Las más pobres de los pobres

¿Qué tienen que ver los femicidios con el aumento de la desocupación? Una lectura feminista de los números que golpean con crueldad sobre los cuerpos feminizados.

Mujeres de la economía popular.

Por Josefina Rosales y Mafalda Sánchez *

Hace pocos días el Indec hizo públicos los números que ya se venían sintiendo en las calles. El bolsillo se ajusta, el salario que no alcanza. Más familias en la calle, niñes pidiendo en los medios de transporte, más jóvenes cartoneando o pedaleando sin parar para las apps del consumo inmediato.

Pero sobre todo, ese clima de amargura y malhumor que explota entre la gente con un roce en la calle. Todo termina en gritos. La violencia entre nosotres. Como una manifestación cotidiana más, la violencia expresa una situación política, económica y social que nos ahoga y un sistema político que nos mantiene en constante incertidumbre.

Detrás de estos números que nos afectan a todes, también estamos nosotras: qué nos pasa a quienes garantizamos la reproducción y el cuidado de esta sociedad en un contexto de crisis, a nosotras las malabaristas o las ministras de la economía descentralizada en lo profundo de los barrios y las casas.

El feminismo vino a poner en evidencia las violencias que nos afectan específicamente a las mujeres y disidencias, es prioridad expresar lo que pasa con nuestras vidas y nuestros cuerpos con estos números con los cuales todos hacen política.

Según el Indec hubo un aumento del 28% de desempleades. 99 mil personas se quedaron sin empleo al mismo tiempo que se incrementó la población económicamente activa (PEA) en 161 mil personas. La PEA aumenta por el crecimiento vegetativo de la población pero también porque personas que no buscaban trabajo pasan a hacerlo.

Para obtener más ingresos familiares, mujeres, jóvenes, viejos y hasta niños buscan trabajar o trabajar más horas en condiciones muchas veces de extrema precarización y explotación.

De la misma forma, muchas mujeres encargadas de la producción familiar recurren al microcrédito. Éste las inserta en una cadena de obligaciones de pago que les quita la posibilidad de negarse a empleos o modos de generar ingresos. Como explican Verónica Gago y Luci Cavallero en su último libro Una lectura feminista de la deuda, este mecanismo de endeudamiento implica que se vean envueltas en un circuito de sujeción, que les impide decir que no. De este modo, la deuda explota una disponibilidad de trabajo a futuro, que afecta especialmente a las mujeres.

Para sumar datos, el observatorio de la Undav expresó que 7 de cada 10 personas con los más bajos ingresos son mujeres, y 7 de cada 10 personas con los más altos ingresos son varones.

Estos datos hablan por sí mismos, evidencian la tan nombrada feminización de la pobreza: el sistema nos necesita pobres, garantizando su reproducción, cuidando a todes de sus miserias y soportando en nuestros cuerpos la violencia que eso implica.

Mientras la Argentina alcanzó un 32% de pobreza, en la población de niñes de menos de 14 años, el número asciende a un 46,8%. En este marco, hace poco se denunció a Desarrollo Social por el desfinanciamiento de diecisiete Espacios de Primera Infancia en la provincia de Buenos Aires, en perjuicio de 1700 niñes de entre 45 días y tres años. Se suman a les 14.209 niñes de nivel inicial que quedaron en lista de espera en 2019. Sabemos que este tipo de políticas de desfinanciamiento, sumadas a la crisis de vacantes en las escuelas públicas, sobretodo para los primeros niveles, afectan especialmente a las mujeres que somos las que estructuralmente llevamos el trabajo de la crianza y las tareas de cuidado.

Sin embargo, en estas denuncias que se hacen desde los sindicatos y movimientos populares hacia los recortes y reformas del gobierno macrista, a los programas sociales y otras políticas públicas, se omite quiénes somos las más afectadas, sobre qué cuerpos recae que la mitad de les niñes esten en la pobreza, sobre el trabajo de quienes recaen los ajustes y avasallamientos a lxs jubiladxs. Esto es parte de la violencia estructural que vivimos.

El patriarcado y el capitalismo despojan, subalternizan y explotan a las mujeres e identidades disidentes pobres. Somos vulnerables a los entramados del narcotráfico y la explotación sexual que acechan nuestros cuerpos siempre, pero también a la violencia en nuestros hogares. Para la población travesti-trans, todos estos índices económicos se agravan, la expectativa de vida no pasa de los 35 años, los datos de indigencia, pobreza, desempleo, exclusión del sistema educativo y de salud crecen exponencialmente para elles.

En lo que va del año, se registraron 72 femicidios y más del 70% de los casos fueron en el ámbito doméstico. Rita Segato relaciona el aumento de los femicidios a los contextos de crisis económica, porque en estas coyunturas se desmoronan los cimientos sobre los que se construye la identidad de los varones en tanto proveedores. Los femicidios vienen a expresar una forma de reafirmar la identidad masculina y el control sobre nuestros cuerpos y vidas.

Cuando ponemos en perspectiva feminista los números de la pobreza, cuando nos interrogamos por el lugar de las mujeres e identidades sexuales pobres (más cuando son migrantes, más cuando están racializadas) detrás de los números de desempleo, precarización, desigualdad, indigencia, falta de vivienda, de educación y de salud; nos encontramos con las más golpeadas por la crisis. Con las más pobres de los pobres.

Se torna urgente visibilizar esta situación pero sobre todo seguir tramando entre esos feminismos populares que se encuentran en el barrio, en los lugares de estudio, de trabajo, y en la calle, dando respuesta a la crisis. Porque la violencia que ésta descarga sobre nosotras se lleva nuestras vidas. Y pareciera que mientras, una vez más, movimos el mundo el pasado 8 de marzo, en la Argentina hay un sistema político que no oye, que sólo mira y se acomoda hacia octubre, que de la marea verde sólo vieron el glitter y que nos quieren conformar con paridad para armar listas electorales que sólo ofrecen salidas conservadoras. Y nosotres, feministas, vinimos a cambiarlo a todo.

 

(*) Militantes del feminismo popular

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