Desinformación y fake news: ¿Internet tiene la culpa?

Desde los medios tradicionales y la política se manifiesta una creciente preocupación sobre el impacto de las fake news y las campañas de desinformación en Internet. Pero ¿es Internet el problema?

Martín Becerra.

Por Martín Becerra *

En un editorial del 26 de mayo de 2004, The New York Times admitió que la información previa a la invasión a Irak por parte de las fuerzas armadas estadounidenses en 2003 con la que el expresidente George W. Bush justificó la acción bélica no era rigurosa, provenía de fuentes
descalificadas, no se constató y era errónea. El editorial agregaba que “hemos encontrado varias instancias en que la cobertura no fue lo rigurosa que debía haber sido.

En algunos casos, la información que era controvertida entonces, y que parece ser cuestionable ahora, era insuficientemente calificada o nunca fue puesta a prueba. Al mirar atrás, deseamos haber sido más exhaustivos en reexaminar la información a la luz de nuevas evidencias o a la falta de éstas”.

La BBC en Inglaterra, en cambio, fue el primer medio – público, además – que desmintió el fraude de las armas químicas endosadas a Saddam Hussein por parte del aliado de Bush en la ofensiva armada y primer ministro británico, Tony Blair.

Como se supone que los medios son organizaciones que cuidan los contenidos editados, cada vez que sirven como escena de desinformación, se produce un quiebre de la confianza en su función.

El 24 de enero de 2013 el diario más prestigioso en español, El País, publicó en su tapa en papel la foto de una persona intubada y convaleciente que, afirmaba el periódico, era el entonces presidente venezolano Hugo Chávez en su tratamiento en Cuba. La imagen era falsa y la conducción periodística de El País tuvo la pésima – pero frecuente – reacción de convertir el lógico pedido de disculpas en una autoalabanza, destacando su presunta rapidez a la hora de rectificar y retirar los periódicos con la foto falsa de los puntos de venta (quioscos).

Con su propia adulación y una tercerización de la culpa hacia la agencia que le había vendido la foto falsa, El País cerraba la explicación por uno de los dos mayores fraudes informativos de su historia.

El otro papelón ocurrió en una edición especial del 11 de marzo de 2004, cuando El País tituló “Matanza de ETA en Madrid” frente a los atentados terroristas en la estación de trenes de Atocha y otra localidad suburbana cometidos por Al Qaeda.

En aquella oportunidad, las disculpas de la conducción del diario consistieron en atribuir la responsabilidad al entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, interesado en difundir la versión de la autoría etarra ante las elecciones generales que se realizarían tres días después y que ganaría José Luis Rodríguez Zapatero.

En la Argentina, el historial de noticias falsas, combinado con el de piezas de desinformación, permitiría por su volumen organizar una enciclopedia.

Desde el golpe de Estado de 1930 en las páginas del influyente Crítica, de Natalio Botana, hasta el montaje artificial de la charla de pilotos del accidentado vuelo de Spanair por la señal TN, pasando por los fusilamientos del 22 de agosto de 1972 en Trelew presentados como intento de fuga por la dictadura de Alejandro Lanusse y repetido (al principio) por los principales medios, o la tapa infausta de “La crisis causó dos nuevas muertes” de Clarín tras el asesinato de los militantes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en 2002 y la saga de testimonios que en agosto y septiembre de 2017 afirmaron haber visto a Santiago
Maldonado, quien entonces estaba desaparecido tras la represión de Gendarmería Nacional en Chubut, no hay período exento de la difusión de noticias falsas y de campañas de desinformación.

Aunque el presente tiene un condimento singular, pues la precariedad económica de la etapa actual del ecosistema de comunicaciones, sumada a la multiplicación de plataformas en las que los medios diseminan sus contenidos, vuelve todavía más vulnerable el proceso de edición, verificación y cuidado de las noticias, con los resultados de yerros e informaciones adulteradas que se sufren a diario.

En resumen: la desinformación y las llamadas noticias falsas no son un virus creado por Internet, sino un rasgo inherente a los sistemas organizados de producción y difusión de contenidos – sea información, conocimiento o mito -, urbi et orbe.

Giordano Bruno dio testimonio de ello, así como la campaña lanzada desde el Ministerio de Educación de la Nación en agosto pasado – y replicada por funcionarios del Gobierno en las redes sociales digitales- para deslegitimar el reclamo salarial de los docentes universitarios, que contenía datos falsos y que fue desmentida por algunos medios de comunicación a las pocas horas.

No, la desinformación no es culpa de Internet. Sin embargo, ciertamente, con Internet la diseminación de la desinformación puede ser más masiva y veloz todavía y, en consecuencia, sus efectos pueden ser mayores, a la vez que globales.

 

(*) Profesor e investigador UBA, UNQ y Conicet