Es ya la hora de desprenderse de los ‘talibanes’

Desde hace unos días el Gobierno se halla envuelto en nuevas escaramuzas en los mercados financieros con el fin de mantener las principales variables bajo control y evitar un alza en el nivel del dólar.

Walter Graziano, economista.

Por Walter Graziano

Los argumentos con los cuales se intenta disuadir esa alza del dólar son siempre los mismos: suba de tasas de interés, venta de dólares a futuro y absorción neta de base monetaria vía incremento en el stock de Leliq. A ello es probable que con el correr de las semanas se sume la venta directa de dólares de las reservas del BCRA pero a nombre del Tesoro, con el fin de aplacar a los mercados financieros.

Y es que a medida que el tiempo pasa y los días corren se van esfumando las probabilidades que los mercados estimaban antes como altas de un despegue de la candidatura de Mauricio Macri con respecto a Cristina de Kirchner. En tal caso, hay dos variables a considerar: el Presidente ha lanzado públicamente su candidatura, mientras que en la oposición aún nadie con chances lo ha hecho, y aun así el Presidente no puede despegarse en las encuestas.

Si a ello se le suma que buena parte del voto de los “indecisos” puede ser voto kirchnerista o peronista encubierto, surge a las claras que el Presidente se encuentra en la dura encrucijada de una probable desventaja electoral a poco tiempo de las primarias.

Como los mercados parecen haberse enamorado de Macri aún cuando el Presidente sólo ha podido repartir sangre, sudor y lágrimas entre empresas y particulares, cualquier desventaja aún cuando ésta sólo esté en el terreno de las especulaciones hace aumentar los temores a una suba del dólar y del riesgo-país. Al respecto, como ya se ha visto, la estrategia del Banco Central no han variado, comenzando con la suba de tasas de interés.

Vale cuestionar la sabiduría de esta política monetaria de querer maniatar al dólar en niveles muy cercanos a los $40 por unidad. Con el tiempo pueden surgir incómodas comparaciones con aquella intervención cambiaria que desde el Banco Central se intentara en abril de 2018 , vendiendo dólares a niveles cercanos a los $20 por dólar y que concluyó en un rotundo fracaso y duros cuestionamientos a los funcionarios que dilapidaron miles de millones de dólares a precio de remate.

Hoy hay en el sistema financiero el equivalente a unos u$s30.000 millones de depósitos a plazo fijo privados susceptibles de pasarse al dólar, a lo cual hay que sumar unos u$s12.000 millones de Lecap que también podrían buscar refugio en la divisa. Vale decir que la relación actual entre lo que puede fugar y el poder de fuego del Banco Central no es tan dispar como lo era un año atrás.

Esto quiere decir que si las autoridades no se engolosinan con políticas locas y no intentan mantener el dólar a $40, hay chances de que las ventas de dólares para frenar la suba sean más efectivas que un año atrás y logremos tener una devaluación y una inflación menores que en 2018 en sendas variables.

Si por lo contrario las intenciones oficiales son ir hacia un atraso cambiario salvaje manteniendo el dólar en torno a los $40, entonces será momento de ir pensando en ir “a los botes”, porque en tal caso el poder de fuego del mercado se puede transformar en un auténtico vendaval con el correr de los meses.

Y es que la economía argentina no está para tasas de inflación menores al 2% mensual estable en tiempo, y el dólar aún está lejos de un nivel de equilibrio en los $40 que vale hoy. La corrida cambiaria sólo fue frenada “en el aire”, y la divisa se encuentra aún lejos de un nivel de equilibrio, el cual debería producirse en un nivel que, al menos, compense totalmente las salidas de divisas en concepto de egresos de cuenta corriente de balanza de pagos.

La devaluación producida hasta aquí alcanza para equilibrar parte de la balanza comercial, pero es claramente insuficiente para equilibrar los entre 3% y 4% del PBI correspondiente a los servicios de la deuda pública y privada. El sector externo sigue siendo, por lo tanto, una fuente importante de devaluación y las reservas netas susceptibles de ser vendidas en el mercado sólo pueden servir como disuasivo, pero no como antídoto frente a una corrida cambiaria. Lo que puede hacerse es atenuar las subas del dólar.

Lo que no se puede, sin correr el riesgo de quedarse sin reservas netas de libre disponibilidad, es evitar toda suba como en forma alarmante hasta el viernes pasado había venido intentando el Banco Central aumentando las tasas hasta el 50% anual.

De persistir en este error se corre el riesgo de acercarse a la fecha de la primera y segunda vuelta de las elecciones con un nivel de reservas reales crítico, dadas las previsibles ventas de dólares del BCRA, y de momentos de gran desorden en los mercados financieros, lo que probablemente se traduciría en una importante merma adicional en el caudal de votos del oficialismo y una mayor y abrumadora ventaja del peronismo-kirchnerismo, corrientes políticas que al menos por el momento y sin causas reales están vistas como menos deseables por los mercados.

El Gobierno debe resignarse entonces a luchar contra un mercado al que debe saber que no le puede ganar. Sólo puede empatar en caso de actuar con realismo, dejando ir al precio del dólar lo más suavemente posible hacia arriba e intervenir cuando la suba se va de madre, o puede perder en caso de intentar intervenir de una manera salvaje comprimiendo el precio del dólar en la actualidad pero prácticamente garantizando alzas desmedidas más adelante, cuando las ventas ya no sean efectivas, como ocurrió en el tercer trimestre del año pasado.

En cuanto al intento de controlar al dólar con la tasas de interés ya está más que probado que ese instrumento sirve en un inicio y luego pierde toda relevancia en el mercado de cambios, al mismo tiempo que se va empinando el déficit estatal como consecuencia de la bola de nieve de deuda interna que el Banco Central va amasando al calor de mayores rendimientos.

A la luz de todo esto, por el bien del país, esta es hora de no jugar el partido con “talibanes”. No hay que intentar evitar lo que en el mediano plazo no es evitable.

El tono a medias lacrimógeno y a medias temerario del discurso del Presidente la semana pasada puede interpretarse como un llamado a actuar con fundamentalismo. Eso es lo peor que nos podría ocurrir. Sería una verdadera gran irresponsabilidad.

VIAPublicado en ambito.com
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