De la Rúa, el adiós

Fernando de la Rúa falleció a los 81 años. Abogado, profesor de Derecho, jurista, cordobés de nacimiento y porteño por adopción logró, merced al voto popular, ser el primer Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y presidente de la Nación.

Mario Wainfeld.

Por Mario Wainfeld

Con ese historial y varias victorias en elecciones parlamentarias es hasta hoy el dirigente de la Unión Cívica Radical (UCR) más exitoso en las urnas desde la recuperación democrática. Medido cuantitativamente, se entiende: dos grandes cargos ejecutivos aparte de diputaciones y senadurías.

Cualitativamente su figura compite en desventaja desde 1983 con la del fallecido presidente Raúl Alfonsín, su adversario interno político e ideológico.

Tal vez la Jefatura de Gobierno, híbrido de provincia e intendencia con recursos económicos, constituyó el techo de sus aptitudes. Llegó a la Casa Rosada caminando desde el municipio y contribuyó a causar la peor crisis de la historia contemporánea. La caída de FDR en diciembre de 2001 a poco más de dos años de haber asumido se concretó con la más sanguinaria represión cometida por un gobierno democrático en la Argentina.

Un ‘Chupete’ afortunado

Su buena estrella en las urnas había comenzado en 1973 cuando obtuvo la primera senaduría por la Capital a expensas del nacionalista de derecha Marcelo Sánchez Sorondo a quien el peronismo triunfante había designado con pésimo criterio para acompañar la boleta imbatible de Héctor Cámpora. A los 36 años de su edad, FDR aparentaba más por su atávico empaque.

Igual lo bautizaron “Chupete”, lo designaron candidato a vicepresidente detrás del referente boina blanca Ricardo Balbín para que enfrentaran a la fórmula Juan Domingo Perón-María Estela Martínez de Perón.

Desde entonces expresó la vera imagen del radicalismo conservador enfrentado a la figura ascendente de Alfonsín. En 1983 se enfrentaron en una interna, en la que ganó el dirigente más opositor a la dictadura, cualidad que también lo ayudó para llegar a la presidencia.

Alfonsín jamás lo quiso, lo tenía en menos: “sos de derecha, Fernando” lo gastó en el programa Hora Clave de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona. Silabeando “de-re-cha” (un demérito en su jerga) como solía hacer el líder boina blanca y pasándolo por arriba en la discusión. De la Rúa tuvo revancha.

De la Ciudad a la Alianza

Hábil para construir imagen, cultivó al padrón porteño haciendo foco en la nutrida clientela radical y en la masiva cantidad de jubilados. A estos les dedicó labor parlamentaria y un programa de radio.

La reforma constitucional de 1994, urdimbre del ex presidente Carlos Menem y Alfonsín, defería varias contrapartidas a la UCR contra el bocado de la reelección del líder peronista. La creación de la CABA, entre ellas. De la Rúa pavimentó su camino, facilitado porque el ascendente FREPASO de Carlos “Chacho” Alvarez le opuso un candidato perdidoso: el socialista Norberto La Porta. El vicejefe, Enrique Olivera (un conservador dialoguista, un caballero de la política) supo ser una mano derecha hábil, algo así como Horacio Rodríguez Larreta para Mauricio Macri años después. La fama de buen administrador quedó para De la Rúa.

Este no tenía objeciones de fuste para la política económica de Menem pero se ingenió para mostrarse como contracara de la frivolidad y corrupción del gobierno nacional, más en el estilo que en el fondo.

Chacho Alvarez y Alfonsín inventaron la Alianza, que trasuntaba la empatía entre ambos y la urgencia para batir al peronismo en 1999. De la Rúa, cerrado a las coaliciones más allá de su retórica, miraba la creación con recelo hasta que lo convencieron de que él sería el candidato. Una interna en la que goleó a la aspirante frepasista Graciela Fernández Meijide le valió de trampolín.

La campaña bien diseñada, con el astuto hit “dicen que soy aburrido”, lo impulsó hacia la Casa Rosada, acompañado por Alvarez en la fórmula, mientras Fernández Meijide iba en pos de la gobernación de la provincia de Buenos Aires. La Alianza se impuso en primera vuelta, el peronismo se quedó con la mayoría de las provincias, incluyendo Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.

La Convertibilidad que había eliminado a la hiperinflación se perpetuaba: una política monetaria que se transformaba en asfixiante política económica. Esos planes de estabilización se van tornando disfuncionales según pasan los años. Este llevaba más de ocho, un record indigesto. Era muy difícil transmitir eso a la opinión pública, De la Rúa prometía mantenerlo tal cual. “El uno a uno no se toca”, pontificaba. Acrecentaba los severos límites de la herramienta que admitía devaluar si luego se sostenía la nueva paridad peso-dólar.

La persistencia cerril acentuaba la recesión, el desempleo, un esquema ridículo de precios relativos que se heredaba del menemismo. El fetiche que fue bandera electoral devino el alfa y el omega de un gobierno sin metas cumplibles. Solo el endeudamiento externo podría sostener la ruinosa paridad, exaltada por el establishment argentino, la gran prensa internacional y los organismos internacionales de crédito.

De la Rúa la sostuvo contrayendo empréstitos exorbitantes e impagables, en secuencia suicida. Los spots en que los presenta diciendo “qué lindo es dar buenas noticias” constituyen si se los mira en perspectiva histórica documentos del legado de De la Rúa. Si se apela al sentido del humor o al sarcasmo sirven como consumo irónico. Costaron años de sufrimiento social y desolación.

