta de crecimiento, trascendencia y concientización de la criatura en la condición humana. Comparto un recuerdo de nuestra época de estudiante, a manera de homenaje memorial al amor de su vida, historia y existencia.

Ramón Mártir Ríos, profesor de literatura, escritor y vendedor callejero.

‘Romance absoluto’ por Bosco Ortega

“No hago otra cosa que pensar en ti”.
Joan Manuel Serrat.

“Los pequeños mocasines marrones sobresalían bajo del pupitre. Parecían unas almendras simétricas, dispuestas con sereno sigilo. Una escena de Van Gogh iluminada por las ráfagas solares, pobladas de volutas suspendidas, que introducían las ventanas del aula cuatro en la facultad de Humanidades. Primera hora de clase, mitad de siesta, pleno verano.

La ayudante de cátedra de Literatura Sudamericana, Ana María Donato, divisó, perpleja, el abanico de dedos que prologaban unos pies descalzos, movidos – al unísono – en signo de distensión. Se acercó al banco del alumno y con su fino dedo punzante marcó el sitio de los empeines desnudos. Haciendo gala de su reflejo ingenuo Ramón Mártir Ríos se anticipó al reproche: – Profesora, la calle está dura.

Entre aquella jornada estudiantil, que data de 1973, y ésta vigente amistad que purifica el crisol del tiempo, asisto al romance de amorosa entrega que ha mantenido Ramón con la literatura, cuya persistencia honra el imaginario colectivo de la Universidad Nacional del Noreste. Y a la vida misma.

Veintiséis años constantes, demandó al canillita y vendedor de quiniela y lotería callejeros, la obtención del título de Profesor en Letras. Decenas de similares mocasines tributaron su salario de huellas a un mandato inquebrantable con el verbo y la palabra.

El escenario de sus andares fue, siempre, la calle y sus incógnitas abiertas. Lo imprevisible, designio de la rosa de los vientos, le cambió sucesivas y ardientes mediasuelas a su aprendizaje de itinerante. Ramoncito aprendió a leer en el libro sabio de los signos y discernió – con el instinto del instante- que el hambre es grave, hasta en su acentuación.

La infancia le configuró la propia versión del Lazarillo de Tormes: su sombra fue su casa; su hueso, su lecho; su carne, su abrigo. Arquitectura de una urgencia para proteger su incipiente libertad y que reconstruye en “Lo aprendí con madrina”, relato autobiográfico, con la implacable honestidad de quien no tuvo más interlocutor que la intemperie misma. En verdad, la calle es su madrina – su madre adoptiva – que lo acompañó en su bautismo de asombros y en su fantasía primordial. “La infancia es la patria del hombre”, sentenció Rilke.

Convicción y privación pugnaron bajo la temperatura urgente de las circunstancias: durmiendo hambres y comiendo vigilias, los menesteres del ganapán le forjaron la templanza de un guerrero de la paciencia.

Su combate tiene mística de victoria. El aura de la mañana y el aula de la escuela integran, ahora, la resonancia empírica y la consonancia didáctica de su alianza de saberes. Y, por cierto, sin dejar de caminar.

El hijo de Felicita Díaz Romero, trabajadora paraguaya y analfabeta, oriundo de Villa Centenario, mantuvo a sus dos hermanos y alimentó a sus diez hijos con el fruto ágil de su nómade oficio. Durante sus treguas de leguas escribió dos libros de cuentos, poemas, relatos y artículos.

“La literatura prueba que la vida no es suficiente”, señaló Fernando Pessoa. Así, la entiende Ramoncito Ríos y sale a buscarla, amante absoluta, por las calles de Resistencia. Todas ellas, le son propicias. Lo saben suyo”.

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