Encomendado a Lagarde, Macri encara su primera campaña en el desierto

A diferencia de 2017, cuando ganó las elecciones legislativas bajo los efectos de unos potentísimos anabólicos económicos, Mauricio Macri arrancó su campaña por la reelección consciente de que esta vez dispone de una sola dosis de una única vitamina: los dólares del Fondo Monetario.

Alejandro Bercovich, periodista económico.

Por Alejandro Bercovich

La restricción se hizo carne en el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, quien ya recortó durante el verano las pretensiones presupuestarias de dos de sus colegas -Guillermo Dietrich y Dante Sica- y hasta consiguió que el mandatario se deshiciera del integrante del equipo que consideraba más caro y menos útil, Javier Iguacel.

Aunque los financistas de Wall Street acuden a verlo cada vez más nerviosos ante la perspectiva de una derrota oficialista en octubre, Dujovne los recibe a todos con la misma calma. Los sienta en su despacho, les habla de la dispersión del peronismo y les asegura que, para la economía, con esa vitamina alcanza.

El Gobierno ve en los dólares del Fondo la llave para que la divisa no pegue otro salto brusco en medio de la incertidumbre preelectoral y para que simplemente repte al compás de la inflación, como desearían Dujovne y Guido Sandleris.

Es cierto que el sistema de “flotación entre bandas” mantendría maniatado al jefe del Banco Central incluso aunque el dólar pegara en estos días un subidón del 25%, porque ésa es la distancia que hay entre la cotización de ayer ($39,40) y el límite superior de la banda ($49,30). Hasta que no se sale de la banda, para arriba o para abajo, el Central se autoexcluyó del mercado.

Y si lo hace, lo máximo que puede hacer es comprar o vender 150 millones diarios. Pero también es cierto que el Tesoro recibirá en breve del Fondo US$ 12.000 millones y que no necesita del Central para venderlos y así incrementar su oferta, en caso de que la demanda se dispare.

Al auxilio del Fondo hay que sumarle otra carta bajo la manga de Dujovne: un canuto que se guardó del ejercicio 2018 gracias al monumental ajuste que impuso la licuación de los sueldos de los empleados estatales y de los haberes de los jubilados.

Unos US$ 11.000 millones que quedaron en “caja excedente” y que están repartidos entre dólares y pesos. La porción que quedó en divisas (un dato que en el Gobierno mantienen en secreto, pero que ronda la mitad) también podría venderse sin que Sandleris falte a su palabra.

No es un dique infranqueable para una corrida fuerte. En los 103 días que duró “Toto” Caputo al frente del Central, por caso, las reservas perdieron US$ 13.739 millones. Hubo días en los que sacrificó más de 1.100 millones. Pero en el equipo económico destacan que “nunca entramos a un año electoral tan dolarizados y con la plaza tan seca de pesos”.

Dos datos les dan la razón: la fuga de divisas récord del año pasado (27.300 millones de dólares, un 6% del PBI) y la circulación monetaria en pesos en mínimos históricos, con la tasa de interés por las nubes.

Populismo financiero
El problema para Macri es que aún suponiendo que los dólares de Lagarde alcancen para evitar un subidón del dólar, la calma cambiaria puede no alcanzar. Y ahí sí se notaría mucho el contraste con una campaña 2017 en la que hubo un despliegue de recursos descomunal.
Se recuerda poco porque la mayoría de sus ingredientes se introdujeron silenciosamente, casi sin anuncios. Pero aquella campaña electoral se alimentó de una ensalada de anabólicos inédita, que prácticamente dio vuelta el esquema macroeconómico fijado en 2016 por Cambiemos. A saber:

Estabilidad del tipo de cambio. El dólar mantuvo congelado casi todo 2017, luego de un 2016 durante el cual el oficialismo había esgrimido que sus aumentos no impactaban en los precios.

Boom de crédito. Cinco millones de jubilados y beneficiarios de planes sociales recibieron créditos Argenta en pesos, otorgados por la ANSES a tasas de interés menores que la inflación, a razón de $15.000 por jubilado y $5.000 por hijo beneficiario de asignaciones. A eso se sumaron los 150.000 préstamos indexados UVA que recibieron familias de clase media urbana, a razón de un millón de pesos por familia.