Etapas de la caída

En 1989 fue el candidato porteño más votado para la senaduría nacional. La votación, en esa etapa, era indirecta: la definían “electores”, dirigentes partidarios que mediaban la voluntad ciudadana. La sabia tradición prescribía respetar el criterio de los ciudadanos, el menemismo triunfante roscó con los electores de la Ucedé de Álvaro Alsogaray que le prestaran los electores. La movida llevó a Eduardo Vaca al Congreso y le permitió a De la Rúa victimizarse, uno de sus recursos más habituales. Lo peculiar, en ese caso, es que le asistía razón.

No ocurre lo mismo con todos los argumentos que urdió para culpar a otros del fracaso de su gobierno. Este se fue pudriendo hasta caer como una fruta madura. La política económica antipopular fue clave pero no la matizaron logros en otras áreas. Reaccionario en manera de Derechos Humanos, alienado simiescamente con Estados Unidos, promotor de una reforma laboral regresiva que empeoraba la declinante situación de la clase trabajadora. Esa ley fue posible merced al viraje de muchos senadores peronistas. La “Banelco” explicaba el cambio de talante. Los tribunales absolvieron a De la Rúa y los funcionarios implicados.

El veredicto vale en materia penal: son inocentes en tal sentido… o “no culpables” como expresa con bisturí el derecho anglo sajón. Pero este cronista y muchos otros testigos sabemos que los pagos existieron incluso por confesiones de legisladores concernidos. Extrajudiciales, dichas bajo el velo del off the record, no pesan como prueba legal aunque sí como veredicto histórico.

La administración De la Rúa fue incapaz de mantener su frente interno y articular con los gobernadores peronistas. Los había de provincias grandes y más chicas, conformaban grupos diferenciables. Los funcionarios con más responsabilidad y sensatez (una minoría intensa y esforzada con el Jefe de Gabinete Chrystian Colombo a la cabeza) le encarecían al presidente pactar con algunos. De la Rúa, pródigo en frases tan resonantes como huecas (“la mesa de los grandes consensos”) se abroquelaba días tras día. Pero sí roscó con una caterva de legisladores justicialistas impresentables.

La publicidad oficial acusó al dirigente camionero Hugo Moyano: pecó por defender los ya exiguos derechos de los laburantes.

La reacción de Carlos Alvarez por el acuerdo espurio fue respondida con mala fe: se lo cercó, se tramó con la SIDE una soez campaña en su contra. La opinable renuncia del vicepresidente distó de ser un gesto destituyente como se lo hizo pasar.

Tras conformar un primer gabinete que expresaba la diversidad de la Alianza, De la Rúa se fue encerrando en un entorno que transgredía apenas los límites de su familia. La engrosaba su amigo del alma, Fernando de Santibañes, un empleado bancario que se enriqueció en un santiamén con artes dudosas, un talibán neoconservador, un frívolo incompetente al que se confió la Secretaría de Inteligencia del Estado.

La crisis corroía los cimentos del Gobierno, De la Rúa la negaba y aseguraba “estoy en la plenitud de mi liderazgo”. Solo le creían sus familiares.

Negativas y contragolpes

Las elecciones de medio término, celebradas en octubre de 2001, redondearon una catástrofe para el oficialismo que perdió literalmente millones de votos en un bienio. De la Rúa negó que el resultaron lo afectara, aduciendo que él no se había comprometido en la disputa. Sin embargo, se plebiscitaba su gestión. Alfonsín se sometió al calvario de competir contra Eduardo Duhalde en Buenos Aires: fue arrollado.

En dos meses posteriores el presidente confiscó los depósitos mediante el “corralito” pergeñado por el ministro de Economía Domingo Cavallo. Decretó el estado de sitio como respuesta a las movilizaciones populares en todo el país, policlasistas ya que participaban ahorristas de clase media y pobres que pasaban hambre.

Sin advertir la gravedad de sus decisiones, De la Rúa culpó al resto del mundo por su caída. A los gobernadores peronistas que le dieron votos en el Congreso para plasmar su programa de gobierno. A Marcelo Tinelli con quien había pactado una visita a Show Match (mediada por Darío Lopérfido) para mejorar su imagen. El acuerdo y el coaching fallaron porque entró al estudio un militante de H.I.J.O.S que increpó al mandatario, alteró el esquema pactado y desnudó su falta de swing para mostrarse simpático.

Con la revuelta popular imparable, se ensimismó en la Casa de Gobierno mientras los cosacos atropellaban a las Madres de Plaza de Mayo. Siempre adujo que fue el único argentino que ignoraba la masacre desatada en la Plaza de Mayo porque no miraba la tevé ni se asomaba al balcón… un autorretrato insuperable. Varios ministros o legisladores, incluso algunos de los más verticales, le pedían que renunciara para descomprimir. Demoró horas, que significaron pérdidas de vidas.

Siguió culpando a los “bonaerenses” (Alfonsín y Duhalde) por haberse complotado en su contra.

Dejó un país devastado, con cuasi monedas en muchas provincias. Había reducido ilegalmente los sueldos de los empleados públicos y los jubilados. In extremis llamó al titular del Fondo Monetario Internacional (FMI) Horst Köhler para pedirle disculpas, deferencia que no concedió al pueblo argentino.