Suspensión del tarifazo. Desde marzo hasta octubre no hubo aumentos en las tarifas de agua, gas ni electricidad. Una parte se aplazó hasta inmediatamente después de las elecciones y otra parte se cuotificó y se sigue pagando hasta ahora, especialmente en electricidad.

Cláusula gatillo salarial. Implicó una indexación de hecho y sirvió para que los gremios se aseguraran que no habría más pérdidas sustanciales en el poder adquisitivo.

Boom de obra pública low cost. Asfaltos, rutas y cordones-cuneta fueron las estrellas de la reactivación de la obra pública que devolvió a los obradores a casi todos los que habían quedado desocupados con el frenazo inicial de 2016 y que a la vez colaboró con el proselitismo preelectoral de todos los años impares.

De todo eso, Macri sabe que solo puede intentar repetir contener el dólar. Ni siquiera clavarlo, como en 2017, porque Christine Lagarde no permitiría que se gaste en eso lo que le prestó. Todo lo demás lo tiene simplemente vedado.

La caja de la ANSES ya no está para prestar a tasas negativas y los sectores empobrecidos que tomaron aquellos créditos tampoco pueden seguir endeudándose. Los préstamos UVA volaron por el aire con la inflación de 2018, récord desde 1991.

El tarifazo no puede aplazarse más porque el Fondo exige déficit cero y encima se potenció por la devaluación, porque antes habían dolarizado el gas y parte de la luz. Y los sueldos quedaron tan castigados después de 2018 que una cláusula gatillo sin incremento real hoy sería más una condena que una red de contención.

Tirones de orejas
La obra pública, el último ingrediente del populismo financiero que desplegó Cambiemos entre marzo y octubre de 2017, también fue recortada severamente por el acuerdo con el FMI.

La última pulseada que ganó Dujovne fue en diciembre, contra Guillermo Dietrich, cuando los proyectos para convertir rutas en autopistas mediante el esquema de Participación Público-Privada (PPP) se restringieron al 25% de su envergadura inicial. El padre del Metrobús y de las aerolíneas low-cost debió hincarse ante los enviados del organismo y el primus inter pares del gabinete.

Mantener esos proyectos PPP sin registrarlos como deuda del Estado, como él pretendía, era inaceptable para la línea técnica del Fondo. “Era una audacia metodológica, una locura heterodoxa que no pasaba ese filtro de ninguna manera”, confesó ante BAE Negocios un conocedor de los pliegos. Volver al mundo, se ve, tiene su costo.

Como el que debieron pagar Tecpetrol e Iguacel. La petrolera de Techint, con la mitad de los subsidios que pensaba embolsar por Vaca Muerta. El exsecretario de Energía, con su cargo. ¿Volverá a ocupar alguno? En la Rosada no le ponen bolilla negra.

“En Vialidad anduvo bien. Se ve que puede desempeñar bien tareas simples, como proyectar una ruta que una el punto A con el punto B. En sistemas más complejos, como la matriz energética, ya se le complica”, lo gastan.

La misión del Fondo que aterrizó esta semana en Buenos Aires, por su parte, procuró esta vez no propasarse. El romano Roberto Cardarelli había sufrido una dura reprimenda en noviembre, la última vez que vino con su equipo a revisar las cuentas del país. En esa ocasión, reunió a un grupo de periodistas – unicamente de medios afines al Gobierno – y habló del programa económico en primera persona, como una especie de interventor.

El primero en poner el grito en el cielo fue Dujovne, claramente desautorizado por aquellas declaraciones que dejó Cardarelli en un hotel de Recoleta. La segunda fue la propia Lagarde, obsesionada por disipar la pésima imagen del organismo en los países que sufrieron sus políticas de austeridad.

Para cuidar las formas que descuidó aquella vez, y para no sugerir que el Fondo pretende incidir sobre la política argentina, Cardarelli fue ayer al despacho de Axel Kicillof y sorportó estoico que el exministro lo recibiera con un libro rojo titulado “Por qué la austeridad mata” y le convidara bizcochitos Don Satur. Justo a él, que exige que los vinos que bebe en Buenos Aires provengan de un terroir específico del Valle de Uco mendocino.

Son guiños que procuran compensar lo que otras muecas más desagradables a veces dejan ver. Como la de Alejandro Werner, el jefe de Cardarelli que hace poco dio a entender que la economía se vería castigada si Macri no es reelecto. Mejor no hablar de ciertas cosas.

VIAPublicado en Bae Negocios
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